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Gobernadores y Reyes de Saraqusta

Gobernadores Musulmanes de Zaragoza

 

Yusuf al-Sumayl (750-754)

Abdarrahman ibn Yusuf (755)

Badr (759)

Suwayd ibn Musa (771-774)

Sulaymán ibn Yaqzan (774-781)

Husayn ibn Yahya (781-784)

Ali ibn Hamza (784)

Sa’id (786)

Musa ibn Fortún (790)

Matruh (792)

Bahlul ibn Marzuq (798-802)

Amrus ibn Yusuf (802-812)

Abdallah ibn Kulayb (842)

Harit ibn Razí (842-852)

 

Dinastia Banu Qasi

 

Lubb ibn Musa (852-862)

Ismail ibn Lubb (872-882)

Muhammad ibn Lubb (882-884)

 

Emires afectos a Cordoba

 

Muhammad ibn Wuhayb (862-872)

Ahmad ibn al-Barra (890)

 

Tuyibíes

 

Muhammad al-Anqar (890-925)

Hasim (925-930)

Muhammad ibn Hasim (930-950)

Yahya (950-975)

Abdarrahman ibn Muhammad (775-989)

Abdarrahman ibn Yahya (989-…)

Mundir (I) (1013-1018)

 

Reyes de la Taifa de Zaragoza

 

Tuyibíes

 

Mundir I (1018-1021/22)

Yahya (1021-1036)

Mundir II

 

Banú Húd

 

Sulaymán al-Musta’in (1038-1046)

Al-Muqstadir (1046-1082)

Al-Mu’tamín (1081-1085)

Al-Musta’in II (1085-1110)

Imád al-Dawia (1110)

 

Gobernadores Almorávides de Zaragoza

 

Muhammad ibn al-Háy y (1110-1115)

Ibn Tifilwít (1115-1117)

Plano de la ciudad de Saraqusta

Plano de la ciudad de Saraqusta

Plano de la ciudad de Saraqusta                                                   خريطة للمدينة سرقسطة

Plano de Saraqusta montado sobre plano de Zaragoza de 1712
  • Murallas de piedra por el Coso (color marrón). Murallas de "marduma" o tapial (color rojo) según las murallas medievales, las puertas de Baltax y de los Judíos, y los restos arqueológicos en edificio nuevo de Hacienda en c/Albareda. 
  • El cauce del Ebro refleja la isla "al-jazírath" citada por Ibn Xayyán, desde la cual dice: "cuya alcazaba dominaba, viendo a quien entraba y salía y a los que circulaban por alguna de sus calles". Es detectable en el plano del s. XVIII por las zonas pantanosas al norte del cauce actual, y por el actual topónimo "balsas de Ebro Viejo".
  • El cauce del Huerva se dibuja como está hoy, pero probablemente iría al norte de la "huerta de Santa Engracia", junto a la muralla.
  • La zona residencial (naranja), encerrada por la muralla de tierra, abarca de forma aproximada las viviendas exploradas en las excavaciones arqueológicas. Al no haber podido consultar los datos concretos fruto de las excavaciones, se tienen en cuenta las que son de dominio público, como el arrabal de Sinhájath o el situado junto a la plaza de toros, o bien me lo han relatado los arqueólogos responsables de las excavaciones (viviendas en la plaza del Portillo o la muralla bajo el edificio nuevo de Hacienda).
  • La extensión de los cementerios de báb al-Qiblath y báb al-Qala'ath, así como la de la zona de alfares, se ha realizado como la anterior. Los curtidores se ubicaban al norte del puente, donde se ha conservado el topónimo de Nuestra Señora de Altabás.
  • La Almozara se ha emplazado sobre la cota de la acequia de Almozara, salvando la huerta junto al río.
Se señalan los edificios que contienen construcciones zagríes en mayor o menor medida: 
  • la mezquita aljama de la que se conserva en la Seo la huella del alminar viejo, el alminar nuevo dentro del campanario barroco, (Los alminares de La Seo de Zaragoza)  alguno de los cerramientos al SO del edificio y el muro exterior y la cúpula de mocárabes de la Parroquieta La Seo de Zaragoza y la mezquita aljama de Saraqusta.
  • el alminar junto a báb al-Qibla, actual campanario de la Magdalena El alminar de Bab alQibla de Saraqusta
  • la zuda, en el actual torreón de la Zuda
  • la zuda oriental, en el interior del monasterio de la Resurrección.
  • el alminar y portada del cementerio de báb al-Qala'ath, probable monumento funerario. Son la torre y la puerta de los Ahorcados de San Pablo.
  • La Aljafería, único edificio zagrí reconocido oficialmente como "taifal".
  • la torre Nueva, demolida en el s. XIX. La torre Nueva de Zaragoza
  • palacio Fuenclara, en cuyo exterior se conservan arcos de herradura geminados.
  • Santas Masas o Santa Engracia, cuya existencia está documentada en época zagrí y de la que se conserva en la parte inferior de una de las torres un paño de la iglesia mozárabe
  • baños judíos, de época zagrí, ubicados en el Coso, en la Judería.
  • alminar de mezquita en los cuerpos bajos del campanario mudéjar de San Gil. El alminar de San Gil en Zaragoza
  • gran arco ojival en muro sur de la iglesia barroca de Santo Tomás de Villanueva, en los Escolapios de Conde Aranda, descubierto en la última remodelación del edificio.
La Torre Nueva. Derribada en 1892. Óleo de Pablo Gonzalvo. 
Construida en el s. XI, tenía una inclinación de 2,50 m. En el s. XVI se convirtió en Torre del Reloj, para lo que se recalzaron los cimientos, se regorzaron los tramos inferiores, se tapó una ventana para ubicar la esfera del reloj y se recreció añadiendo un cuerpo con ventanas  de doble rosca y un gran chapitel, pasando de los 55 m de altura a 81 m. La interpretación oficial de su construcción y reconstrucción de su estado ruinoso es de 1508-12.

LAS PUERTAS DE SARAQUSTA 

Zaragoza, a lo largo de los cuatro siglos de gobierno mu­sulmán, experimentó un incesante desarrollo económico y de­mográfico que culminó a finales del siglo XI, cuando la ciudad alcanzó un perímetro urbano que no se vería su­perado hasta finales del s. XIX. Sara­qusta, pronúnciese Saragosa, era considerada por los geógrafos árabes como una de las cinco metrópolis de Alandalús (nombre probablemente derivado del alemán hablado por los visigodos Landah lauts el país de sorteo, por la costumbre germánica de sortearse las tierras conquistadas).

Los cronistas e historiadores de la ciudad sistemáticamente han minus­valorado, cuando no menospreciado, todo aquello relacionado con este pe­riodo tan brillante de la historia de la ciudad. Hasta bien recientemente se identificaba el perímetro de la ciudad islámica con el de su medina -el es­pacio, amurallado encerrado por el Coso- dando como consecuencia una ciudad de escasa población y de di­mensión muy inferior a la posterior ciudad cristiana. Pero las excavacio­nes arqueológicas evidencian que el caserío de la ciudad andalusí alcanza el perímetro de la ciudad deci­monónica, uno de los más extensos de España. La Zaragoza que se en­contró Alfonso I de Aragón era una ciudad mayor que cualquier ciudad europea contemporánea; albergaba entre sus murallas una población en­tre 40.000 y 60.000 habitantes, cuya principal actividad era el comercio y la industria, explotando su carácter de ciudad fronteriza como base de in­tercambios entre las ciudades de Europa y Oriente. No hay que olvidar que los habitantes del reino Hudí, más o menos lo que hoy sería Aragón, se denominaban a sí mismos zagríes, o sea fronterizos (de Zagr-Alandalús, Marca o Frontera Superior de España) denominación que aún sub­siste en la medina de Argel, en donde se asentaron algunos de los moriscos expulsados de su patria en 1610.


La entrada a La Zuda, antes de la reforma urbanística de los años 40.


La ciudad andalusí disponía de dos recintos, uno central denominado medina (del árabe al-madínath,la ciu­dad) rodeado por la muralla romana de piedra, en el actual Coso, con sus correspondientes barrios, y en donde se emplazaban, lógicamente, los prin­cipales edificios públicos como la mezquita mayor, y el palacio fortificado del gobernador -o real en el s. XI­- que en Zagr Alandalús se denomina­ba zuda, suddath, y en el resto de la península Alcazaba. En torno a la medina se extendía un segundo recin­to por donde se había extendido la ciudad conforme había aumentado su población, y que en parte ya fue ocu­pado por la ciudad romana antes de su decadencia. Esta área, que tam­bién comprendía el Rabal, ar-rabad, tenía diversos barrios, dos cementerios, alhóndigas (de al-funduq, posada, hotel), una alcaicería, al-qaysariyyath, en la actual plaza de España, y nume­rosas industrias y talleres, especial­mente tejerías y cerámicas, muchas de las cuales, con sus correspondien­tes hornos han sido excavados en los últimos años.

