1807. 27 de octubre. Tratado de Fontainebleau. Tratado entre Napoleón y Manuel Godoy como representante de Carlos IV, por el cual se aprobaba la invasión militar conjunta de Portugal por parte de Francia y España, ya que este país se había aliado con Inglaterra. Supuso la invasión francesa de la península y la posterior Guerra de la Independencia.
HISTORIA
Dinatia Ptolomeica
Dinastía ptolemaica
| Dinastía ptolemaica | |||||||||||||||
|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|
| Ubicación | Egipto, Cirenaica, Canaán yChipre. | ||||||||||||||
| Títulos | Faraón del Antiguo Egipto | ||||||||||||||
| Fundador | Ptolomeo I Sóter | ||||||||||||||
| Último gobernante | Cleopatra | ||||||||||||||
| Jefe actual | Casa extinta | ||||||||||||||
| Fundación | 323 a. C. | ||||||||||||||
| Disolución | 30 a. C. | ||||||||||||||
La dinastía ptolemaica es aquella fundada por Ptolomeo I Sóter, general de Alejandro Magno. Esta dinastía gobernó en Egipto durante el período helenístico desde la muerte de Alejandro hasta el año30 a. C., en que se convirtió en provincia romana. También se le conoce con el nombre de dinastía lágida, pues Lagos se llamaba el padre (o presunto padre) de Ptolomeo I.
Ptolomeo I estableció la capital de este reino en Alejandría, un pequeño pueblo en aquella época que se transformó en el principal centro comercial e intelectual de la antigüedad.
Esta dinastía adoptó desde el principio las costumbres egipcias y fue una constante enemiga de la dinastía macedonia seléucida. Durante el reinado de uno de sus monarcas (Ptolomeo V) fue cuando se publicó (en el 197 a. C.) un decreto en tres tipos de escritura sobre una piedra negra que se conoce hoy en día como Piedra de Rosetta.
En algunos momentos de su historia, la dinastía dominó Cirenaica (al noreste de la actual Libia), así como el sur de Canaán y Chipre.
Su último gobernante fue la célebre Cleopatra. Tras su muerte y la de su hijo, Cesarión (Ptolomeo XV), la dinastía concluyó y Egipto fue anexionado por Augusto al Imperio romano.
Faraones y reinas dinastia Ptolomeica
- Ptolomeo I Sóter (305-282 a. C.).
- Tais (cortesana).
- Artacama (esposa).
- Eurídice (esposa).
- Berenice I (esposa).
- Ptolomeo II Filadelfo (284-246 a. C.).
- Arsínoe I (esposa).
- Arsínoe II Filadelfo (esposa-hermana).
- Ptolomeo III Evergetes I (246-222 a. C.).
- Berenice II (esposa).
- Ptolomeo IV Filopator (222-204 a. C.).
- Arsínoe III (esposa-hermana).
- Ptolomeo V Epífanes (204-180 a. C.).
- Cleopatra I (esposa).
- Ptolomeo VI Filometor (181-164 a. C.) con Cleopatra I, Cleopatra II y Ptolomeo VIII; (163-145 a. C.) además con Ptolomeo VII.
- Cleopatra II (esposa-hermana).
- Ptolomeo VII Neo Filopator, nunca reinó, fue asesinado por su tío Ptolomeo VIII.
- Ptolomeo VIII Evergetes II Fiscon (170-163 a. C.) con Ptolomeo VII y Cleopatra II; (145-116 a. C.) con Cleopatra II y Cleopatra III.
- Cleopatra II (esposa-hermana) (132-124 a. C.), enfrentada a Ptolomeo VIII.
- Cleopatra III Kokke (esposa-sobrina) (116-107 a. C.) con Ptolomeo VIII y Cleopatra II; (107-103 a. C.) y con Ptolomeo IX y X.
