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Zaragoza 24 Siglos de historia

De la barca del Tío Toni al tranvía del siglo XXI

 

De la barca del Tío Toni al tranvía del siglo XXI

Hace 45 años que se estrenó el puente de Santiago, tras cinco años de obras, una infraestructura que costó 91 millones de pesetas y que se pensó tres décadas antes de hacerla

 

El tranvía de Zaragoza representará una nueva forma de cruzar el Ebro por un punto por el que antes los ciudadanos lo hicieron en barca, a pie por una pasarela que se balanceaba cuando el cierzo soplaba con fuerza, en coche, en bici o en autobús. El paso desde las Murallas Romanas hacia la margen izquierda del río, en ese preciso punto, lleva más de un siglo de planificaciones, proyectos y soluciones que se fueron sucediendo en el tiempo y que no siempre se solventaron con una infraestructura de hormigón como la que ahora se conoce, de 185 metros de largo por 32 de ancho y que se pensó y se hizo para que el día de su inauguración, el 13 de marzo de 1967, fuera el más ancho de España.

Ahora es superado por muchos otros pero su puesta en funcionamiento supuso, sin duda, un antes y un después para el desarrollo urbanístico de la capital aragonesa. Fueron los 91 millones de pesetas mejor gastados de la época aunque entonces, también como hoy, se le criticó a los responsables de su construcción que se había presupuestado por 39. Aunque lo cierto es que su estreno no fue nada sencillo, ya que pasaron casi tres décadas desde que apareció en el plan de ordenación de Zaragoza por primera vez, en 1939, y cinco desde que comenzaron las obras, en 1962.

Se concibió, como explica el jefe de servicio técnico de Planeamiento y Rehabilitación del Ayuntamiento de Zaragoza, Ramón Betrán, como "parte imprescindible de una Vía Imperial que pretendía conectar la Puerta del Carmen con la Academia General Militar, incluyendo el derribo del Mercado Central y conectando la zona de las Murallas con una avenida al otro lado del río (la actual de los Pirineos) que iba a ser algo así como el paseo de la Castellana de Zaragoza". Una Vía Imperial que no tenía nada que ver con el concepto que los franceses pensaron para la avenida desde el paseo Independencia hasta el Ebro --denominado Paseo Imperial--, atravesando el casco antiguo, sino con la vieja idea de la soberanía, rescatada en la época franquista.

Para hacer este macroproyecto había que dar con una infraestructura que permitiera una anchura suficiente por la que encauzar todo el tráfico que más tarde llegaría. De nuevo el boom automovilístico motivaba el desarrollo de la ciudad y el puente de Santiago empezó a ser más necesario conforme la presión de los barrios de la margen izquierda empezaba a ser más notoria. Hasta que se hizo, solo el de Piedra y el de Hierro permitían cruzar el cauce, ya que el paso por La Almozara era de uso exclusivo para el ferrocarril. Así que este puente acabó siendo la primera piedra de una sucesión de nuevos puentes en Zaragoza. Ahora, desde Ranillas hasta Las Fuentes ya hay diez.

 

Un personaje legendario

Pero antes de hacerse realidad este puente hubo múltiples formas de pasar de orilla a orilla. Quizá la que la ciudad conserve en su memoria con más cariño es la famosa barca del Tío Toni. Es difícil dar, con la bibliografía existente, con la fecha en la que se empezó a ofrecer ese trayecto, pero sí destacan muchos cronistas que este negocio familiar pervivió durante más de cien años. Julián Marín en su Memoria de las calles de Zaragoza cuenta que "las barcas circulaban a remo, conducidas mediante una sirga que cruzaba el río desde la arboleda de Macanaz hasta la otra orilla, en la que se subía a la ribera por una decrépita y mohosa escalera dentro de un sucio tunelillo, junto a la puerta de San Ildefonso, llamada de la Tripería, en la calle Antonio Pérez". Aderezado por el olor del desagüe del mercado, que estaba junto al embarcadero.

Sin embargo, el Tío Toni formaba parte del río, como el agua, la vegetación o los puentes de Hierro o el de Piedra, que "muchos dejaban a un lado y pasaban el río en su barca para charlar un rato con él". Era un personaje "legendario" y hasta la calle de Tenerías donde vivía, la del Río, se conocía como la calle del Tío Toni. Los cinco céntimos de peseta que costaba el trayecto valían la pena para las miles de personas que transportó, sobre todo en verano.

Y eso que la supervivencia del negocio no estuvo exenta de sobresaltos. El primero, en los años 30, con la llegada de canoas a motor. Los viejos remos de la embarcación debían competir otras motorizadas y "con toldilla para proteger del sol a los pasajeros", comenta Julián Ruiz, el "summum" en ese momento. Al final, el descendiente del Tío Toni tuvo que hacerse también con canoas similares y subir el precio a diez céntimos de peseta. Era solo la primera de sus amenazas.

La siguiente llegó en 1941, con la construcción de una pasarela peatonal que se estrenó un 8 de febrero (se inició en enero de 1940). Por primera vez se podía cruzar el río en ese punto a pie. Pero solo a pie. Sus tres metros de anchura en una plataforma con 180 metros de longitud colgada gracias a unos gruesos cables, de estructura metálica y con suelo formado por tablas de madera.

Una infraestructura que no llevaba nada bien estar instalada en la ciudad del viento, ya que madera y sirgas se retorcían cuando el cierzo soplaba con fuerza. Aunque el diseño del ingeniero de caminos, canales y puertos, Luis Fuentes, llamaba al engaño, dado que esa sensación de precariedad escondía la seguridad de su estructura, capaz de soportar, según comenta Julián Ruiz en su libro, "hasta 500 kilos por metro cuadrado".

Diecisiete años estuvo abierta esta pasarela, hasta 1958. Y su propietario cobraba 15 céntimos por atravesarla. Bueno, él directamente no, los empleados que tenía en las dos garitas instaladas, una en cada extremo del puente. Y mientras, la barca del Tío Toni, ya en manos de su nieto, surcaba el Ebro por cinco céntimos menos. Sobrevivió también a la pasarela.

Solo pudo con ella el actual puente de Santiago. Después de tres décadas incluido en los planes de la ciudad, el proyecto se adjudicó en 1961, aunque fue redactado por el ingeniero de caminos Tomás Mur años antes. La presión del tráfico ya era muy importante. Había que facilitar la entrada a la ciudad, y la salida, a todos los vehículos que ya disponían en el centro de grandes avenidas. Y se hizo con tres carriles por sentido.

La ciudad creció de forma considerable hacia el norte en los años 60, y poco después, en 1970, se aprobó la conocida Actuación Urgente en Rey Fernando de Aragón --que dio lugar a la denominación de Actur para el barrio--, así como los desarrollos de Ebro Viejo o La Jota. El puente de Hierro habría sido claramente insuficiente.