La medina, según el geógrafo al­meriense Al-’Udrí "dicen que fue construida en forma de cruz, y lehicieron cuatro puertas, una de ellas, en el comienzo del solsticio de verano queda frente al sol na­ciente, y la opuesta, que correspon­de a Occidente, queda frente al sol poniente"Conocemos por fuentes cristianas, una vez conquistada la ciudad, el nombre  árabed de las cuatro puertas de la medina

Siguiendo el orden de Al-'Udri, frente al sol naciente, en la plaza de la Magdalena y de la cual aún se conserva uno de sus paramen­tos en una de las casas de la plaza, estaba la puerta de Alquibla, llamada más tarde de Valencia por los cristianos. Era sin duda la más querida por los sara­qustíes. Se llamó Bab al-Qiblath, ya que la quibla es el muro de las mezquitas orientado hacia La Meca y hacia allí estaba orientada. Conocemos su nombre porque junto a ella estaban enterrados dos de los santos más ve­nerados de Alandalús: los tabi (compañeros del Profeta) Hanás as-Sana'ní  y 'alí al-Lax, naturales de Sanaa, capital del Yemen, país origi­nario de las dos dinastías reales de Zagr-Alandalús: los Tujibíes y los Hudíes. Estas personas eran tan ve­neradas que eran objeto de peregri­naciones a sus tumbas, por lo que el primer sultán de Saraqusta, Mundir I, quiso construir en su honor un gran mausoleo. Pero fue a verle una santa mujer que le dijo que los dos santos habían ido a visitarla en sueños y le habían dicho que les re­pugnaba la idea de que se construyera nada sobre sus tumbas. El sultán, al oír aquello, renunció a su construc­ción. Se corrobora esta devoción cuando Mundir I, efectuó una de las ampliaciones de la mezquita mayor, para lo cual había que derribar el mu­ro de la quibla y por tanto el mihrab, que hecho de una pieza de mármol blanco decía la tradición había sido construido por el santo Hanas. Para impedir su demolición ordenó su traslado mediante un complejo siste­ma de poleas hasta el nuevo muro de la quibla. Probablemente también or­denaría la construcción del alminar de la vecina mezquita (se llamaría mezquita de báb al-Qiblath?, actual to­rre de la Magdalena, cuya existencia ya está constatada en 1196 (Angel Canellas López, en Historia de Zaragoza I). Inspirada en modelos persas, tanto en su singu­lar tipología constructiva -ladrillo y yeso en el exterior y bóvedas enjarja­das en el interior-, como en su deco­ración -lacerías de ladrillo resaltadas con cerámica vidriada-, el sultán de Saraqusta trataría de embellecer el acceso al cementerio donde reposa­ban los restos de los santos tabíes, respetando el "deseo" de ambos de no ver alteradas sus sepulturas.


Rabal de Sinhaya excavado bajo el paseo de la Independencia por F.J. Gutiérrez González

Frente al sol poniente, estaba la Puerta Beikala (Angel Canellas López, en Historia de Zaragoza I). Bab Qala'ath(puerta de Toledo para los cristianos) debió llamarse así porque desde ella se accedía al castillo de La Aljafería. Muy próximo a ella, en Pre­dicadores, estaba uno de los cemente­rios de la ciudad, que ya fue cemente­rio romano. También era el principal acceso al alcázar (al-qasr, el palacio) de La Aljafería.

La única puerta que ha conservado el nombre árabe fue Báb as-Sinhájath, el actual arco Cinegio o Puerta Cinegia en el Tubo. Los Sinhaya era oriundos de Marruecos, y dieron nombre también al barrio situado junto a esa puerta fuera de la medina, entre la plaza de España y los Escola­pios, barrio en donde fueron reclui­dos los pocos musulmanes que per­manecieron en la ciudad a partir de 1119, y que los cristianos denomina­ron Morería. Se sabe que una de sus mezquitas se llamaba de Abú Jalíd, y en un lateral de la iglesia de los Esco­lapios aun se conserva un gran arco ojival, sin duda perteneciente a un edificio público musulmán de este barrio que se mantendría en pie hasta que los Escolapios se asentaron allí en el s. XVIII. También se conserva el nom­bre árabe de una de sus calles, la de Azoque (as-súq, el mercado), y hasta principios del siglo XX, junto a los Escola­pios estaba la calle de Meca.

La cuarta puerta de la medina era la de Alcántara b al-Qantarath (puerta del puen­te), más tarde denominada del Ángel. Debía ser una de las puertas con más movimiento de la ciudad ya que se encontraba próxima a la mezquita mayor y por tanto estaría allí el zoco, asentado sobre el antiguo foro roma­no. También estaba próximo a esta puerta uno de los barrios cristianos o mozárabes, junto a la catedral de Santa María Virgen, actual basílica del Pilar.


La puerta de Alcántara o del Ángel.


El recinto amurallado exterior, que sabemos porAz-Zuhrí, que era de mardúmath o sea, tapial, tendría puer­tas que darían origen a las medievales cristianas: de entre ellas, citaremos en primer lugar la de Sancho. Situada al final de la calle Predicadores, pudo llamarse Báb al-Musárath  por su proxi­midad a la Almozara, lugar para ejer­cicios ecuestres y para grandes con­centraciones del pueblo zaragozano en grandes festividades como la de Pascua. De este lugar también tomó el nombre la acequia de Almozara, antigua conducción ibérica de aguas, cuya construcción dio lugar al litigio entre Zaragoza y Alagón descrito en el bronce de Contrebia.

También existiría la del Portillo, puesto que desde 1137 se conoce su existencia, relacionada con la inter­vención milagrosa de la Virgen ante un ataque de los moros. Puerta de Baltax, báb Baltash, sería la puerta del Carmen, llamada así modernamente por su proximidad a un convento car­melita, se llamó anteriormente de  Baltax, nombre con que tam­bién era conocido el río Huerva. Jun­to a la puerta de Santa Engracia, pu­do haber otro barrio cristiano al am­paro del convento de las Santas Ma­sas. Una lacería de ladrillo, modifica­da en el s. XVI, a los pies de la torre de Santa Engracia, es probablemente el único resto mozárabe de la ciudad.

De la puerta del Sol nada sabe­mos, pero sí de la Quemada. Parece que ésta sea la segunda puerta cuyo nombre conocemos, Báb al-Yahúdín, puerta de los Judíos), "próxima a la tumba de Hanás " y dando el nombre, a la Judería, situada a menos de 100 metros de la misma. Desde esta puer­ta, una vez cruzado el wádí Baltash, o wádí Warbath, partía el camino de Va­lencia.


El Jueves portada 1923

El Jueves portada 1923

Número 1923

Del 2 al 9 de abril del 2014

EL GOBIERNO NOS IGNORA

 

30.3.2014 – LIGA 2ªDiv. 2013/14 - JORNADA Nº 32

30.3.2014 – LIGA 2ªDiv. 2013/14 - JORNADA Nº 32

30.3.2014 – LIGA 2ªDiv. 2013/14 - JORNADA Nº 32

PARTIDO OFICIAL Nº 3191

ALAVES 2-2 REAL ZARAGOZA

Ficha de Partido Temporada 2013/2014 | Jornada 32 
Fecha:  30/03/2014      Hora:  18:15 h  
Alavés
13     Goitia
25     Samuel
3     Raúl
4     Alex Ortiz
10     Viguera
16     Stevanovic
17     Medina
18     Jarosik
19     Manu
21     Tejera
24     Beobide
2 2

ÁRBITROS

Principal :     Pérez Pallas, David
Asistente :     Vázquez Alvite, Roberto
Asistente :     Díaz González, Adrián
4º Arbitro :     Ávalos Barrera, Rubén
Real Zaragoza
25   Leo Franco
 Alvaro
 Laguardia
 David Cortés
 Barkero
 Roger
10   Lui Garcia
11   Montañes
22   Cidoncha
23   Javi Alamo
26   Rico

ENTRENADOR

Lopez Fernandez, Alberto

SUSTITUCIONES

9   Quiroga       

Tejera (59’)
22   Juanma       

Manu (72’)
GOLES
1-0     Viguera (4’)
1-1     Roger (26’)
1-2     Montañes (56’)
2-2     Quiroga (81’)

TARJETAS
Samuel (61’)     
Manu (69’)     
Barkero (3’)     
Rico (88’)     
Alvaro (89’)     

ESTADIO: Mendizorroza

 

Ciudad: Vitoria
Fecha: 30 de marzo de 2014

ENTRENADOR

Víctor Muñoz Manrique

SUSTITUCIONES

32   Carlos       

Barkero (77’)
21   Abraham       

Javi Alamo (85’)
29   Diego       

Roger (85’)

ALAVES

 

REAL ZARAGOZA

51%

POSESIÓN

49%

0

REMATES Al poste

0

5

REMATES A puerta

4

2

REMATES Paradas

3

4

REMATES Fuera

5

3

REMATES Otros

3

2

TARJETAS AMARILLAS

3

0

TARJETAS ROJAS 

 

0

9

FALTAS RECIBIDAS

15

15

FALTAS COMETIDAS

9

64

BALONES PERDIDOS

63

36

BALONES RECUPERADOS 

41

3

FUERA DE JUEGO

0

0

PENALTIES

0

16

INTERVENCIONES DEL PORTERO

 

20

El Real Zaragoza aplasta su reacción

El conjunto de Víctor logra remontar el gol inicial del Alavés y cede el empate a nueve minutos del final. Roger y Montañés, de rebote, han marcado

 
El Real Zaragoza ha hecho un amago de salir del coma en el que lleva ya nueve jornadas, pero ha acabado aplastando su reacción. El conjunto de Víctor Muñoz había comenzado como casi siempre, encajando un gol con el partido recién comenzado, pero ha remado bajo la lluvia de Mendizorroza hasta darle la vuelta al marcador. 

Viguera, un jugador que suma los mismos goles que Roger, Henríquez y Víctor -los tres máximos anotadores del Real Zaragoza- juntos, ha aprovechado una mano de Barkero en la frontal del área y un fallo de Leo Franco para adelantar al Alavés en el minuto cuatro. El conjunto de Víctor Muñoz ha reaccionado y ha tenido las mejores ocasiones. En otra falta, en esta ocasión a favor de Barkero, ha llegado el empate de los blanquillos. 

