Siglo III d. C.

Mosaico de Orfeo. Siglos II-III d. C.

Si bien la primera mitad del siglo III de nuestra era es bastante desconocido en lo que concierne a Cesaraugusta, es este un periodo de cambios significativos en la ciudad. Se reedifican o construyen en este siglo las murallas que se conservan, puesto que es un periodo inestable, lo que corrobora que la misma ciudad de Roma hubiera de amurallarse en este siglo en que se siente amenazada. Los restos de muralla que se pueden contemplar hoy a la vista son un tramo de unos ochenta metros entre el Mercado Central y la iglesia de San Juan de los Panetes y el lienzo inferior de otro tramo de dos cubos en el ángulo noreste (paseo de Echegaray y Caballero).

En el siglo III el teatro de Caesaraugusta se modifica de nuevo, lo que puede indicar una nueva función para el espacio de este edificio, donde quizá ya no sea preeminente el espectáculo teatral en sí mismo, en favor de la celebración de otros tipos de entretenimiento.

Por otra parte, el siglo III ve proliferar las grandes casas representativas de los ciudadanos de mayor prestigio de la ciudad. Se encuentran en ellas pavimentos de mosaicos policromados de grandes proporciones, como el de la Casa de Orfeo, domus de grandes proporciones cuyo salón tenía 47 m2 de superficie; o el del Triunfo de Baco que apareció junto a un importante grupo escultórico: el Grupo Ena (dos ninfas interpretando música, que reflejan un gusto exquisito, un delicado cincelado y un gusto filohelenístico introducido en el Imperio bajo los Antoninos), conservado en el museo Marés de Barcelona; anteriores dataciones, sin embargo, atribuyeron estos mosaicos y esculturas al siglo II.

También proliferan las villas agrarias en el proceso de ruralización que experimenta la cultura romana en su periodo final, y las grandes diferencias que comienzan a aparecer entre ciudadanos honestiores (o pudientes) y humiliores (de condición social humilde).

La calzada occidental o de la puerta de Toledo, había ido generando en sus márgenes un barrio de talleres alfareros, puesto que las industrias de la ciudad debían asentarse fuera del recinto urbano al ser generadoras de contaminación y desechos.

Las necrópolis de la ciudad se habían ido situando extramuros, a los lados de los grandes viales de acceso y salida de la ciudad. En el siglo III están documentadas ya al menos tres necrópolis importantes, una en cada vía correspondiente a las salidas este o de Toledo (barrio de San Pablo, calles de San Blas y Dosset), oeste (necrópolis de Las Fuentes, calle de Nuestra Señora del Pueyo) y norte (junto al Ebro, Paseo de Echegaray y Caballero).

A mediados del siglo IV surgirá, en torno a un espacio de culto en la capilla de las Santas Masas, un cementerio cristiano, religión cuya presencia en Zaragoza data de mediado el siglo III, como testimonia una misiva del obispo Cipriano, cabeza de la Iglesia cristiana en Cartago

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