Como curiosidad, su propio diseño constructivo, ya que entonces lo habitual era pensar en un modelo de tres arcos (o un número impar) sobre los que apoyar la plataforma para evitar tener que cimentar en la parte menos profunda del cauce. Pero Tomás Mur apostó por un solo apoyo y que fuera precisamente en la parte más profunda y obtener dos grandes arcos con 65 metros de luz cada uno.

Esto le otorgaba una forma que dio mucho que hablar sobre su denominación. Algunos cronistas de la época pensaron más apropiado llamarle de Los Galgos, por la forma que dibujaba sobre el Ebro.

Ahora el tranvía del siglo XXI, el moderno Urbos 3, cruzará el río por donde nunca pasaron ninguna de las líneas que la precedieron en el pasado, antes de desaparecer años después de que se estrenara el puente de Santiago. Y lo hará para permitir a los ciudadanos pasar de orilla a orilla no solo en coche, a pie, en bicicleta o en autobús, sino también en tranvía. Así, el 2013 será otro hito en la historia del puente y de la ciudad.

De la Antigua plaza de Lanuza a la llegada del tranvía al Mercado Central

De la Antigua plaza de Lanuza a la llegada del tranvía al Mercado Central

 

Calle del Mercado 1723

 

La avenida del Mercado Central vuelve al pasado

En 1939 se pensó en la avenida César Augusto como parte de una Vía Imperial que uniera la Puerta del Carmen con la Academia General Militar, incluyendo el derribo del Mercado Central. La demolición del inmueble que separaba las calles Cerdán y Escuelas Pías se acometió en favor de un proyecto que se acabó finiquitando en los 80

 El tranvía y la peatonalización del entorno de las Murallas Romanas avoca a capítulos del pasado de este vial en el que la historia del Mercado Central ha jugado un papel importantísimo para conocerla como es en la actualidad. En breve se presentará un nuevo proyecto de remodelación pero lo hecho hasta ahora ya casi supone un regreso al pasado, cuando los tenderetes de los comerciantes ocupaban el espacio central de la vieja plaza de Lanuza.

Esto era antes incluso de que en 1939 se pensara que este espacio debería formar parte de una Vía o Avenida Imperial que debía conectar la Puerta del Carmen, y la entrada a la ciudad desde la carretera de Valencia, hasta la Academia General Militar, atravesando el Ebro por un puente de Santiago que no se empezó a construir hasta 1960. Aunque este proyecto de avenida, como tal, se había concebido 100 años antes.

Un siglo de debate en torno a un eje norte-sur que cruzaría la ciudad en el entorno más monumental del viejo coso de la ciudad del que ahora solo queda ese mercado municipal, trasladado a esa ubicación desde la Puerta Cineja en 1210, el Torreón de la Zuda o las Murallas Romanas, testigos de episodios tristes para la historia de la ciudad como el ajusticiamiento del Justicia de Aragón Juan de Lanuza, recluido en uno de los torreones de aquella vieja puerta de Toledo que en 1440 decidió convertirse en cárcel real y que el paso del tiempo acabó con su derribo, cuatro siglos después.

Esta zona ha estado siempre muy vinculada al comercio y la artesanía desde la Edad Media, quizá por ser la zona más próxima al casco antiguo de Zaragoza del que, en su día, fue el barrio más poblado de la ciudad, el de San Pablo.

Allí vivían precisamente los artesanos, comerciantes u hortelanos que vendían sus productos en esa puerta de entrada al casco antiguo. Siglos después, cuando la actividad comercial era mucho mayor, incluso las calles de San Pablo llegaron a recibir la denominación del gremio que allí se concentraba. Hiladores, herrerías, las armas, platerías, zapaterías viejas y nuevas, broqueladores... Todos se concentraban en calles muy concretas a las que los clientes pudieran dirigirse fácilmente para comprar sus productos. Y la plaza del mercado era centro neurálgico de la actividad comercial. Mucho antes de que se empezara a construir, en 1902, el proyecto de Félix Navarro, el edificio del Mercado Central que hoy conocen los zaragozanos y que surgió, en parte, para dar solución a esos puestos callejeros que vendían sus productos en la vieja plaza de Lanuza, que se encontraban, además, con el barrizal que se formaba en esa vía pública en la que las aguas, sin canalizar, circulaba libremente cada vez que llovía.

La presión del tráfico

De hecho, los porches de piedra, del arquitecto Miguel Geliner, y de hierro fundido después, de Ricardo Magdalena, sirvieron para alojar en su interior, ya en el siglo XIX, a los comerciantes y artesanos que alquilaban ese espacio a los propietarios de los edificios. Una práctica que desencadenó una gran polémica entre el mercado y el ayuntamiento.

Todo porque el consistorio, a finales de siglo, le había concedido a la sociedad gestora, Nuevo Mercado, la exclusividad en la venta de comestibles "y a cuatro metros del mercado había gente vendiendo". Al final, los que se marcharon fueron los gestores y el recinto pasó al ayuntamiento.

Incluso la zona de venta pudo ser más amplia, ya que en los años 30 se quiso poner un mercado de verduras donde está la iglesia de San Juan de los Panetes, pero se declaró monumento nacional y se salvó in extremis. Por aquel entonces ya lucía con todo su esplendor el mercado Central, desde 1903, un edificio que le costó más resistir en pie que levantarse por la presión que iba a ejercer el tráfico.

La apertura de la calle del Portillo (ahora Conde Aranda y antes denominada General Franco) hasta enlazar con el Coso y la circulación que procedía de la carretera de Valencia, que entonces accedía a la zona por la calle Ramón y Cajal. El tramo sur de la avenida César Augusto, desde la puerta del Carmen hasta Coso es de muy reciente creación. Atrás ha quedado el entramado de calles que existía ya en cuando se planificó esa Vía Imperial de 1939, con aquel mítico Iris Park que acabó derivando en el actual Teatro Fleta. Un vial denominado Soberanía Nacional que, curiosamente, se interrumpía a la altura de Capitán Portolés y continuaba pasado el Coso.

Cambió todo ese entorno de la puerta del Carmen que numerosos edificios de diferentes instituciones habían poblado (como el viejo hospital Militar, el de Nuestra Señora de Gracia, el cuartel de Sangenis...) en favor de un proyecto de avenida que, en el extremo norte se encontraba con otro importante obstáculo: la manzana que separaba las calles Cerdán (antes calle de la Albardería) y Escuelas Pías (de la Cedacería). Esta debía ir acompañada del ensanchamiento de la calle Antonio Pérez (César Augusto) y la demolición de algunos edificios en la plaza de Lanuza que dieran más amplitud al entorno del Mercado Central.