Luis García y Roger han sido los más listos de Mendizorroza y el mediapunta ha sido el único que ha visto el desmarque del delantero, que ha aprovechado el despiste de la defensa vitoriana para quedarse solo delante del portero. Este domingo no le ha faltado la precisión del pasado, cuando falló varias ocasiones claras, y no le ha temblado el pulso en su mano a mano con Goitia, que ha resuelto con un disparo raso y colocado junto al palo.
Segunda parte

En la segunda parte salía más enchufado el Alavés, pero un afortunado gol que han marcado entre Montañés y Samuel, que ha desviado a gol un centro del extremo zaragocista, han puesto por delante a los de Víctor Muñoz en el minuto 57. Con más de media hora por delante, el Real Zaragoza no lograba matar el encuentro, y el Alavés se ha volcado sobre el campo visitante.

Habían avisado antes, pero el golpe ha llegado a solo nueve minutos para el final, cuando el exzaragocista Jarosik ha colgado el balón casi desde su campo. Laguardia, un paso por detrás del resto de los defensas, ha roto el fuera de juego y ha perdido en el salto con Quiroga, que ha rematado prácticamente desde la frontal del área. Su cabezazo, dirigido a la escuadra, ha sorprendido a un Leo Franco que no ha tenido su mejor día. 

A cinco minutos del final, Víctor Muñoz ha movido el banquillo, sacando a Diego Suárez y a Abraham, pero ya no había tiempo para la reacción. El Real Zaragoza ya la había aplastado, condenándose a luchar, hasta nueva orden, por no acabar en Segunda B. El conjunto blanquillo sigue en coma, casi sin pulso, a solo dos puntos del descenso y a cinco de los puestos de promoción. Mientras, el tiempo sigue pasando, siempre en contra. Quedan diez jornadas. Comienza la cuenta atrás.

Ficha Técnica


2 - Alavés: Goitia; Medina, Samuel, Jarosik, Raúl García; Álex Ortiz, Beobide; Stevanovic, Tejera (Quiroga, m. 58), Manu García (Juanma, m. 73); Viguera.

2 - Real Zaragoza: Leo Franco; Cortés, Alvaro, Laguardia, Rico, Javi Alamo (Abraham, m. 86), Cidoncha, Barkero (C. Javier, m. 77), Luis García, Montañés, Roger (Suárez, m. 86).

Goles: 1-0, m. 5: Viguera. 1-1, m. 26: Roger. 1-2, m. 57: Montañés, tras un rebote en Samuel. 2-2, m. 82: Quiroga.

Árbitro: Pérez Pallás (Comité Gallego). Amonestó a Samuel, Manu García por el Alavés y Barkero, Rico, Álvaro por el Zaragoza.

Incidencias: Trigésimo segunda jornada de Liga Adelante disputada en el estadio de Mendizorroza ante 9.639 espectadores.

ACB 2013/14 Jornada 25

ACB 2013/14 Jornada 25

CAJASOL CAI ZARAGOZA

79

 59
 J 25 | 29/03/2014 | 18:00 | Palacio Municipal Deportes San Pablo | Público:3700  
 Árb: J.A. Martín Bertrán, Oscar Perea, Rafael Serrano   22|3 14|17 21|28 22|11
CAJASOL 79 REB   TAP   FP    
D Nombre Min P T2 T2 % T3 T3 % T1 T1 % T D+O A BR BP C F C M F C +/- V
4 Bamforth, Scott 31:10 19 5/5 100% 3/5 60% 0/0 0% 9 9+0 0 1 1 3 0 0 0 1 0 2 25
5 Radicevic, Nikola                                          
6 Porzingis, K. 20:45 8 4/8 50% 0/1 0% 0/0 0% 6 5+1 0 0 0 0 1 0 1 4 1 11 7
7 Burjanadze, Beka                                          
8 Satoransky, T. 29:0 12 3/5 60% 2/4 50% 0/0 0% 6 3+3 5 1 4 0 0 0 0 3 4 11 17
10 Franch, Josep 21:46 3 1/1 100% 0/3 0% 1/2 50% 1 1+0 4 1 1 0 0 0 0 0 1 13 5
12 Balvin, Ondrej 24:53 10 2/4 50% 0/0 0% 6/6 100% 5 2+3 1 0 4 0 0 0 1 2 7 17 15
14 Hernangómez, G. 9:54 0 0/2 0% 0/0 0% 0/0 0% 1 1+0 0 0 0 0 2 0 0 1 0 -3 0
16 Mata, Marcos 26:58 7 2/2 100% 1/5 20% 0/0 0% 7 4+3 1 2 4 0 0 0 1 1 0 29 8
23 Urtasun, Alex 18:8 4 1/3 33% 0/2 0% 2/2 100% 5 3+2 2 2 1 0 0 1 0 2 3 15 8
24 Landry, Marcus 17:26 16 2/5 40% 4/7 57% 0/0 0% 1 1+0 0 0 0 1 0 0 0 2 2 5 11
  Equipo   0 0/0 0% 0/0 0% 0/0 0% 3 3+0 0 1 0 0 0 0 0 0 0 0 4
Total 200:0 79 20/35 57% 10/27 37% 9/10 90% 44 32+12 13 8 15 4 3 1 3 16 18 20 100
E  G. Reneses, A.
5f  
CAI ZARAGOZA 59 REB   TAP   FP    
D Nombre Min P T2 T2 % T3 T3 % T1 T1 % T D+O A BR BP C F C M F C +/- V
8 Roll, Michael 20:51 13 1/3 33% 3/6 50% 2/2 100% 1 1+0 1 1 2 0 0 1 0 3 2 -18 7
9 Stefansson, J. 27:40 7 2/6 33% 1/5 20% 0/0 0% 2 2+0 3 0 2 1 0 0 0 3 1 -4 0
10 Rudez, Damjan 27:41 16 3/5 60% 3/9 33% 1/2 50% 0 0+0 0 0 1 1 1 0 0 3 2 -9 6
12 Llompart, Pedro 22:7 3 0/3 0% 1/3 33% 0/0 0% 1 1+0 0 0 0 0 0 0 0 1 1 -6 -1
13 Sanikidze, V. 17:37 6 3/4 75% 0/1 0% 0/0 0% 5 1+4 1 2 2 0 0 1 0 1 2 -21 10
17 Marín, Javier                                          
21 Tomàs, Pere 18:35 6 2/2 100% 0/3 0% 2/3 67% 5 3+2 0 1 1 0 0 0 0 1 1 -7 7
25 Norel, Henk 21:40 2 1/4 25% 0/0 0% 0/0 0% 6 5+1 0 1 1 0 0 0 1 2 3 -3 6
30 Tabu, Jonathan 17:53 0 0/2 0% 0/1 0% 0/0 0% 3 3+0 3 2 1 0 0 1 0 2 1 -14 2
31 Fontet, Albert 11:5 4 2/2 100% 0/0 0% 0/0 0% 1 0+1 0 1 1 1 0 0 0 2 1 -7 4
34 McCauley, Ben 14:51 2 1/3 33% 0/3 0% 0/0 0% 4 3+1 1 1 0 0 0 0 0 0 2 -11 5
  Equipo   0 0/0 0% 0/0 0% 0/0 0% 2 0+2 0 0 0 0 0 0 0 0 0 0 2
Total 200:0 59 15/34 44% 8/31 26% 5/7 71% 30 19+11 9 9 11 3 1 3 1 18 16 -20 48
E  Abós, José Luis
5f  
El Cajasol hizo valer el tiro exterior para superar al CAI Zaragoza (79-59)
El Cajasol se llevó un partido con más complicaciones de las esperadas tras comenzar arrollando a su rival en el primer cuarto. Fue en el último periodo cuando finalmente sentenció el partido
 

29 Mar. 2014.- El Cajasol ganó al CAI Zaragoza un partido que podría haber resuelto el conjunto sevillano antes, pero cuya resolución hubo de esperar al periodo final, cuando los lanzamientos exteriores de alero local Bamforth terminaron con las esperanzas de remontada de los aragoneses.

Un triple de Llompart le daba la réplica a la primera canasta local del partido y desde entonces hasta el final del primer cuarto no volvió a anotar el equipo zaragozano, que terminó el periodo con un parcial de 22-3 en contra, uno de quince en tiros de campo y cuatro pérdidas.

En el lado cajista, destacó en el despegue el ala-pívot estadounidense Landry quien, pese a no salir como titular, anotó ocho puntos en el primer cuarto y redondeó el parcial de 25-3 con un triple nada más iniciarse el segundo para que justo después el CAI, de la mano de Stefansson, anotase nueve puntos consecutivos.

Sin embargo, las diferencias no se estrecharon realmente hasta mediado el tercer cuarto, cuando un triple de Roll acercaba a los visitantes a menos de diez (46-38) mientras los sevillanos se estrellaban en la zona presionante ordenada por José Luis Abós, cuyo equipo vivía en ataque del despertar del croata Rudez.

Hasta los seis puntos llegó a acercarse el CAI aunque, en los minutos finales del periodo, el Cajasol recurrió a la puntería de sus dos estadounidenses, Landry y Bamforth, para contener a un rival en el que Pere Tomás tomaba la responsabilidad con seis puntos consecutivos, sus únicos de la tarde (57-48, min. 30).
Ya en el último periodo, un triple de Roll apretó el electrónico como nunca lo había estado desde los minutos iniciales (57-53) pero enseguida llegaban dos bombas de Bamforth desde más allá de los 6,75 para volver a poner las distancias en diez puntos en lo que constituyó el definitivo estirón cajista.