- Ptolomeo IX Sóter II Látiro (116-110 a. C.) con su madre Cleopatra III; (109-107 a. C.) con Ptolomeo X; (88-81 a. C.) solo.
- Cleopatra IV (esposa-hermana). Corregente (116-115 a. C.). Expulsada por su madre Cleopatra III.
- Cleopatra Selene I (esposa-hermana).
- Ptolomeo X Alejandro I (110-109 a. C.) con su madre Cleopatra III; (107-88 a. C.) con Ptolomeo IX, que lo asesinó.
- Berenice III (esposa-sobrina). Gobernante (101-82 a. C.).
- Ptolomeo XI Alejandro II (80 a. C.).
- Berenice III (esposa-prima). Gobernante (81-80 a. C.), fue asesinada por su marido.
- Ptolomeo XII Neo Dionisio Auletes (80-58 a. C.) con Cleopatra V y Cleopatra VI; (55-51 a. C.) con Cleopatra VII.
- Cleopatra V Trifena (esposa-hermana). Gobernante (58-57 a. C.), enfrentada a Ptolomeo XII.
- Berenice IV (hija). Gobernante (58-55 a. C.), enfrentada a Ptolomeo XII.
- Cleopatra VII (51-30 a. C.).
- Ptolomeo XIII (esposo-hermano) (51-47 a. C.) con Cleopatra VII.
- Arsínoe IV (hermana) (48-47 a. C.), enfrentada a Cleopatra VII.
- Ptolomeo XIV (esposo-hermano) (47-44 a. C.) con Cleopatra VII.
- Ptolomeo XV Cesarión (hijo) (44-30 a. C.) con Cleopatra VII.
Tabla comparativa de las diferentes especies del género Homo
Tabla comparativa de las diferentes especies del género Homo
Los nombres en negrita indican la existencia de numerosos registros fósiles.| Especies | Cronología (cron) | Distribución | Altura de adulto (m) | Masa de adulto (kg) | Volumen craneal (cm³) | Registro fósil | Descubrimiento / publicación del nombre |
|---|---|---|---|---|---|---|---|
| H. habilis | 2.5–1.4 | África oriental | 1.0–1.5 | 30–55 | 600 | Varios | 1960/1964 |
| H. rudolfensis | 1.9 | Kenia | 1 cráneo | 1972/1986 | |||
| H. georgicus | 1.8–1.6 | Georgia | 600 | Escasos | 1999/2002 | ||
| H. ergaster | 1.9–1.25 | Este y Sur de África | 1.9 | 700–850 | Varios | 1975 | |
| H. erectus | 2–0.3 | África, Eurasia (Java, China, Vietnam, Caucaso) | 1.8 | 60 | 900–1100 | Varios | 1891/1892 |
| H. cepranensis | 0.8 | Italia | 1 copa craneal | 1994/2003 | |||
| H. antecessor | 0.8–0.35 | España, Inglaterra | 1.75 | 90 | 1000 | Tres sitios | 1994/1997 |
| H. heidelbergensis | 0.6–0.25 | Europa, África | 1.8 | 60 | 1100–1400 | Varios | 1907/1908 |
| Homo rhodesiensis | 0.3–0.12 | Zambia | 1300 | Muy pocos | 1921 | ||
| Homo neanderthalensis | 0.23–0.024 | Europa, Asia Occidental | 1.6 | 55–70 (complexión fuerte) | 1200–1700 | Varios | 1829/1864 |
| Homo sapiens | 0.25–presente | Mundial | 1.4–1.9 | 55–100 | 1000–1850 | Todavía vive | —/1758 |
| H. sapiens idaltu | 0.16 | Etiopía | 1450 | 3 cráneos | 1997/2003 | ||
| H. floresiensis | 0.10–0.012 | Indonesia | 1.0 | 25 | 400 | 7 individuos | 2003/2004 |
Cuadro sinóptico de la evolución humana
| Época | Edad | Tiempo (absoluto) | Australopitecinos (África) | Homo en África | Homo en Europa | Homo en Asia | Cultura |