La piqueta iba a terminar con dos viales con pedigrí que la historia ha demostrado que no sirvió de nada, porque esa especie de Paseo de la Castellana que se pretendía, con el puente de Santiago como pieza clave (el puente de La Almozara entonces era solo para el ferrocarril) acabó por finiquitarse en los 80. Para entonces, la expropiación forzosa del inmueble y la demolición ya se había producido, en 1976. A pesar de que esta aparecía en todos los planes de ordenación desde 1939.

A esta se le sumó, en octubre de 1989, el párking subterráneo construido en esa misma zona, donde además, hasta 1985 se estuvo montando regularmente el Rastro, antes de que se decidiera trasladarlo a las inmediaciones de La Romareda.

Esa calle Imperial, que era como se le había bautizado en el siglo XV en honor al emperador Carlos V --hasta 1858, cuando se cambió por la de Antonio Pérez--, y que la época franquista rescató, iba cogiendo forma. Atrás quedaba también esa calle Cerdán por la que pasaba la línea 6 del tranvía desde principios de siglo XX, la de Circunvalación, con inicio y final en la plaza de la Magdalena y el Mercado Central, un elemento de dinamización en César Augusto hace un siglo, como ahora.

La estatua

Otro de los elementos característicos de la actual avenida es la propia estatua de César Augusto que no tuvo en el actual emplazamiento su ubicación original. Cuenta José Blasco Ijazo en sus reportajes de Aquí... Zaragoza! que el 2 de junio de 1940 se descubría este monumento en la plaza Paraíso, donado por la nación italiana aprovechando la celebración de la Semana Augustea. Y fue por la reforma programada por parte del ayuntamiento en esta plaza cuando "a primera hora del día 7 de octubre de 1950, sigilosamente, fue trasladada la estatua a la Muralla Romana, próxima a San Juan de los Panetes", en la entonces llamada plaza de César Augusto.

Llama la atención el secretismo con el que se llevó su primer traslado y la notoriedad que se le ha dado ahora, con consulta popular incluida, para no llevarlo a la calle Alfonso y mantenerlo en la ubicación actual, que no fue la original (antes regresó a Paraíso en los 80). La ciudad ha podido decir qué quiere hacer con este lugar, que cada vez se parece más a esa plaza medieval que a la avenida que otros quisieron imponer a golpe de piqueta.

Un retoque más en el viejo paseo imperial

Un retoque más en el viejo paseo imperial

La movilidad impone de nuevo su criterio para que Independencia y la plaza Aragón se mantengan como zonas de paso y no las de esparcimiento y estancia que se concibieron

El tranvía moderno ha irrumpido en la escena urbana del centro de Zaragoza atravesando el paseo Independencia, la entrada sur al Casco viejo, en la que será la enésima transformación de aquel Camino de Santa Engracia del que hay referencias del siglo XI. Aquel que los franceses quisieron convertir en un Paseo Imperial que llegara hasta el Ebro atravesando el casco antiguo, aunque nunca se hizo (y del que siguen quedando huellas, como los solares vallados que no se edificaron esperando que se impulsara). Aquel que fue la zona recreativa más importante de la capital durante más de un siglo hasta que, a finales de los años 50, el asfalto acabó desterrando el arbolado, el bulevar y todos los elementos que habían hecho de este vial, de 500 metros de largo por 50 de ancho, la mayor superficie de ocio esparcimiento ciudadano.

La movilidad impuso su criterio, como ahora en el siglo XXI. Porque aunque se venda que la línea Valdespartera-Parque Goya es un intento por recuperar el espacio que se le arrebató al peatón, las vías siguen siendo una cicatriz urbana en un espacio en el que el tráfico sigue presente, aunque sea con un carril. Sigue lejos de ser ese lugar al que se le llegó a denominar Salón de Santa Engracia, o el parque porque era el único que hubo hasta el siglo XX.

La historia de la actual plaza de España ha ido muy ligada a Independencia, con sus múltiples denominaciones: plaza San Francisco antes de los Sitios, Paseo Imperial con los franceses, de San Fernando con la llegada de Fernando VII, plaza Constitución en 1836, y plaza de España después de la Guerra Civil. Aunque ya daba nombre a otro espacio de la ciudad: era la actual plaza San Francisco.

Las primeras referencias datan del siglo XI, cuando en época islámica se localizaba allí, en el edificio de Puerta Cinegia, el mercado de la ciudad, que permaneció hasta que en el siglo XIII se decidió trasladarlo al lugar que ahora ocupa el Mercado Central. Era la salida sur que conducía al camino de Santa Engracia, donde se localizaba la iglesia paleocristiana que le daba nombre, y el arrabal donde se levantaban manzanas cuadradas y que quedó desocupado en 1118, con Alfonso I de rey.

A la altura de donde está ahora El Corte Inglés se quería construir una iglesia que se paralizó cuando se estaba cimentando y, en su lugar, empezaron a proliferar conventos, como el de Jerusalén o el de San Francisco, que acabó dando nombre a la plaza España. Sin embargo, fue con la llegada de los franceses cuando se le dio forma al paseo.

 

LA CRUZ DEL COSO Aunque antes destrozaron la Cruz del Coso, icono de la época renacentista que presidía esa plaza de San Francisco. Y después acabaron desalojando todos los conventos pasando estos a manos de los poderes públicos. Sacados los frailes, a finales de 1811, el arquitecto municipal Joaquín Asensio se pone a trabajar en el paseo Imperial que querían, para que el camino de Santa Engracia se convirtiera en una avenida que conectara con el Ebro, atravesando el casco viejo, y enlazara con el Canal, construido a finales del siglo XVIII. ¿Por qué? Para traer agua a la ciudad. Mejor dicho, al paseo Imperial.

Por eso pusieron la estatua de Neptuno presidiendo esa plaza de San Francisco y permaneció allí hasta 1904, cuando se decide poner el actual Monumento a los Mártires, con el que convivió durante dos años --curiosa coincidencia con un dios pagano--, hasta que la mandan a los depósitos municipales, luego al parque de Macanaz y finalmente, después de la Guerra Civil, al Parque Grande (considerado como cementerio de los monumentos), detrás del botánico.

Neptuno simbolizó traer la higiene a una ciudad donde no había ni una sola fuente y sus edificaciones tenían sus propios pozos ciegos. Eran los aguadores los que, con carros, abastecían a los ciudadanos (y apagaban incendios, por eso debían llevar llenos los cántaros). Aquella fuente significó tener agua al alcance de la mano. Y fue tal el cambió que dividió Zaragoza en dos ciudades diferentes, una islámica y otra francesa.

Pero la llegada de Fernando VII paralizó lo avanzado, hasta que en 1816, el arquitecto Tiburcio del Caso recoge las ideas de Asensio y empieza a pensar en un proyecto de paseo con porches, aceras y arbolado.