En los minutos finales, el Cajasol no sólo administró su renta sino que, consciente de la importancia de lograr una victoria rotunda frente a un rival directo en la luchar por entrar en la fase por el título, la amplió hasta los veinte puntos.

79 - Cajasol (22+14+21+22): Satoransky (12), Bamforth (19), Mata (7), Porzingis (8), Balvin (10) -cinco inicial- Landry (16), Hernangómez (-), Urtasun (4) y Franch (3).

59 - CAI Zaragoza (3+17+28+11): Llompart (3), Stefansson (7), Sanikidze (6), Rudez (16), Morel (2) -cinco inicial- Roll (13), Pere Tomás (6), Tabu (0), Fontet (4) y McCauley (2).

Árbitros: Martín Bertrán, Perea y Serrano. Sin eliminados.

Incidencias: Partido de la vigésimo quinta jornada de la Liga Endesa disputado en el Municipal de San Pablo ante unos 3.700 espectadores.
Resultados Liga Endesa 2013-14 Jornada 25 
Partido Resultado
CB Valladolid | La Bruixa d'Or 88 | 76
Unicaja | Laboral Kutxa 83 | 64
Gipuzkoa Basket | UCAM Murcia CB 85 | 80
FC Barcelona | Bilbao Basket 104 | 75
FIATC Joventut | Iberostar Tenerife 76 | 63
Valencia Basket Club | Rio Natura Monbus 69 | 64
Cajasol | CAI Zaragoza 79 | 59
Tuenti Movil Estudiantes | Baloncesto Fuenlabrada 86 | 66
Real Madrid | Herbalife Gran Canaria 83 | 74
 Clasificación Liga Endesa 2013-14 Jornada 25 
Pos Equipo J G P P.F. P.C.  
1   Real Madrid 25 25 0 2.210 1.756  
2   Valencia Basket 25 22 3 2.119 1.834  
3   FC Barcelona 25 19 6 2.040 1.755  
4   Unicaja 25 16 9 1.961 1.807  
5   Herbalife Gran Canaria 25 16 9 1.867 1.785  
6   CAI Zaragoza 25 15 10 1.950 1.863  
7   Laboral Kutxa 25 13 12 2.031 2.000  
8   FIATC Joventut 25 13 12 1.928 1.918  
9   Cajasol 25 13 12 1.830 1.854  
10   Rio Natura Monbus 25 10 15 1.865 1.890  
11   Gipuzkoa Basket 25 10 15 1.769 1.798  
12   Iberostar Tenerife 25 10 15 1.921 2.016  
13   Bilbao Basket 25 9 16 1.950 1.993  
14   Baloncesto Fuenlabrada 25 9 16 1.907 2.022  
15   Tuenti Móvil Estudiantes 25 8 17 1.899 1.989  
16   Universidad Católica de Murcia CB 25 7 18 1.929 2.122  
17   La Bruixa d'Or 25 7 18 1.827 2.074  
18   CB Valladolid 25 3 22 1.726 2.253  

ANTECEDENTES DEL SISTEMA MONETARIO DE LA PESETA

ANTECEDENTES DEL SISTEMA MONETARIO DE LA PESETA

 

1. LAS CONVULSIONES DE LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA

La invasión francesa de España en 1808 tiene una repercusión notable en la evolución de la moneda española. Desde el punto de vista del sistema monetario, el nuevo rey francés, José I, no acomete una reforma demasiado profunda que trate de adecuar el sistema monetario español al francés, según se había realizado en otros estados europeos invadidos por Napoleón. Sí po­ne en práctica algunas modificaciones, que convivirán con la emisión de monedas de sistema tradicional por parte de los fieles a Fernando VII.

En efecto, el primer hecho a constatar es que la producción de moneda se divide, con autoridades emisoras diferentes, con todo lo que ello supone para la estabilidad monetaria. Por supuesto, cada uno de los gobiernos en­frentados prohibió la moneda del otro. Añadamos a ello la profusa circula­ción de moneda extranjera existente en estos años, favorecida por la política de ambos gobiernos, que admitieron y aceptaron las emisiones de sus alia­dos militares. 

Las cecas españolas, Madrid y Sevilla, pronto comenzarán a emitir mo­neda a nombre de José Bonaparte. Son piezas que metrológicamente se en­cuadran perfectamente en el sistema monetario español, sin alterarlo en lo esencial. La única novedad reside en la unidad de cuenta. Es un cambio im­portante. Frente a lo común en siglos anteriores de mantener las unidades de cuenta propias de los tres metales, el escudo para el oro, el real para la plata y el real de vellón o el maravedí para el cobre, José I impone la costumbre francesa de una única unidad de cuenta para las piezas de oro y plata, facili­tando así su manejo y el establecimiento de equivalencias. A diferencia de los viejos sistemas monetarios europeos, que exigían difíciles y complejas equivalencias entre las monedas de diferentes metales, la Francia revolucio­naria había aplicado la adopción del sistema decimal, como muestra del ra­cionalismo y de la lógica del nuevo estado. La reforma de la moneda france­sa, que tuvo lugar entre 1793 y 1803, supuso la creación del franco y la imposición de dicha unidad en los tres metales. El franco quedó definido en términos de plata, pero tanto sus múltiplos en oro, como sus divisores en co­bre, fueron denominados en función de tal unidad, es decir el franco y la pieza de 5 francos se emitieron en plata, los 20 y 40 francos en oro y los di­visores, décimas de franco, en cobre.

 La unidad de cuenta escogida en España fue el real de vellón, que había nacido oficialmente en época de Carlos II. Esto se introdujo merced a la real orden de 18 de abril de 1809, de acuerdo a las siguientes equivalencias:

 

METAL VALOR NOMBRE PESO (gramos) LEY (milesimas)
Oro 320 reales Onza-doblon de a 8 27,06  
Oro 160 reales Media onza 13,53  
Oro 80 reales Doblon-2escudos 6,76 875
Plata 20 reales Duro 27,06 902,7
Plata 10 reales Medio duro 13,53 902,7
Plata 4 reales Peseta 5,97 812,5
Plata 2 reales Media peseta 2,98 812,5
Plata 1 real Real 1,49 812,5
Cobre 8 maravedis 2 cuartos 12,1  
Cobre 4 maravedis Cuarto 6,05  
Cobre 2 maravedis Ochavo 3,025  

 

Se trata de un cambio importante, pues por primera vez la moneda es­pañola utilizaba una única unidad de cuenta para los tres metales, realidad que se irá afirmando a lo largo del siglo XIX. Sin embargo y pese a todo, la política de José I mantuvo el sistema monetario heredado. La novedad que­dó reducida al empleo de dicha única unidad de cuenta y en ningún momen­to se produjo la decimalización del sistema, a diferencia de lo que había su­cedido en otros países sometidos por Napoleón, donde se impusieron sistemas idénticos al basado en el franco de Germinal. La razón quizá estuvo en el prestigio que aún mantenía el viejo sistema español, todavía el más in­ternacional y aceptado en todo el mundo. La fuerte tradición monetaria his­pana hizo que las autoridades prefiriesen mantener el sistema con un peque­ño lavado de cara que lo modernizase y lo fuese haciendo compatible con las nuevas realidades que estaban triunfando en otros puntos de Europa (CARROBLES SANTOS: 2000: 120).

Junto a esta modificación, es de destacar otro hecho de la política mone­taria josefina. Se trata de la permisión legal de la libre circulación de la mo­neda francesa, hecho lógico, por cuanto facilitaba enormemente el pago a su ejército y favorecía la unidad comercial entre los estados francés y español. Después de un decreto inicial promulgado en época del gobierno de Murat, en cuanto Lugarteniente del Reino, el 5 de septiembre de 1808 se fijaron las equivalencias entre la moneda francesa y la española; en ellas se benefició a la moneda francesa sobrevalorándola, seguramente con la intención de favo­recer su aceptación. Evidentemente esto daba curso legal a la moneda fran­cesa en España, y así se afirmó en el artículo I de la real cédula: “La moneda francesa deberá admitirse por ahora y circular hasta nueva declaración nuestra en todos nuestros reinos y señoríos y nadie podrá rehusarla en nin­gún trato, ajuste o venta”. Esto, de hecho, fomentó un grave problema ya sentido por la economía española durante toda la edad Moderna, la salida de moneda de metal precioso hacia el extranjero, pues con un real de a ocho se podía fabricar más de un napoleón, cuando ambas piezas habían quedado nominalmente equiparadas; sirva para hacernos una idea que la pieza de 5 francos pesaba 25 grs. por los algo más de 27 de los 20 reales hispanos. Los duros emigraron a Francia para volver convertidos en napoleones, a pesar de la prohibición de extracción reiterada por José I el 13 de septiembre de 18093. Muy bien lo describió Vicente Ortí y Brull a finales de siglo, los du­ros españoles “eran exportados y refundidos en Francia, volviendo trans­formados en napoleones, con un beneficio anual del 30 y del 40% para el que hacía esta operación” (MARTORELL, 2001: 26). Con esta tesitura se en­tiende perfectamente el sempiterno problema que durante la mayor parte del XIX sufre la moneda española, que huirá del mercado nacional encaminán­dose a otros más lucrativos para sus usuarios.