|---|---|---|---|---|---|---|---|
| Holoceno | (reciente) | Actualidad 11 700 | H. sapiens | H. sapiens | H. sapiens | Neolítico a actualidad (Escritura,...) | |
| Pleistoceno | Tarantiense | 11 700 126 000 | H. sapiens (195 000-act.) | H. sapiens (¿40 000-act.) H. neanderthalensis (230 000-29 000) | H. sapiens (42 000-act.) H. floresiensis (75 000-13 000) H. erectus soloensis (130 000-50 000) | Paleolítico Superior Musteriense (Pensamiento abstracto, arte) | |
| Ioniense | 126 000 781 000 | H. sapiens idaltu (185 000) H. sapiens (195 000-act.) H. rhodesiensis (600 000-160 000) | H. neanderthalensis (230 000-29 000) H. heidelbergensis (500 000-250 000) | H. erectus (1,8 Ma-250 000) | Musteriense Achelense (Fuego) | ||
| Calabriense | 781 000 1,8 Ma | Paranthropus robustus (2,0-1,2 Ma) P. boisei (2,3-1,3 Ma) Australopithecus sediba (1,95-1,78 Ma) | H. ergaster (1,75-1 Ma) H. habilis (1,9-1,6 Ma) | H. antecessor (>780 000) H. cepranensis (800 000) Homo sp. de laSima del Elefante (1,2 Ma) | H. erectus (1,8 Ma-250 000) H. georgicus (1,8 Ma) | Achelense Olduvayense | |
| Gelasiense | 1,8 Ma 2,59 Ma | A. sediba (1,95-1,78 Ma) P. robustus (2,0-1,2 Ma) P. boisei (2,3-1,3 Ma) P. aethiopicus (2,6-2,2 Ma) A. garhi (2,5 Ma) A. africanus (3-2,5 Ma) | H. habilis (1,9-1,6 Ma) H. rudolfensis (2,4-1,9 Ma) | Olduvayense (Industria lítica) | |||
| Plioceno | Piacenziense | 2,59 Ma 3,6 Ma | A. africanus (3-2,5 Ma)Kenyanthropus platyops (3,5 Ma) A. bahrelghazali (3,58 ± 0,27 Ma) A. afarensis (4-2,7 Ma) | ||||
| Zancliense | 3,6 Ma 5,33 Ma | A. afarensis (4-2,7 Ma) A. anamensis (4,2-3,9 Ma) |
La tumba de la reina Nefertari
El descubrimiento de la tumba más bella de Egipto
La tumba de la reina Nefertari
En 1904, el arqueólogo Ernesto Schiaparelli descubrió la espléndida tumba de la esposa favorita de Ramsés II en el Valle de las Reinas. Sus bellas pinturas mostraban las diferentes etapas del viaje de la soberana hacia el reino de Osiris
, Historia NG nº 141
En el año 1255 a.C., la reina Nefertari Meritenmut, Gran Esposa Real del faraón Ramsés II, de la dinastía XIX, abandonó este mundo para dirigirse hacia los Campos de Iaru. Nefertari fue enterrada en una tumba de la necrópolis conocida entre los egipcios como Ta-set-neferu, «el lugar de los más bellos», situada en la montaña junto a la capital religiosa del Alto Egipto, Tebas, y que nosotros conocemos como el Valle de las Reinas. Este cementerio empezó a ser utilizado durante la dinastía XVIII del Imperio Nuevo para construir los pozos funerarios de personajes privados de clase alta. Pero durante la dinastía XIX, con el enterramiento de la reina Sat-Re, esposa de Ramsés I, el lugar se convirtió en el emplazamiento de las tumbas de las reinas que ostentaron el título de Gran Esposa Real así como de los príncipes.