Años después, con las desamortizaciones, las monjas parcelan todo y se van vendiendo suelos de los conventos. El arquitecto Yarza proyecta un paseo sin porches y permite subir una planta a todos los edificios, hasta tres alturas mas la planta baja.

En 1851 se decide que las construcciones de la derecha de Independencia --donde está la CAI-- pueden llevar porches y los de la izquierda no. Y no se admitieron hasta 1883. Para entonces, la burguesía de nuevo cuño empieza a instalarse allí.

La plaza Aragón había nacido en 1841, bajo el nombre de glorieta de Pignatelli, que serviría para unir este paseo con el arbolado de Sagasta. Se empieza a edificar entre 1876 y 1877, con chalés o palacetes muy mitificados pero de poca calidad. Antes, en 1868, llegó el impulso dado con la Expo Aragonesa, que tenía allí su ubicación. La presidía la estatua de Pignatelli hasta que en 1904 fue reemplazada por el Monumento al Justicia.

El paseo Independencia recibe su denominación oficial en 1860 y para entonces ya no solo se distingue por tener agua, sino porque empiezan a llegar los cafés, el teatro Pignatelli en 1878, hoteles, baños... El agua, que no llegó a los hogares hasta 1899 y al resto de la ciudad hasta mediados del siglo XX, marcó un impulso definitivo para convertirlo en el centro recreativo por excelencia, que no comercial --era la calle Alfonso--. A mediados del siglo XX ya estaban el popular café Ambos Mundos (en el edificio actual de Hacienda), el teatro Duré, el Alhambra, o los cines Coliseo, Rex, Palafox, Goya...

En los años 20 había renacido la idea de la avenida hasta el Ebro. Su trazado desembocaba justo a las puertas del ayuntamiento y se había tenido en cuenta, incluso, para el edificio de la actual Delegación del Gobierno, cuando se proyectó entre 1850 y 1860, para hacer coincidir su fachada con la acera. Hasta hace poco tiempo, ha habido una placa que rezaba paseo de la Independencia en esa explanada.

HITOS Ya en el siglo XX, dos hitos marcan el diseño de Independencia. El cubrimiento del Huerva (entre 1916 y 1920 el tramo de Constitución a Paraíso, y en 1927 en Gran Vía) hizo que este paseo, el de Pamplona, Sagasta, Constitución y Gran Vía confluyeran en la actual plaza Paraíso. Así empezó la presión del tráfico hasta que, a finales de los años 50, llega el vandalismo institucional. El alcalde Luis Gómez Laguna decide inventar una calzada con diez carriles, vías de servicio, aparcamientos y giros a la izquierda. Le entregó al coche el Salón de Santa Engracia.

Ahora, el tranvía actual ataca ese apogeo del asfalto y trae polémica como la tuvo el que le precedió. En sus inicios, los que se quejaban eran los aguadores que criticaban la peligrosidad. Y lo era hasta sin querer, como cuando los chavales ponían piedras en las vías por si descarrilaba.

La historia reciente, con un intento fallido de aparcamiento subterráneo, incidió en esa tiranía de la movilidad. Como el diseño actual, más amable pero que quizá muchos cambiarían por ese paseo Imperial o el Salón de Santa Engracia, en el que la gente hacía más vida en la calle. Entonces por el agua y ahora, porque cualquier tiempo pasado fue mejor.

Saraqusta (Siglo XI d.c.)

 

La Taifa Tuyibí

La guerra civil en Córdoba, a principios del siglo XI, no dejó de afectar a la región y, como en el resto de la España musulmana, el derrumbamiento de la dinastía Omeya condujo a la constitución de un estado independiente o taifa, cuya capital era Zaragoza. Esta Taifa limitaba al sur con la pequeña Taifa de Albarracín, gobernada por los Banu Razin, y que ocupaba una zona de la actual provincia de Teruel, que incluía Albarracín, la propia Teruel y llegaba hasta la actual Montalbán. Zaragoza comprendía por el oeste las ciudades de Medinaceli, Soria, Calahorra, Arnedo, Alfaro y Tudela y llegaba por el este hasta el curso del Cinca, con ciudades como Barbastro, Monzón, Fraga y Lérida, la más importante, que no siempre acató la autoridad del rey de Zaragoza.

 El inicio de la dinastía tuyibí: Mundir I

Mundir I fue el primer rey taifa de Zaragoza y comenzó a ejercer su poder en 1018 titulándose hayib, o "mayordomo de palacio", que era el rango que ostentaron Almanzor y sus descendientes, y que adoptaron los primeros reyes de taifas para significarse en su poder independiente. Quiso Mundir dar a Zaragoza categoría de gran corte, y, para ello, comenzó a remozar edificios como la mezquita aljama de Zaragoza (emplazada donde hoy está la Catedral), que fue ampliada, y a construir unas nuevas termas. Además se rodeó de secretarios-poetas entre los que destacan Ibn Darray y Said al-Bagdadi. El gobernador de la taifa de Lérida, Sulaymán ben Hud al-Musta’in (que veinte años después sería proclamado rey de Zaragoza, iniciando la dinastía hudí) en general acató su poder, aunque hubo entre ellos algunos enfrentamientos incitados por Sancho el Mayor, su mayor enemigo exterior, que incluso le arrebató algunas plazas. Para contrarrestarles, Mundir I se alió con Barcelona y Castilla, logrando mantener en paz su reino. Murió entre 1021 y 1023.

Dinar de oro acuñado en 1029 por Yahya al-Muzaffar como rey taifa de Zaragoza.

Yahya al-Muzaffar

Hacia 1022 a Mundir le sucedió Yahya al-Muzaffar, su hijo, que continuó las hostilidades contra Sancho el Mayor. Emprendió una campaña contra Nájera, logrando cautivos y botín. Se casó con la hermana de Ismaíl, rey de Toledo a partir de 1028. Fruto de este matrimonio nacería Mundir II (Mu’izz al-Dawla) que le sucedería a su muerte en 1036.

La caída de los tuyibíes: Mundir II y Abd Allah ibn Hakam

Mundir II fue el último rey taifa de la dinastía tuyibí, al morir asesinado en 1038 por su primo Abd Allah ibn Hakam, que aspiraba a ocupar el trono.

Abd Allah solo mantuvo el poder durante veintiocho días, aunque llegó a acuñar moneda a su nombre, puesto que los notables de la ciudad comenzaron pronto a conspirar contra él apoyándose en Sulaymán ben Hud, hasta entonces gobernador de Lérida, que, comprendiendo la posibilidad de obtener el reino, acudió a Zaragoza. Abd Allah fue finalmente puesto en fuga y, tras violentas agitaciones, Sulaymán ibn Hud fue proclamado rey iniciando una nueva dinastía: la de los Banu Hud.