 Un hecho monetario a destacar del gobierno francés son las emisiones que tuvieron lugar en Barcelona a partir de 1808, ante el aislamiento de la ciudad después de la ofensiva militar española en la primavera verano de ese año y la necesidad de contar con moneda para evitar el colapso de las tran­sacciones comerciales. La ceca de la ciudad se reabrió para batir piezas de oro, plata y, especialmente, cobre. En ellas se aplicó el modelo francés de única unidad de cuenta, si bien se escogió una nomenclatura hispana, de fuerte arraigo en Cataluña, para ella. Fueron las primeras monedas de la his­toria que portaron el nombre PESETA inscrito en sus estampas. Se adoptó el nombre que había triunfado desde el siglo XVIII para referirse a los reales de a dos, pieza que en módulo, peso y ley era bastante parecida al franco francés. Se emitieron valores de 1, 2 ½ y 5 pesetas en plata, 20 pesetas en oro y 4 y 2 cuartos, 1 cuarto y ½ cuarto en cobre, a instancias de la Junta General que presidía el capitán general, José de Ezpeleta, sometido a las tropas francesas comandadas por el general Duhesme. Desde el punto de vista metrológico se adecuaron al sistema español, por cuanto las piezas de 5 pesetas se hicieron del peso y tamaño de las de 8 reales o 20 reales de ve­llón. De acuerdo a eso la pieza de Peseta tenía valor de 4 reales de vellón, origen de la equivalencia que la futura unidad monetaria nacional tendrá de manera oficial en 1868 y que se irá perfilando a lo largo de las sucesivas re­formas del siglo XIX. 

Uno de los grandes problemas monetarios del período fue la división y disgregación monetaria que afectó al Reino. Después de la articulación del gobierno de España por parte de los fernandinos, a través de la Junta Central Suprema, que desembocó en una Regencia y en la convocatoria de las Cor­tes Generales que habrían de celebrarse en Cádiz, el nuevo gobierno emitió moneda de acuerdo a los patrones y sistemas tradicionales hispanos. Lo hizo desde la ceca de Sevilla, único de los grandes talleres que al inicio del en­frentamiento quedó fuera de la influencia francesa, cuyas emisiones pronto fueron complementadas y sustituidas por otras realizadas en talleres como Cádiz o diversas ciudades (Gerona, Lérida y Tarragona), donde las juntas locales dispusieron la emisión de piezas de 5 pesetas con la plata obtenida de la fundición de objetos litúrgicos y donaciones particulares. En Cataluña, la Junta Suprema de Defensa creó una casa de moneda que se instaló en Reus, en 1809, para después, ante el avance francés, ubicarse en Tarragona y en Palma de Mallorca .

Los resultados de estas labores fueron limitados y desiguales, ante las di­ficultades en el abastecimiento de metales preciosos (SARDÁ, 1998: 29-30). Se pretendía con ellas atender a las necesidades económicas del conflicto bélico, dado que las ciudades citadas quedaron aisladas y requerían moneda para preservar la actividad comercial, así como para reafirmar la figura del rey Fernando, erigido en símbolo de la resistencia frente al invasor francés. En Sevilla y Cádiz lógicamente se rechazaron, al igual que sucedió en buena parte de Europa, las reformas monetarias francesas, dado que la decimaliza­

 La ceca de Cádiz se creó en noviembre de 1809 con la maquinaria procedente de la de Sevilla, que fue desmantelada.

ción del sistema y la racionalidad de una única unidad de cuenta se habían convertido en un tema político y su presencia en una comunidad era muestra evidente de su vinculación política con la causa francesa. Significó una gue­rra monetaria que acompañó a la que tenía lugar en el campo de batalla, pues el 4 de abril de 1811 se declaró ilegal, y por tanto falsa, la moneda emi­tida por José I, calificado como rey intruso. Se dispuso que todos los que tuviesen dicha moneda la entregasen en la casa de la moneda gaditana donde sería convertida en pasta, tomándola de acuerdo a su valor como metal. Obviamente también la moneda francesa fue prohibida, debiendo ser cam­biada en los mismos términos anteriores, es decir de acuerdo a su valor co­mo metal8. Sin embargo, ambas decisiones, coherentes desde el punto de vista político y propagandístico, dado que prohibir y declarar falsa e ilegal la moneda de José I suponía tanto como negarle su legitimidad como rey, su­cumbieron ante las realidades económicas y monetarias. La Regencia, ya en 1813, hubo de aceptar la circulación tanto de la moneda francesa, de acuer­do al arancel promulgado por José I en 1808, como la emitida por este en suelo hispano de acuerdo a su valor facial, dado que tenían la misma ley y talla que las tradicionales (FRANCISCO OLMOS, 2001: 119). Esta aceptación, sin duda, se vio favorecida por el hecho de que la guerra ya estaba práctica­mente finalizada en el plano militar, con lo cual la concesión ideológica que significaba la aceptación de una moneda emitida por el rey intruso perdía valor en el plano de la propaganda.

Este panorama monetario se complicó aún más con la circulación de moneda inglesa, lógica dada la presencia del ejército de Wellington en suelo peninsular. Las Cortes autorizaron la utilización de las guineas británicas en 1813, que serían cambiadas de acuerdo a su valor intrínseco (FRANCISCO OLMOS, 2001: 119), con la previsión de irlas retirando de la circulación en el plazo de un año, entregando a cambio su valor en moneda española. Tam­bién la moneda portuguesa, el cruzado, tuvo una notoria presencia, admitida legalmente, si bien por poco tiempo, por decreto de 15 de agosto de 1801 (SARDÁ, 1998: 30-31), y posteriormente estimada de acuerdo a su contenido metálico, a partir del 14 de agosto de 1814. 

ANTECEDENTES DEL SISTEMA MONETARIO DE LA PESETA

3. EL REINADO DE ISABEL II

3.1. Los primeros años

La última emisión de Fernando VII supone en cierta medida un enlace con las primeras emisiones monetarias de su hija, quien accede al poder apoyada por los liberales. Las piezas de oro y plata se sumarán a la moder­nidad y utilizarán como única moneda de cuenta el real de vellón. Esta será la única novedad hasta la trascendental reforma de 1848. Se adopta definiti­vamente la reforma propuesta por José I, si bien se renuncia a acuñar las piezas mayores de oro, las de 320 y 160 reales de vellón, ante la dificultad de abastecimiento que encontraban las cecas. El doblón de 80 reales, la anti­gua pieza de dos escudos, pasó a ser la moneda de mayor valor en circula­ción, reducción que escenifica la crisis económica y monetaria que se vivía en estos años. La falta de medios de pago para las grandes sumas propició los intentos de imponer el dinero de papel que cada vez era más necesario. De hecho, una real orden de 3 de junio de 1833 había autorizado al Banco Español de San Fernando a duplicar el importe de billetes en circulación, limitándolo a 12 millones de reales, cifra que ni mucho menos cubrió ni ese año ni los siguientes (Enciclopedia de billetes de España, 2006: 133-134). 

En estos años de nuevo es necesario afrontar la cuestión de la circula­ción de la moneda extranjera y una vez más son las circunstancias políticas y militares las que determinan la actuación de los gobernantes españoles. El 22 de abril de 1834 España entra en la Cuádruple Alianza formada con Francia, Inglaterra y Portugal, quienes intentaban oponerse a la nueva Santa Alianza que el canciller austriaco Metternich había impulsado por la Con­vención de Münchengrätz. Eso determinó la llegada de tropas extranjeras (portuguesas, francesas e inglesas) a España en apoyo del bando isabelino frente a los carlistas. Por ello, y para facilitar la financiación de estos ejérci­tos, el gobierno admitió la presencia del numerario de los países aliados, dando unas tarifas de equivalencias con las monedas españolas. La inten­sidad de circulación de moneda extranjera llegó al extremo de que en 1842 se estimaba que la mitad del dinero que corría en España era extranjero y algo más de la mitad de la plata amonedada (SARDÁ, 1998: 99). Probable­mente tan alta presencia de moneda foránea permitió la existencia de los medios de pago necesarios, dado el inmovilismo en la política monetaria, que no conseguía atraer metal a las cecas españolas. La situación constituía un problema desde el punto de vista ideológico y político, pero también des­de el económico pues la moneda circulante en España quedaba demasiado sujeta a los avatares de las políticas monetarias extranjeras.

Grave problema político, pero también monetario, fue el carlista. La guerra civil iniciada por la no aceptación por parte de Don Carlos de la su­cesión en la persona de su sobrina, Isabel II, supone el uso de la moneda como arma propagandística y financiera. Obviamente, la cuestión bélica im­pidió efectuar una reforma en mayor profundidad del sistema monetario. La guerra marcó la prioridad en los esfuerzos de los gobernantes. Su fin posibi­litó que se fueran dando los primeros pasos hacia una reforma de mayor em­paque que definiese un nuevo sistema monetario.

También fue la guerra la causante de la emisión de nuevas piezas deno­minadas pesetas. Tuvieron lugar de nuevo en Barcelona en 1836 y 1837. Fueron batidas con carácter de urgencia por los partidarios de Isabel II para pagar a las tropas. Los que recibieron este numerario fueron denominados peseteros. Se fabricó moneda de plata en piezas de peseta y cobre en 6 y 3 cuartos.

Pueden ser consultadas en FRANCISCO OLMOS (2001: 126-127). 18 La excepción es Barcelona, donde, después de su reapertura en 1836, se elevaron las tarifas pagadas por la plata y se rebajaron los descuentos de acuñación. Los efec­tos beneficiosos no tardaron en dejarse sentir y entre 1837 y 1846 hubo un sensible aumento de los trabajos en Barcelona, que llegaron a representar alrededor del 50% de lo acuñado en las casas españolas en estos años (SARDÁ, 1998: 81).

Don Carlos, haciendo uso del ius monetae, emitió moneda a su nombre, tratando de propagar y difundir su legitimidad al trono y, al mismo tiempo, para facilitar la financiación de sus tropas y regular el comercio de las zonas controladas por sus armas. Se trató fundamentalmente de series de cobre y medallas de plata con metrología monetaria y uso como tal. Incluso una vez finalizada oficialmente la guerra en 1839, después del Abrazo de Vergara, la Junta de Berga, órgano de gobierno de la resistencia carlista en los Pirineos, ordenó en 1840 la emisión de monedas de 1 y ½ peseta en plata.