La elección de este lugar como necrópolis real no fue fortuita. Está situado cerca de la cima de la montaña tebana y era una zona asociada a la diosa vaca Hathor, ya que la gruta que hay allí se asimilaba al útero de la Vaca Celestial. Las tumbas, que son hipogeos, se excavaban en el interior de este útero para facilitar el renacimiento de los difuntos. La necrópolis continuó en activo durante la dinastía XXI, cuando se enterraron allí personajes que no eran de sangre real, hasta el siglo IV d.C., cuando los cristianos egipcios (coptos) profanaron el lugar y destrozaron y quemaron las tumbas y a sus ocupantes, para a continuación santificar el emplazamiento con la construcción del monasterio de Deir el-Rumi.
El lugar quedó olvidado durante 1.500 años hasta que lo redescubrieron los primeros exploradores del siglo XIX. El primero en visitarlo fue Robert Hay en 1826 y sólo dos años después John Gardner Wilkinson realizó la primera clasificación de las tumbas. Fue entonces cuando Jean-François Champollion le dio el nombre de Valle de las Reinas. Con todo, las investigaciones en profundidad sólo darían inicio a principios del siglo XX, cuando el Museo Egipcio de Turín envió a la antigua Tebas una misión arqueológica dirigida por Ernesto Schiaparelli. Los trabajos realizados por el equipo italiano obtuvieron muy buenos resultados. En 1906 Schiaparelli descubrió la tumba inviolada de Kha, el supervisor de los obreros de Deir el-Medina, y su esposa Meryt. Pero sin duda el descubrimiento más espectacular fue el de la tumba de la reina Nefertari, la mayor y más hermosa del Valle de las Reinas, en 1904. Un ladrón de tumbas indicó a Schiaparelli el emplazamiento, quien nada más entrar en ella se dio cuenta de que la sepultura había sido saqueada pocos años después del entierro. Por eso ordenó construir un portal arqueado de adobes para proteger la entrada al sepulcro, colocó puertas de hierro en las otras tumbas del valle y procedió a su numeración.
La estructura de la tumba de Nefertari es la típica de las tumbas de la dinastía XIX. La entrada se efectúa por una escalera de 18 escalones, que conduce al primer nivel del sepulcro, compuesto por una antecámara cuadrangular y un anexo. Desde la antecámara, un segundo tramo de escaleras desciende hasta la cámara funeraria propiamente dicha, que cuenta con tres anexos y en cuyo centro se colocó el sarcófago de la reina, aunque Schiaparelli tan sólo encontró algunos fragmentos de la tapa. En una pared se había excavado un pequeño nicho para depositar la caja canópica que contenía las vísceras momificadas de Nefertari.
Escenas del Más Allá
Lo que hace de la tumba de Nefertari la más bella del Valle de las Reinas es su decoración mural. Realizadas por los obreros encargados de la decoración del cercano Valle de los Reyes, las pinturas de la casa de eternidad de la reina presentan un brillante colorido y una calidad excepcional. En general, la parte inferior de las paredes estaba pintada con una franja de color negro sobre la que se colocaba otra franja de color amarillo y rojo. Los techos, en cambio, representan el cielo nocturno pintado de color azul oscuro cubierto de estrellas doradas de cinco puntas, con la sola excepción del techo de la puerta de entrada de la primera cámara.
El programa decorativo de la tumba viene a ser una representación de diversos capítulos del Libro de los muertos, una colección de textos funerarios relacionados con las distintas etapas del viaje del difunto al Más Allá, según las creencias del antiguo Egipto. Las escenas pueden leerse tanto en sentido descendente, siguiendo el camino que realizaba el ataúd el día de su entierro, como en sentido ascendente, dado que se creía que el espíritu de la reina renacía a diario en la cámara sepulcral y remontaba hasta unirse con los dioses en el horizonte oriental, por donde salía el sol; de ahí que en el techo de la puerta de entrada Nefertari aparezca representada como el disco solar, simbolizando el ascenso de Re hacia el horizonte.