La Taifa Hudí

La dinastía hudí, iniciada con Sulaymán ibn Hud al-Mustain I de Zaragoza, se mantuvo al frente de la taifa zaragozana durante tres cuartos de siglo, desde 1038 hasta 1110. Con los hudíes, dinastía de origen árabe arraigada en la región desde la conquista del siglo VIII, el reino de Zaragoza llegó a su máximo esplendor político y cultural.

  • El Reino de Zaragoza en época de Al-Muqtadir: (mapa).

[editar] Sulaymán ben Hud al-Musta’in. Comienzo de la dinastía hudí

Sulaymán ben Hud al-Musta’in destacó en el ejército de Almanzor y durante el periodo tuyibí estaba al frente de los gobiernos de Tudela y Lérida, solo relativamente sometido al rey de Zaragoza. En una época de disturbios y vacío de poder, el prestigio de Sulaymán en la zona hizo que fuera bien acogido en la Zuda, el alcázar del gobernador de Zaragoza, aprovechando la circunstancia para ganarse el afecto de los zaragozanos. Asumió el poder en toda la zona y se lo aseguró instalando a sus hijos como gobernadores de los distritos de Huesca, Tudela y Lérida.

Se alió con Fernando I de León para intentar extender sus territorios a zonas de la actual provincia de Guadalajara, ante la oposición de la taifa de Toledo, que buscó como aliado a García de Pamplona, siendo estos respectivos aliados cristianos hijos de Sancho el Mayor. Estas alianzas eran conseguidas a cambio de pagos anuales, por lo que tanto Toledo como Zaragoza comenzaban a pagar parias a los reinos cristianos, circunstancia esta que iría debilitando progresivamente su poderío económico, militar y político en beneficio de los reinos del norte.

El primer rey hudí de Zaragoza murió en 1047, pero ya antes comenzaron a advertirse las tendencias separatistas de sus cinco hijos, que acabaron por independizarse y acuñar moneda propia: en Lérida Yusuf al-Muzaffar, en Huesca Lubb (Lope), en Tudela Mundir, en Calatayud Muhammad y en Zaragoza Áhmad al-Muqtadir, que finalmente impondría su poder en estas guerras fratricidas.

Al-Muqtadir Billá: el esplendor político

Al-Muqtadir consiguió reunir bajo su mandato las tierras disgregadas tras el reparto de los dominios de Zaragoza entre sus hermanos hecha por su padre Sulaymán ben Hud al-Musta’in. Solo Yusuf, gobernador de Lérida, resistió durante más de treinta años los intentos de reintegración de su hermano hasta que fue hecho prisionero en 1078.

Máxima extensión de la Taifa de Zaragoza con Al-Muqtadir (1076).

Con de la anexión de la taifa de Tortosa (que ya había sido distrito de la Marca Superior) a Zaragoza en 1060, se inicia el apogeo militar político y cultural de esta, que, en la segunda mitad del siglo XI, solo tuvo igual en la Sevilla de Al-Mutamid. Sus fronteras llegaron hasta el sur de levante cuando, a partir de 1076, sumó a su dominio la taifa de Denia y obtuvo el vasallaje de Valencia, gobernada por el reyezuelo-títere impuesto por Toledo, Abu Bakr.

A pesar de ello Zaragoza siempre estuvo en una posición delicada, involucrada en interminables luchas por las tierras limítrofes de la extremadura navarra y castellana, en las zonas de influencia de Tudela y Guadalajara, y amenazada gravemente en el norte por el reino de Aragón de Ramiro I hasta 1063 y Sancho Ramírez después.

Ramiro I de Aragón intentó repetidas veces apoderarse de Barbastro y Graus, lugares estratégicos que formaban una cuña entre sus territorios. En 1063 sitió Graus, pero Al-Muqtadir en persona, al frente de un ejército que incluía un contingente de tropas castellanas al mando de Sancho el Fuerte que contaba entre sus huestes con un joven castellano llamado Rodrigo Díaz de Vivar, consiguió rechazar a los aragoneses, que perdieron en esta batalla a su rey Ramiro I. Poco duraría el éxito, pues el sucesor en el trono de Aragón, Sancho Ramírez, con la ayuda de tropas de condados francos ultrapirenaicos, tomó Barbastro en 1064 en lo que se considera una de las primeras llamadas a la cruzada.

Al año siguiente, Áhmad al-Muqtadir, reaccionó solicitando la ayuda de todo al-Ándalus, llamando a su vez a la yihad y volviendo a recuperar Barbastro en 1065. Este triunfo le permitió tomar al rey de Zaragoza el sobrenombre "Al-Muqtadir Billah" ("el poderoso gracias a Alá").

De todos modos, el reino de Aragón era una fuerza emergente y, ese mismo año de 1065, toma el castillo de Alquézar. Para oponérsele Al-Muqtadir firmó tratados en 1069 y 1073 con Sancho el de Peñalén, rey de Pamplona, por los que obtenía la ayuda navarra a cambio de parias. Sin embargo esta fructífera alianza duraría poco, pues Sancho IV de Pamplona fue asesinado en Peñalén en 1076 víctima de una conjura política urdida por sus hermanos. A su muerte Sancho Ramírez de Aragón fue proclamado también rey de Navarra y la unión de estos reinos se prolongará durante casi 60 años.

Tales conflictos obligaron tanto a Al-Muqtadir como a Yusuf de Lérida a pagar nuevas parias a sus vecinos cristianos, en especial al poderoso Alfonso VI de León y Castilla. No bastó esta política de alianzas, pues su sucesor, Al-Mutamán se hubo de servir de un mercenario castellano que había sido desterrado por su señor natural: Rodrigo Díaz de Vivar, conocido más tarde como "El Cid", que deriva del árabe andalusí "síd" (señor). Este tratamiento de respeto, que con el tiempo se convertiría en apelativo, pudo tener su origen en sus cinco años de servicio (desde 1081 hasta 1086) al frente de las tropas de la taifa de Zaragoza.[2]

En cuanto al levante, Valencia estaba gobernada por Abú Bakr de Valencia. Era un reino débil, subordinado hasta 1075 a Al-Mamún de Toledo y luego a Alfonso VI, quien ambicionaba la conquista de Toledo y Valencia. El rey de Zaragoza consideraba a Valencia un territorio estratégico importantísimo y tras obtener Tortosa (1060) y Denia (1076) decidió apoderarse de Valencia, pues era vital para conectar sus territorios. Tras la exitosa expedición a Denia, Al-Muqtadir se presentó con sus huestes para dominar Valencia. Abú Bakr salió a recibirlo y, ante el alarde zaragozano, se declaró su vasallo, con lo que Zaragoza consiguió conectar sus posesiones.