3.2. La reforma de 1848: el real

 Los problemas monetarios se habían ido incrementando con el paso de los años. España mantenía un sistema monetario prácticamente igual al de época colonial, pero la situación en el segundo cuarto del siglo XIX era muy distinta, porque se habían perdido la mayor parte de las colonias y con ellas la llegada de grandes cantidades de plata. Además el panorama del mercado de metales se había modificado con el descubrimiento de nuevas e importantes vetas aurífe­ras en California y Australia. Eso motivó que el precio internacional del oro bajara y, en proporción, subiera el de la plata, realidad sentida de manera espe­cial después de 1850. 

A partir de 1838 se formaron diversas comisiones que tenían la misión de analizar los problemas monetarios y buscar la mejor solución a ellos, si bien ya antes se había presentado algún proyecto reformista, como fue el del Conde de Toreno, en 1834. El diagnóstico fue la escasez de acuñaciones propias y la pre­sencia excesivamente abundante de moneda francesa, que hacía depender de­masiado la economía española de las vicisitudes del país vecino. Se fomentó la explotación de yacimientos de plata españoles, entre los que destacó el de Hiendelaencina, en Guadalajara, que suministró buena parte de la materia pri­ma utilizada en las acuñaciones de plata isabelinas de estos años (CARROBLES SANTOS, 2000: 125). Pese a los esfuerzos, en 1845 era evidente la imposibi­lidad de mantener un ritmo constante de acuñaciones y, de hecho, a partir de ese año hay un alarmante descenso. Además el precio de la plata en el mer­cado internacional era creciente y eso agravó la situación porque ahora tam­bién afectó a la plata extranjera, que comenzó a huir del mercado español y se convirtió en objeto de especulación.

Los proyectos de reforma monetaria se suceden desde 1845. Algunos de los principales economistas del momento presentaron proyectos que pretendían la creación de una moneda española de plata capaz de mantenerse en la circula­ción sin ser desplazada por las piezas francesas; fue el caso de Alejandro Mon, José Peña Aguado, Ramón Santillán o José de Salamanca. El denominador común de todos ellos fue proponer la devaluación monetaria. Fue el del mar­qués de Salamanca el que recibió los apoyos suficientes para ser puesto en vi­gor durante algún tiempo, por decreto de 31 de mayo de 1847. Su idea era im­plantar el sistema decimal en la ordenación monetaria, al igual que se había hecho en el resto de pesas y medidas. Se decidió rebajar el peso de la moneda de plata y oro, y se reajustó la relación de los valores del oro y la plata al valor de Francia, con el fin de evitar la extración de moneda y la importación del numerario francés. Se preveía una unidad de plata, el real, con múltiplos hasta 20 reales, una pieza de 100 reales en oro, el famoso centén, y divisores de 5, 2 y 1/2 décima en cobre. Junto a ello se decició decimalizar el sistema; la unidad legal de peso para los tres metales y contabilidad de las casas de moneda sería el kilogramo. El proyecto encontró una fuerte oposición por la devaluación im­puesta a la moneda española; la caída del gabinete de García Goyena supuso la salida de Salamanca del gobierno y con él el fin de su proyecto, cuya ejecución se suspendió por decreto de 6 de octubre de 1847. Se trata del primer intento serio de implantar el patrón decimal en el sistema monetario español. Lo efíme­ro del decreto de Salamanca no le puede privar del honor de haber iniciado el camino de la conversión del sistema monetario español que desembocaría en la creación de la Peseta.

Sin embargo, un hecho fortuito ayudó a los reformistas. Fue el descubri­miento de nuevas minas de oro en California y Australia, que elevó el valor de la plata y agravó el problema monetario. La reforma era imperativa, pues la co­tización de la plata en pasta ya superaba el nominal que adquiría una vez amo­nedada; la moneda argéntea española continuaba siendo extraída, pero la fran­cesa ya no entraba para sustituirla, pues también en el país vecino, como consecuencia del incremento del precio de la plata, empezaron a existir pro­blemas de fluidez en la circulación de las piezas argénteas. Tuvo lugar durante el gobierno de Narváez, siendo ministro de Hacienda Manuel Beltrán de Lis. El decreto de 15 de abril de 184819 estableció como unidad del sistema el real, de­finido como moneda de plata, con ley de 900 milésimas; su peso se rebajó para equipararlo con la moneda francesa. La relación de valor entre el oro y la plata fue de 1:15,77, frente a la tradicional relación española de 1:16, con lo cual se favorecía al metal blanco y se aproximaba a las ratios francesa e inglesa. Las monedas a acuñar eran las siguientes:

Se pretendía aumentar la masa monetaria en circulación, por lo cual se re­dujo el componente argénteo, con el objetivo de evitar su fuga hacia otros mer­cados, al tiempo que se buscaba eliminar el numerario francés en circulación. Además, se rebajaron los derechos de acuñación. 

Las medidas no consiguieron detener la exportación de moneda, dado que si antes se hacía porque era de mayor fino que la francesa, ahora era porque la plata había subido de valor y valía más de lo que se había establecido en su re­lación con el oro. Fue un problema que afectó a todos los países de sistema bi­metalista. Además, tenemos algunos datos de que la introducción y circulación de piezas extranjeras no finalizó; así parece indicarlo la preocupación existente por el aviso del gobierno francés de la existencia de numerosas piezas falsas de 5 francos correspondientes al año 184720, un proyecto de decreto de 7 de enero de 1851, en el que textualmente se afirma que “no solo circula la moneda fran­cesa, sino que es la que más abunda en el mercado, extrayéndose la nacio­nal”.

El nuevo sistema era decimal al equivaler un real a 10 décimas, pero solo se aplicó a los valores y leyes de metales, no al peso, puesto que para esto se mantuvo la vieja unidad del marco. El objetivo era facilitar los cálculos para la contabilidad y el cambio. Para potenciar la afluencia de metal a las cecas se re­dujo el braceaje al mínimo. Esta reforma supone el fin del viejo sistema del maravedí, que había sido la base del sistema monetario español desde que Al­fonso VIII de Castilla lo incorporó como moneda de oro. Las monedas antiguas no se desmonetizaron, continuaron en circulación, para lo cual se publicaron unas tablas de equivalencias.

La monetaria era una cuestión de honda preocupación en los gobiernos de entonces. Eso llevó a la creación de una Junta Consultiva de Moneda22. Fue una reforma que impuso el primer sistema monetario moderno en España, afirmándolo sobre bases racionales y nacionales, pero que, sin embargo, llegó tarde y, además, en su contra jugó el incremento del precio de la plata en el mercado, motivada por los antedichos descubrimientos mineros y la fuerte de­manda de metal argénteo derivada de la activación del comercio con Asia, zona que requería grandes cantidades de metal blanco. El gobierno británico había comenzado en 1849 la construcción del ferrocarril a gran escala en la India y necesitaba una gran cantidad de dinero; allí la moneda oficial era la rupia de plata; la enorme demanda motivó que la plata recibiera mucho mejor precio en Asia que en Europa. 

El Estado no fue capaz de conseguir una circulación abundante de plata y siguió siendo exportada, sin conseguir la reforma los objetivos que pretendía. Contribuyó a ello la crisis de confianza que se extendió por toda Europa y la tormentosa situación política y financiera en España; eso llevó a que la gente retirase sus depósitos de moneda metálica del Banco de San Fernando, numera­rio que fue siendo atesorado. No sirve de consuelo que dicho crecimiento de la plata provocase problemas en todas las economías bimetalistas de Europa, donde el oro reemplazó a la plata como moneda de uso común. La plata, como tantas veces en la historia monetaria hispana, resultó infravalorada, los males del bimetalismo se mantuvieron. Durante unos años creció la emisión y circu­lación de moneda de oro, gracias al reajuste del valor de este metal en 1850, minusvalorando la plata en relación con su cotización en Europa, y al mayor nivel de inversiones extranjeras. Sirva para hacernos una idea el dato de que a finales de 1850 circulaban 977 millones de reales, de los cuales 800 correspon­dían a monedas de oro, 107 a billetes y solo 70 a piezas de plata (VOLTES, 2001: 114). Sin embargo, esto duró muy poco, seguramente como consecuen­cia de los cambios políticos que tuvieron lugar en diversos estados europeos en 1848 y de los que de manera directa dependía nuestra economía. De hecho, el 7 de enero de 1851 el gobierno de Narváez suspendió la emisión de oro, ante el temor de una mayor caída en el precio del metal amarillo que arrastrara a la ba­ja el precio de las cosas y provocara una recesión en la economía. Hubo esta­dos, como Holanda, que llegaron a suspender el valor monetario del oro y esta­blecieron un monometalismo de la plata (MARTORELL, 2001: 33). La medida parecía implicar que las autoridades españolas admitían precisamente la posibi­lidad de implantar un patrón único de plata, lo cual evidentemente estaba con­denado al fracaso por el incremento en el precio de este metal y por no ser Es­paña un país exportador, realidad que impedía conseguir el metal suficiente para lo que se necesitaba; lo único que se consiguió fue agravar la aguda esca­sez de numerario.

El sistema de 1848 fue incapaz de adaptarse a las cambiantes circunstan­cias del momento. Su fracaso marca el inicio de un nuevo período de estudios y vacilaciones en la política a aplicar que condujeron a un reajuste en 1854, con la disminución del peso de la moneda de plata, para hacer frente a la subida del valor del metal en el mercado y evitar así su exportación, y la reanudación de la emisión de oro el 3 de febrero de 1854, previa variación de la relación entre ambos metales preciosos, teniendo siempre como modelo la moneda france­sa.

Además la unidad en cobre se dividió en centésimas partes24. Se abre un período en el que de nuevo los proyectos de reforma son numerosos, sin encon­trar la unanimidad necesaria. El incremento del precio de la plata fue incesante en los mercados mundiales hasta 1859, lo que hizo imposible detener su expor­tación; eso llevó a la decisión de emitir en oro, por real decreto de 31 de enero de 1861, piezas de 40 y 20 reales, con la intención de ofrecer al mercado una moneda más estable, que cubriera las transacciones medias, ocupando un valor que tradicionalmente había sido de plata. De hecho, las emisiones de moneda de plata descienden de manera muy acusada a partir de 1859 (VOLTES, 2001: 111-112). Tantos esfuerzos fueron inútiles y parece que 1857 fue el punto cul­minante en la evasión de plata.

3.3. La reforma de 1864: el escudo

Las reformas anteriores no habían sido capaces de resolver el grave pro­blema de la escasez de moneda de plata, imprescindible para los pagos peque­ños. El gobierno recabó numerosos informes en los que se contrastaron los pa­receres de los partidarios de defender el bimetalismo, con los que abogaban por la implantación de un patrón plata y los que se inclinaban por una solución ba­sada en el monometalismo del oro. Siguiendo las recomendaciones oficiales realizadas por la Dirección General de Consumos, Casas de Moneda y Minas, se aplicó la siguiente reforma del sistema en 1864, siendo Pedro de Salaverría ministro de Hacienda del gabinete de Alejandro Mon. La nueva unidad del sis­tema fue el escudo, equivalente a 10 reales, con ley de 900 milésimas. Lo más novedoso, siguiendo una vez más las doctrinas europeas, fue que las monedas menores, la peseta y el real, se convirtieron en moneda divisionaria de ley infe­rior. Como monedas de oro dispuso la acuñación de los 10 escudos (doblón de Isabel) y 2 escudos, con 900 milésimas de ley. En plata, con plena capacidad liberatoria, el escudo y el duro (2 escudos), con ley de 900 milésimas. Moneda de plata divisionaria fue la peseta (40 céntimos de escudo), la media peseta y el real, con ley de 810 milésimas, pureza inferior incluso a la de los circulantes francés e italiano (835 milésimas). El curso forzoso de estas monedas divisio­narias, como también del bronce, quedaba limitado a 10 escudos. Se dispuso la acuñación de monedas de liga de bronce, estaño y cinc con valores de medio real, cuarto de real, décimo y medio décimo de real. Se creó un numerario de curso interior con funciones meramente complementarias. La acuñación de moneda divisionaria de baja ley tenía el objetivo fundamental de defender su circulación.

Ahora sí se adoptó el patrón decimal en lo referente a los pesos, abando­nando el tradicional sistema de marco y granos (esto se había impuesto desde 1858, cuando una instrucción del gobierno enviada a las cecas ordenó la instau­ración del kilogramo y sus fracciones como unidad de peso para el trabajo de los metales). Con esta reforma y bajada del dinero divisionario de plata se tra­taba de luchar contra el incremento del precio de este metal y las dificultades existentes para que circulara en el mercado español; se pretendía detener la sangría de monedas esenciales para garantizar los intercambios comerciales, eliminando la rentabilidad de su exportación. Eran dificultades existentes en toda Europa y de las que se había salvado Inglaterra por su monometalismo del oro. La relación entre el oro y la plata se fijó en términos similares a los exis­tentes en Francia.

 

Fue una reforma valiente dentro de una concepción moderna de las políti­cas monetarias que empezaban a abandonar los criterios puramente metalistas para aproximarse a los nominalistas, en la línea de lo que ya habían hecho otros estados europeos. Intentó aproximar la realidad de la moneda española a la que presentaba el sistema francés, con el que nuestra economía se estaba ligando por la conjunción de diferentes tipos de intereses. Se complementó con la nece­saria medida de suprimir definitivamente los derechos de fabricación para las grandes piezas de oro y plata, con el fin de propiciar la afluencia de metales a los talleres monetarios y poder fomentar las labores de acuñación al pagar un precio mejor a los particulares que llevaran su metal a las cecas, para así sol­ventar el crónico problema de falta de moneda que había afectado a práctica­mente todo el siglo XIX; supresión de derechos que sería sufragada con la ley rebajada de las monedas pequeñas de plata.

Las intenciones fueron buenas, y de hecho se consiguió hacer crecer poco a poco la amonedación de plata, y aunque hasta el final de la década de los 60 prosiguió su exportación a Oriente, la abundancia de oro neutralizó en parte los efectos de esta huida. Sin embargo, los problemas eran muchos. Entre ellos los de conversión  de monedas, variabilidad del precio de los metales en el merca­do y el caos en que se había convertido el sistema monetario español resultado de tantas y tan seguidas reformas. Todo eso dio al traste con la reforma, en es­pera del cambio definitivo que se iba haciendo más necesario que nunca. Ten­gamos en cuenta que desde la pragmática de 23 de agosto de 1772 hasta la ley de junio de 1864 se habían sucedido en España siete sistemas monetarios dife­rentes, por lo que se encontraban en circulación nada menos que 97 clases de monedas distintas, según se reconoció en una orden del Ministerio de Hacienda de 23 de marzo de 1869. Los sucesivos intentos de reforma habían pretendido mejorar la situación, pero no solo no lo habían conseguido, sino que, en cierta medida, la empeoraron, al añadir nuevas piezas y denominaciones al sistema monetario español, aumentando con ello la confusión y la complicación de los intercambios y equivalencias, dado que en ningún momento se retiraron de la circulación las especies anteriores. Fernández Villaverde llegó a decir que en 1868 España poseía la circulación monetaria más heterogénea y confusa de Eu­ropa (MARTORELL, 2001: 34). Eso explica el comentario realizado con cierta sorna por el político Vicente Ortí y Brull, cuando en 1893 afirmó que “los sen­cillos y fáciles cargos de cajero y cobrador” eran “una especie de ciencia ocul­ta que muy pocos conocían y que no podía adquirirse sino después de largos años de experiencia y práctica en el mostrador”; la circulación monetaria es­pañola era una de las más heterogéneas y degeneradas de Europa (MARTORELL, 2001: 15).

Era necesaria una reforma en profundidad, una reforma radical, que no se limitase a remiendos, sino que actuase con contundencia. Una reforma que eli­minase todas las antiguas denominaciones y acuñase una nueva que estuviese en consonancia con las más pujantes divisas europeas, en especial con el franco francés que desde 1865 estaba aglutinando a diversos países en torno a su área de influencia, ofreciendo un modelo de unidad monetaria con la llamada Unión Monetaria Latina, creada en 1865, con la intención de que Francia liderase un bloque monetario, basado en el bimetalismo, que fuese capaz de enfrentarse en igualdad de condiciones con el patrón oro inglés en la búsqueda de un sistema monetario internacional, anhelo muy sentido en la Europa de aquellos años.

Así pues, a lo largo de los tres primeros tercios del siglo XIX observamos como la moneda española fue acumulando diversas reformas que la habían de conducir del sistema monetario tradicionalista, en buena medida amparado en el tráfico colonial, a uno mucho más ligado a los aires y las influencias euro­peas. Fue un período de intensa politización de la vida pública, la moneda no escapó a ello, resultando notablemente afectada, según afirmó Sanromá deplo­rando la politización que había adquirido el debate monetario: “el duro es abso­lutista, el real moderado, el escudo unionista y radical la peseta. Sobre ser esto ridículo, nada hay más peligroso” (SANROMÁ, 1872: 55).

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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ANTECEDENTES DEL SISTEMA MONETARIO DE LA PESETA

2. ENTRE EL TRADICIONALISMO Y EL LIBERALISMO EN ÉPOCA DE FERNÁNDO VII

Las emisiones monetarias de Fernando VII, una vez recuperado el poder en 1814, no aportaron novedad alguna. El sistema continuó tal cual lo había dejado establecido Carlos III, eliminando la unidad de cuenta única que ca­racterizó el gobierno de José I. Si en lo político los primeros años del reina­do suponen una vuelta al Absolutimo político, en lo monetario no son más que el retorno al tradicionalismo, eliminando cualquier vestigio de novedad. Fueron años de inmovilismo monetario, con el único deseo de mantener los criterios tradicionales, a pesar de los notables cambios de aquellos años, que hicieron que el país que había controlado durante tres siglos los principales recursos argénteos del mundo viese como cada vez era más deficitario en metales nobles y como el problema de la fuga de plata no solo no se solu­cionaba, sino que se agravaba.