Sin embargo, para conseguir la neutralidad de Alfonso VI, Al-Muqtadir hubo de pagar parias al leonés, que ya había pensado ocupar Toledo. El plan incluía compensar a su expulso rey con la taifa de Valencia. Todo ello gravaba aún más la balanza de la política exterior de la taifa zaragozana. Por todo ello, Zaragoza no pudo ejercer su poder de hecho, y tuvo que mantener al rey-títere Abú Bakr en Valencia, estableciendo su dominio por medio de un pacto de vasallaje.[3] Hay que tener en cuenta además que una conquista militar y una ocupación directa del poder valenciano podría originar la reacción de todos los reinos, tanto cristianos como musulmanes, que aspiraban a conseguir Valencia en este difícil juego de diplomacia, recelosos del excesivo poder que acumularía Al-Muqtadir.

Patio del Palacio de La Aljafería

Más allá de la grandeza política y militar, Al-Muqtadir consiguió hacer de Zaragoza una corte sabia debido a sus amplias inquietudes artísticas y culturales. Como muestra del esplendor de su reinado mandó erigir un palacio-fortaleza, La Aljafería, en la explanada de la saría zaragozana, en la Almozara, donde se celebraban las paradas militares. "Al-yafariya" deriva de su prenombre, Al-Yafar.

Este palacio se convirtió en sede de su corte, y en sus salones se gestó un importante centro de cultura al que acudieron intelectuales y artistas de todos los puntos de al-Ándalus. Más tarde, en época de dominio almorávide, constituyó un refugio de tolerancia y mecenazgo para quienes huían del fanatismo de imames y alfaquíes, debido a su situación más septentrional y a su relativa independencia política del poder central.

Allí se dieron cita poetas, músicos, historiadores, místicos y, sobre todo, nació la más importante escuela de filosofía del islam andalusí; la primera que introdujo plenamente la filosofía de Aristóteles y la concilió con la fitna o sabiduría islámica, labor que, iniciada en Oriente por Ibn Sina (Avicena) y Al-Farabi, fue desarrollada con un criterio independiente por Ibn Bayya, el Avempace de los cristianos. La labor de Avempace fue el punto de partida de la filosofía hispano-árabe. Su pensamiento fue seguido por Ibn Rushd (Averroes) y, en la cultura hebrea, por Maimónides.

Al-Mutamán. El rey sabio

Su sucesor, Almutamán heredó de Al-Muqtadir en 1081 la parte occidental de la Taifa, que comprendía las demarcaciones de Zaragoza, Tudela, Huesca y Calatayud, quedando su hermano Mundir con la zona costera del reino (Lérida, Tortosa y Denia). Es esta la época en que está bien documentado el servicio del Cid en la corte hudí. Este había sido desterrado en 1081 de Castilla por llevar a cabo razias en territorios de la taifa de Toledo en contra de los intereses de Alfonso VI, del que Toledo era entonces tributario.

El Cid luchó al servicio de Al-Mutamán entre 1081 y 1086.

En el año 1081 el empuje del rey aragonés Sancho Ramírez era considerable, amenazando las fronteras de la taifa de Zaragoza desde el norte. Para resistirlo, Almutamán contó con los servicios de las tropas mercenarias de El Cid, que ya estuvo al servicio de Al-Muqtadir en sus últimos años de vida.

El de Vivar recibió además el encargo de reincorporar a Zaragoza los territorios orientales de su pariente Mundir de Lérida, aliado con Aragón. Los enfrentamientos en la franja fronteriza fueron constantes, pero ninguno de los dos hermanos logró reunificar el territorio paterno.

El Cid seguiría al servicio de Al-Mutamán (o Al-Mutamín) hasta 1086, momento en el que Zaragoza fue asediada por Alfonso VI. Si el Cid rompió los lazos con Al-Mutamán debido a un conflicto de intereses personal entre la defensa de Zaragoza y el servicio a su señor natural, o si fue condonado su destierro, al apreciar Alfonso la utilidad de tal caballero en su ejército, es algo que todavía no se ha dilucidado en su totalidad.

Rodrigo contuvo a los aragoneses hasta 1083, año en el que Sancho Ramírez tomó posiciones importantes de la línea de fortificaciones que protegían las ciudades de la taifa de Saraqusta, como Graus (que amenazaba Barbastro) en la zona oriental; Ayerbe, Bolea y Arascués (que ponían en peligro a Huesca), y Arguedas, que apuntaba a la conquista de Tudela.

Las relaciones de Zaragoza con su protectorado, Valencia, vasallo de Zaragoza desde 1076, se estrecharon mediante alianzas matrimoniales, casando Al-Mutamán con la hija de Abú Bakr de Valencia. Celebrados los esponsales en enero de 1085, las alianzas matrimoniales duraron poco, pues Abú Bakr moría en junio y Al-Mutamán en otoño. Esto, sumado a que Alfonso VI tomaba ese mismo año Toledo, inutilizaba el pacto de vasallaje que se había establecido con Zaragoza. Así, el reino de Zaragoza quedaba roto, sin conexión con su posesión de Denia y se interrumpía, por otro lado, el eje de comunicación natural (Zaragoza-Calatayud-Guadalajara-Toledo) con el resto de al-Ándalus.

Al-Mutamán fue asimismo un rey erudito, protector de las ciencias, de la filosofía y de las artes. Continuó la labor de su padre, Al-Muqtadir, de crear una corte de sabios que tenía como marco el bello palacio de la Aljafería, llamado, en esta época, el «palacio de la alegría» (Qasr al-Surur). Él mismo es un ejemplo de rey sabio. Dominaba la astronomía y la filosofía. Profundo conocedor de las matemáticas, se conserva un tratado suyo, el Libro de la perfección y de las apariciones ópticas (Kitab al-Istikmal), en el que propone demostraciones más elegantes de las que hasta entonces se conocían a complejos problemas matemáticos, además de formular por vez primera el Teorema de Giovanni Ceva.

Atauriques. Arte taifa.

Al-Mustaín II: la taifa acosada

A su muerte le sucede su hijo Áhmad Al-Mustaín II. Son años en los que el avance de los aragoneses Cinca abajo y en las comarcas de Huesca es ya muy importante, y a esto se suma el hecho de que el resto de las taifas, enzarzadas en guerras intestinas, y debilitadas tras la conquista de Toledo por el poderoso Alfonso VI, no podían prestarle apoyo. Ante esta situación, Al-Mutamid de Sevilla pidió a los reyes de Badajoz y Granada que se unieran a él para solicitar la intervención de Yusuf ibn Tasufin, emir de los almorávides, que acudieron en ayuda de las taifas hispanas y consiguieron vencer a la coalición de reinos cristianos, encabezados por Alfonso VI en 1086 en la batalla de Sagrajas. Esta derrota libró a Zaragoza de la presión de los cristianos por un tiempo, pues en 1086 la ciudad estaba sitiada por Alfonso VI, que tuvo que levantar el cerco para enfrentarse a los almorávides.

En 1090 el imperio almorávide reunificó las taifas como protectorados sometidos al poder central de Marrakech y destituyeron a todos los reyes de taifas excepto a Al-Mustaín, que conservó buenas relaciones con los almorávides. Gracias a ello y a que Zaragoza suponía una avanzadilla de al-Ándalus frente a los cristianos, Al-Mustain II se pudo mantener como rey independiente.

Por el norte Aragón continuaba su avance. En 1089 cayó Monzón, en 1091, Balaguer y en 1096, Huesca. Para intentar oponerse al reino de Aragón, Al-Mustaín debía pagar fuertes parias a su protector, Alfonso VI.

Al-Mustain II consiguió mantener un difícil equilibrio político entre dos fuegos, pero en 1110 fue derrotado y muerto en la batalla de Valtierra, cerca de Tudela, frente a Alfonso I el Batallador, que ya había tomado Ejea y Tauste.

Saraqusta (Siglo X d.c.)

 

La Marca Superior bajo el califato omeya

En el año 924, Abderramán III impuso su autoridad sobre los señores locales desalojando a los Banu Qasi de su último reducto de Tudela e imponendo en él al tuyibí de Zaragoza Muhammad Alanqar, cuya dinastía mantuvo el gobierno de Saraqusta durante más de un siglo. Pero los nuevos señores de Zaragoza continuaron con la tendencia independentista frente al poder central.

Mezquita de Córdoba

En 929 Abderramán III se proclama califa e intenta asegurarse el control de las provincias más alejadas de Córdoba, pero los tuyibíes se rebelaron en diversas ocasiones, siendo reprimidos por expediciones califales en los años 935 y 937. El conflicto se resolvió con un compromiso de Muhammad ibn Hashim al-Tuyibi de mantenerse fiel a Córdoba a cambio de un régimen de protectorado, que aseguraba a la Marca cierta autonomía respecto del poder central. Este régimen especial se mantuvo durante el s. X y, de alguna manera, enlazó con la disgregación del califato en reinos de taifas de principios del s. XI.

La segunda mitad del siglo X estuvo caracterizada por un periodo de paz y lealtad al Califa y el predominio de árabes sobre muladíes y cristianos en la Marca Superior. A finales de siglo X los tuyibíes incorporan a su territorio Huesca y Barbastro, distrito que había sido gobernado por la dinastía muladí de los Banu Sabrit desde los inicios del dominio Banu Qasi en Zaragoza a principios del siglo IX.

En el último cuarto del siglo X, el periodo regido por Almanzor, se estableció un férreo régimen militarista que impuso la hegemonía del estado centralista cordobés en toda la península, sofocando cualquier resistencia a la autoridad califal con energía. Zaragoza se constituyó en este periodo en base principal de operaciones contra los cristianos del norte, pero con la unificación del nuevo rey pamplonés Sancho III el Mayor, (1004-1035), que regía tierras navarras y aragonesas bajo su cetro, y la crisis del califato, los reinos surgidos de la descomposición de las marcas califales llevarían a un periodo de plena independencia de la taifa de Zaragoza, hecho que sucedió en 1018, siendo el primer reino taifa en hacerlo.

Saraqusta (Siglo VIII-IX d.c.)

 

Historia de Saraqusta

Extensión de la Taifa de Zaragoza hacia 1080.

  La Marca Superior en época de los emiratos

Periodo del Emirato Dependiente

En el año 714 la ciudad es ocupada por el ejército musulmán al mando de Tariq y su lugarteniente, Muza, pasando a formar parte del Califato omeya de Damasco y del Emirato Dependiente con capital en Córdoba. Desde ese año Saraqusta fue un puesto avanzado en la lucha contra los cristianos del norte, que se refugiaron en los valles pirenaicos de Ansó, Hecho, Sobrarbe y Ribagorza. Hacia el 720 todo el valle del Ebro y las ciudades más importantes de la ulterior región de Aragón estaban dominadas por el islam.

Con la derrota ante los francos en Poitiers en 732, la frontera norte se estabilizó, y Saraqusta se constituyó en provincia fronteriza bajo la denominación de Marca Superior. Zaragoza administraba un territorio que comprendía ciudades tales como Huesca, Tudela, Calatayud o Barbastro, al frente del cual estaba el sahib de Saraqusta, que ejercía el gobierno en nombre del emir andalusí dependiente del califa de Damasco. Su lejanía a la capital emiral y su función de baluarte defensivo confirió a Saraqusta cierta autonomía política, a menudo reconocida por el poder central cordobés, pues en lo militar favorecía tomar decisiones rápidas y ejecutar eficazmente iniciativas bélicas.

Periodo del Emirato Independiente

Con la proclamación de Abderramán I en 756 como emir, se produce una ruptura con el Califato abbasí de Bagdad. Empieza la época del Emirato Independiente y Abderramán I rigió un territorio autónomo, conocido a partir de ahora como al-Ándalus y que en el Valle del Ebro provocó rebeliones contra el poder central. A la vez comienza la presión de los cristianos de los marquesados y condados de la Marca Hispánica que dependían del poder carolingio. En la segunda mitad del siglo VIII lograron tomar Urgel, La Cerdaña y Gerona, y en el año 801, Barcelona.

Muerte de Roldán, miniatura de la obra Grandes Crónicas de Francia, por Jean Fouquet.

El interés de Carlomagno en los asuntos hispánicos le movió a apoyar una rebelión de Sulaymán al-Arabi, el gobernador de Zaragoza, que pretendía alzarse a emir de Córdoba con el apoyo de los francos a cambio de entregar al franco la plaza de Saraqusta. Carlomagno llegó en el año 778 a las puertas de la ciudad del Ebro. Sin embargo, una vez allí, el valí de Zaragoza, Husayn se negó a franquearle la entrada al ejército carolingio. Debido a la complejidad que supondría un largo asedio a una plaza tan fortificada, con un ejército tan alejado de su centro logístico, los francos comenzaron la marcha de regreso camino de Pamplona, posiblemente destruyendo a su paso las fortificaciones de esta ciudad. Posteriormente tomó el paso de Roncesvalles hacia su territorio. Mientras la columna carolingia cruzaba por este estrecho puerto fueron atacados en su retaguardia por contingentes vascones emboscados en las zonas escarpadas, que saquearon su impedimenta y causaron numerosas bajas entre los retenes encargados de defender los bagajes. Este hecho histórico, sucedido el 15 de agosto de 778 es conocido como la batalla de Roncesvalles, y fue el origen de la leyenda que dio lugar al Cantar de Roldán (Chanson de Roland), el cantar de gesta medieval más importante de la literatura francesa.