El Trienio Liberal, que recuperó la Constitución de Cádiz frente al Ab­solutismo de Fernando VII, supuso un intento de modernización del sistema monetario que, si bien no llegó a cuajar, no podemos negar su importancia e influencia en la mayor parte de los proyectos de reforma monetaria que se van sucediendo hasta la ley de 1848. En primer lugar, recuperó la aportación monetaria de José I, es decir se volvió a la expresión de la unidad de cuenta única para las piezas emitidas en metales preciosos. Ese nuevo sistema se asume ahora como reflejo de los avances revolucionarios de Francia, a pesar de que en la época de las Cortes de Cádiz fueron rechazados por ser identifi­cados con el invasor francés. Además, los gobernantes del Trienio empren­dieron, el 25 de junio de 1821, una política coherente de elevar las tarifas de compra en las cecas, y ajustar la moneda propia a las cotizaciones de las ex­tranjeras, con el fin de evitar o dificultar su extracción. Asimismo se bajó el coste de acuñación o derechos percibidos por los talleres monetarios, el se­ñoreaje, estableciéndose que no se retuviese nada “del producto en moneda que rinden los metales que se lleven, sino los gastos indispensables de amo­nedación” (SARDÁ, 1998: 47); se trata de una medida modernizadora impor­tante, pues España era uno de los estados europeos con los derechos de acu­ñación más elevados. Suponía renunciar a uno de los principios fundamentales del modelo monetario del Antiguo Régimen, según el cual la emisión de moneda era una prerrogativa de la Corona y contemplada como fuente de ingresos fiscales. Se pretendían sentar las bases de una estabiliza­ción monetaria, con el objetivo de dificultar su extracción y posibilitar que los metales acudiesen a las cecas en mayor cantidad, si bien es cierto que, como afirma Sardá (1998: 47), quizá el motivo inmediato fue facilitar los empréstitos exteriores, al tener los prestamistas extranjeros de esta manera que importar menos cantidad de metal, pues habría más abundancia de él en el interior y el que entrase no tendría tanta tendencia a salir. Es un hecho importante de la política económica del gobierno liberal, que fomentó la búsqueda de fondos en el recurso al crédito, iniciando una política de em­préstitos exteriores (SARDÁ, 1998: 59-60). Los efectos de estas aparentemen­te beneficiosas medidas no pudieron sentirse por la irrupción de los Cien Mil Hijos de San Luis. Resulta evidente el cambio de rumbo en la política monetaria que intentó aplicar el Trienio, pese a que no llegó a acometer una efectiva devaluación metálica (PRIETO y HARO, 2004: 63).

El tradicionalismo monetario retornó en 1823, con la citada intervención de las tropas del duque de Angulema, que derogó la constitución de Cádiz y restableció el gobierno absolutista de Fernando VII. La vuelta a lo anterior en todos los órdenes de la vida política tuvo su correspondencia monetaria con la abolición de todas las medidas asumidas en el Trienio. Eso significó la puesta en práctica de una política deflacionista, por cuanto las cecas da­ban a la plata precios más bajos que los internacionales. Con ello eran inca­paces de atraer materia prima para la acuñación, hecho fácilmente observa­ble en las bajas tasas de emisión de la última década del reinado (SARDÁ, 1998: 70). La expresión de una única unidad de cuenta en todos los metales monetarios era interpretada como una muestra de liberalismo y así había si­do desde comienzos de siglo, por cuanto era una novedad en los sistemas monetarios europeos iniciada por la Revolución Francesa; por ello, Fernan­do VII retornó a la nomenclatura tradicional. Habrá que esperar a su último año de reinado para que el uso del real de vellón como única unidad de cuenta sea restablecido en la pieza más emblemática del sistema monetario español, el duro o real de a ocho, pieza de 20 reales de vellón, ahora ya de manera permanente. De nuevo son las circunstancias políticas las que propi­cian esta modificación. En efecto, son los guiños liberales del final del rei­nado, buscando apoyos para garantizar la sucesión en la persona de su hija, la futura Isabel II, los que amparan la recuperación del real de vellón como unidad de cuenta, así como otros elementos que empiezan a quebrar la ima­gen monetaria del Antiguo Régimen (FRANCISCO OLMOS, 2007: 175-177). 

Se cierra con esta emisión un período, que abarca las tres primeras dé­cadas del siglo, que no supuso cambios significativos en el sistema moneta­rio heredado del XVIII. Únicamente el vaivén en el uso de las unidades de cuenta. No se tomaron medidas eficaces para solucionar la sangría de plata, pero también es cierto que el penoso estado de la economía española en aquella época hacía que prácticamente fuese plata lo único que se podía ex­portar, al menos hasta la pérdida de las colonias. De ahí, quizá, la pasividad de los gobernantes, salvo los del Trienio, que, al igual que había sucedido en siglos anteriores, se resistían a devaluar la calidad de su principal producto de exportación. El inmovilismo o la pasividad monetaria también puede ser vista como un imperativo de política comercial. Asimismo pueden vislum­brarse cuestiones políticas en la última etapa del reinado, por oposición a todo lo realizado en el Trienio Liberal; bastó eso para que en la década omi­nosa se defendiera con testarudez la política contraria (VOLTES, 2001: 96).

En lo referente a la moneda extranjera, tan presente desde los tiempos de la guerra de la Independencia, el reinado, al igual que en otra facetas históri­cas, conoció diversas alternativas en lo referente a la política monetaria apli­cada. En la primera etapa, Fernando VII, acuciado por la crisis económica, admitió la circulación de las piezas extranjeras. Es cierto que se realizaron varios intentos de retirar la moneda francesa y la acuñada por José I, quizá por cuestiones ideológicas y de propaganda política, pero los particulares no entregaban sus piezas, dado que en las cecas se les recibían por su valor co­mo metal, no por su nominal monetario, que naturalmente era superior. Por ello, en 1818, el 20 de agosto, se reguló y legalizó la circulación de moneda francesa y portuguesa (FRANCISCO OLMOS, 2001: 120-121). El numerario francés recibió incluso una valoración más beneficiosa que la fijada por los propios franceses en 1808, lo que provocó la desaparición de la moneda es­pañola y la mayor presencia de la francesa (SARDÁ, 1998: 44). 

El gobierno del Trienio Liberal adoptó una actitud más nacionalista, se­guramente con la intención de legitimar su poder, obtenido después del pro­nunciamiento de Riego, pero también con el deseo de mejorar, modernizar y unificar la moneda circulante en España, dadas las numerosas equivalencias que podían ser necesarias para satisfacer determinados intercambios por la abundancia y variedad de las piezas existentes. Así en el 19 de noviembre de 1821 se prohibió la circulación de moneda francesa, dando un plazo para su aplicación. No olvidemos que en Francia regía un régimen absolutista y por ello opuesto al liberal español; únicamente sería aceptada previo resello (en el caso de los medios luises) por el poder legítimo o en pasta, lo que era tanto como devaluarla; la diferencia entre el valor como metal y su no­minal sería satisfecha en billetes contra la Tesorería. El gobierno liberal también tuvo que decidir sobre las monedas de los nuevos países america­nos, en concreto las piezas mexicanas a nombre de Iturbide. La solución fue la misma que para el caso francés: se resellarían las de igual peso, valor y ley, como forma de no legitimar al gobierno mexicano, y las no reselladas serían reconocidas únicamente como metal. Al mismo tiempo se acometió una política de fomentar que las monedas extranjeras y la pasta de los meta­les preciosos acudieran a las cecas; se hizo, como en páginas anteriores se­ñalé, mediante la disminución drástica de los llamados descuentos de acuña­ción y la orden de amonedar todas las alhajas de plata destinadas a las oficinas públicas, empezando por las de las Cortes, y todas las de oro y plata que no siendo indispensables para el culto entrasen en las iglesias.

La vuelta al poder absolutista a partir de 1823 supuso el nuevo recono­cimiento legal de la moneda francesa, decisión lógica desde el punto de vista ideológico por cuanto había sido un ejército francés quien había restablecido el poder de Fernando VII. Así el 13 de abril, en la llamada Tarifa de Tolosa, se fijaron las equivalencias oficiales entre la moneda francesa y la española (FRANCISCO OLMOS, 2001: 122). Tasas irreales para el valor del metal que poseían, sobrevalorándolo, que provocaron, junto a las dificultades de abas­tecimiento de las cecas por los escasos incentivos que ofrecían para atraer oro y plata, que la circulación de moneda francesa se disparara hasta supo­ner algo más de la mitad de la masa monetaria en circulación (CARROBLES SANTOS, 2000: 123). Escribió Fernández Villaverde que “este inexplicable sobreprecio nos inundó de escudos franceses y ayudó a la expulsión de nuestros pesos fuertes”, contribuyendo a pagar la factura de la intervención absolutista (VOLTES, 2001: 93-94). La tasa establecida solo encuentra expli­cación en una imposición francesa. Los esfuerzos de la Hacienda por adqui­rir plata en el exterior y tener un volumen mínimo de monedas resultaron inútiles, puesto que en cuanto eran acuñadas salían de la circulación por su alto valor metálico, emigrando hacia otros mercados más competitivos. Además la relación entre el oro y la plata en España otorgaba menor valor a esta que el que se le daba en Francia e Inglaterra; por ello la moneda de pla­ta española cambiada en oro en el extranjero daba mejores resultados de lo que resultaba en la relación legal española (SARDÁ, 1998: 67). Sacar mone­das de plata españolas y venderlas en el extranjero se convirtió en un lucra­tivo negocio.

La actitud con la moneda americana fue diferente, reacción también ló­gica, pues el gobierno fernandino no podía admitir el uso de monedas que llevaban la estampa de las nuevas naciones americanas, consideradas insur­gentes; ello supondría el reconocimiento de su potestad para emitir moneda y, por ello, de su soberanía. Tampoco la moneda portuguesa recibió el bene­plácito para circular y los cruzados fueron recibidos únicamente por su valor en pasta, disponiendo, además, su recogida. Esta prohibición fue imposible de aplicar en determinadas zonas, como Galicia o Palencia, por la gran can­tidad de exiliados procedentes del vecino reino que pretendían pagar con su moneda. Por ello el 20 de noviembre de 1826 se admitió la legalidad de las monedas de oro y plata, que serían cambiadas de acuerdo a la tarifa de 30 de septiembre de 1818 (Ver FRANCISCO OLMOS, 2001: 123-124).