Desde mediados del siglo IX hasta mediados del X la Marca Superior fue la provincia más hostil a la dinastía Omeya, con continuas insurrecciones frente al poder emiral encabezadas por rebeldes árabes yemeníes. Para sofocarlas, los emires omeyas se apoyaron en los principales señores muladíes, sobre todo en los Banu Qasi, cuyo origen estaba en el oeste de la región, en la zona de la actual Tudela. Estos se aliaron a principios del S. IX con los Íñigo de Pamplona, cristianos vascones con quienes mantenían lazos familiares, con el objeto de resistir a las dos potencias del momento en esta zona: la omeya y la carolingia.

Torre del Trovador de La Aljafería. Siglo IX

El carácter fronterizo hacía que la Marca Superior fuera el escenario de la lucha entre francos y andalusíes por delimitar sus dominios en esta región limítrofe, resultando de ello continuos cambios de alianzas de las que salieron reforzados los Banu Qasi, hasta el punto de que estos eran ya dinastía hegemónica a mediados del S. IX. Todo lo cual se vio confirmado con el nombramiento en el año 852 por parte del recientemente proclamado emir Mohamed I, de Musa ben Qasi como gobernador de la importante Tudela y, poco después, de la capital, Zaragoza.

Esta es la época gloriosa de Musa II, el famoso "moro Muza" de la tradición cristiana, pues ejerció su dominio sobre toda la Marca y fortaleció su autoridad creando un auténtico principado y autodenominándose "tercer rey de España", siendo los otros el emir Mohamed I y el rey de Asturias, Ramiro I de Asturias hasta 850 y Ordoño I posteriormente. Esta situación duró hasta 860, en que Musa ben Qasi fue derrotado por Ordoño I en Monte Laturce, con lo que el emir le destituyó del gobierno de la Marca. Paralelamente, se produce el auge del reino de Pamplona, que consigue liberarse de la presión del Islam. En el año 872 los hijos de Musa II se sublevan contra él: Lope Musa se levantó en Arnedo y tomó Zaragoza con ayuda de sus hermanos.

La autonomía de la Zaragoza de los Banu Qasi se mantuvo hasta que, tras numerosas discordias familiares, Mohamed I decidió ponerle fin comprándoles Zaragoza en 884 por 15.000 dinares de oro. La decadencia de su poder se hacía efectiva y en 890, los Tuyibíes, yemeníes que desde la invasión musulmana habían medrado en su solar de la zona de Calatayud y Daroca, obtuvieron el gobierno de Zaragoza en la persona de Muhammad Alanqar.

Caesaraugusta (Siglo V d.c.)

 

La caída del Imperio (408 - 472 d. C.)

Mosaico de la villa rústica de Estada (siglo V d. C.).

A la crisis interna del Imperio se unió que en el invierno del 405-406 d. C. se heló el Rin y los pueblos germánicos cruzaron el río a pie: los suevos, vándalos y alanos se lanzaron a la conquista y el saqueo de las tierras de Galia. En otoño de 409 entraban en Hispania. 

La invasión germana coincidió con el levantamiento de Constantino en 407, a la sazón comandante de Britania, contra el emperador de Occidente, Flavio Honorio. Constantino estableció su capital en Arlés, en la Galia, enviando a su hijo, César Constante, y a su general Geroncio a conquistar la Lusitania, todavía fiel a Honorio, hijo de Teodosio I, emperador natural de Cauca. A su vuelta, Constante pasó por Caesaraugusta, dejando allí a su esposa, a Geroncio y a la mayoría de su ejército. Geroncio decidió sublevarse contra Constantino y Constante, pactando con alanos, suevos y vándalos la repartición de la Península y lanzándose a la persecución de Constante, al que alcanzó y mató. El hecho indica que la ciudad tenía la suficiente importancia tanto para ser considerada segura por Constante, como con los recursos necesarios para ser base de un levantamiento por Geroncio. Honorio reaccionó en 411, derrotando tanto a Constantino como a Geroncio, pero sólo consiguió reconquistar la Taraconense, quedando el resto de Hispania en manos de las tribus germánicas.

La arqueología muestra que durante el siglo V se abandonaron los lugares públicos de la ciudad. El foro fue abandonado y los sillares del teatro fueron reutilizados en la construcción de viviendas. Estas viviendas a menudo se construyeron precisamente en esos espacios públicos abandonados, lo que se puede explicar como un intento de acomodar dentro de la muralla a las poblaciones rurales que huían de la inestabilidad reinante.

Caesaragusta se libró de los ataques de los bagaudas que hubo entre los años 441 y 454 gracias a sus poderosas murallas. El problema fue tan importante que Turiaso fue asaltada, pillada y masacrada, muriendo incluso el obispo León. Para solucionar el problema, Teodorico II, rey de los visigodos, todavía bajo obediencia romana, envió a su hermano Frederic al mando de un ejército.

La Crónica Caesaraugustana recoge la última visita de un emperador romano en 460. El emperador Mayoriano (457-461) recaló en Caesaragusta de camino al norte de África, que había caído en manos de los vándalos asdingos. El hecho resulta curioso si se tiene en cuenta que el camino lógico para ir a Cartagena hubiese sido por la costa, pero quizás la importancia militar de la ciudad le hizo desviarse.

En 472 la ciudad fue definitivamente conquistada por un ejército visigodo liderado por el conde Gauteric, en nombre del rey Eurico. Sólo cuatro años después, en 476, Odoacro, jefe de los hérulos, depone al último emperador romano de occidente, lo que se considera habitualmente como el fin del Imperio Romano de Occidente y el comienzo de la Edad Media.

Cesaracosta (Siglo V d.c.)

 

El siglo VI

En el 541 el ejército franco de Childeberto I y Clotario, después de haber expulsado a los visigodos de Galia, se dirigieron hacia el sur y asediaron Zaragoza. El asedio duró dos meses, ya que, como no conseguían rendirla con las armas, lo intentaron por hambre. La leyenda quiere que los ciudadanos, para proteger la ciudad, paseaban por las murallas la milagrosa túnica de San Vicente Mártir. Los francos, ya convertidos al catolicismo, habrían aceptado levantar el asedio a cambio de la estola de San Vicente, que Childeberto llevaría de vuelta a París para depositarla en una iglesia relicario construida con ese propósito, que con el tiempo se convertiría en la abadía de Saint-Germain-des-Prés. Las consecuencias del asedio fueron hambre y enfermedades, que se extendieron por la ciudad, en parte por la destrucción de los cultivos de los alrededores.

Hacia finales del siglo VI, Leovigildo convenció a Vicente II (572-586), obispo de Zaragoza, para que se convirtiera al arrianismo. El escándalo fue mayúsculo y se mantuvo hasta la conversión oficial de los visigodos al catolicismo en el concilio de Toledo de 589.