Así pues, las pinturas del primer nivel de la tumba muestran la momificación del cuerpo de Nefertari y cómo la reina es acogida por las diferentes divinidades. Por ejemplo, en la pared sur de la antecámara, la reina aparece representada en tres escenas distintas, correspondientes al capítulo 17 del Libro de los Muertos. La primera de ellas nos muestra a Nefertari sentada en una silla con respaldo alto dentro de una especie de cabaña fabricada con cañas. Ante ella aparece una mesa con un tablero del juego del senet, en el que la reina participa, ya que con su mano izquierda adelantada parece que está a punto de mover una ficha ante un contrincante imaginario. Toda la escena se completa con jeroglíficos en los que aparecen el nombre y los títulos de la soberana. Relacionada con esta escena se muestra la siguiente representación de Nefertari, como el pájaro-ba con cabeza humana sobre una pequeña capilla. En el contexto funerario, el juego del senet simboliza la posibilidad de que el espíritu de Nefertari viaje durante el día fuera de la tumba y vuelva durante la noche a la morada de eternidad. La decoración finaliza con una imagen de la reina adorando la representación del dios Aker, que simboliza el horizonte, situado en un extremo de la pared oeste. Este muro se complementa con la imagen de la momia de Nefertari sobre una cama funeraria con cabeza de león, flanqueada por las plañideras divinas Isis y Neftis, representadas aquí como dos milanos.
El viaje al reino de Osiris
Ya en la cámara funeraria, la decoración de las paredes muestra a los guardianes de las puertas del reino de Osiris y a los protectores de los portales del inframundo, imágenes que van acompañadas por las invocaciones rituales que el difunto debe hacer al atravesar cada una de esas puertas y portales en su viaje al Más Allá, según los capítulos 144 y 146 del Libro de los muertos. Así, junto a la imagen de la «segunda puerta» se lee la identificación que hace Nefertari del guardián, demostrando su poder sobre los enemigos y el triunfo sobre la muerte: «El nombre de su portero es “el que abre la marcha”. El nombre de su guardián es “cara de circunstancias”. El nombre de su heraldo es “aserrador”». A lo que sigue una invocación que hace la misma Nefertari: «Osiris, Gran Esposa Real, señora de las dos tierras, Nefertari, justificada ante Osiris, rica en ofrendas, en el momento de emprender su camino con una llama, que derrota a los enemigos […] he emprendido el camino, deja que pase, que me salve y que contemple como Re lo recorre».
Desgraciadamente, las soberbias pinturas de la tumba de Nefertari empezaron a mostrar signos preocupantes de deterioro desde su descubrimiento. Una restauración en la década de 1980 les devolvió su vivo colorido y la nitidez de los contornos,
pero pocos años después la tumba fue clausurada definitivamente, dejando al espíritu de la reina vagar libremente por su
morada de eternidad.
Casi humano
Unos fósiles hallados en las profundidades de una cueva sudafricana añaden una desconcertante nueva rama al árbol genealógico de la humanidad.
, octubre de 2015
El 13 de septiembre de 2013, Steven Tucker y Rick Hunter, dos espeleólogos aficionados, penetraron en un sistema de cuevas dolomíticas llamado Rising Star, a unos 50 kilómetros al noroeste de Johannesburgo. Rising Star atrae a los espeleólogos desde la década de 1960, y sus intrincadas galerías y cavernas están bien cartografiadas, pero Tucker y Hunter pensaban seguir un recorrido menos trillado.
También los impulsaba otra idea. Durante la primera mitad del siglo XX se habían hallado tantos fósiles de nuestros primeros ancestros en aquella zona que con el tiempo la región llegó a conocerse como la Cuna de la Humanidad. Aunque hacía tiempo que la época de oro de la búsqueda de fósiles había quedado atrás, los dos amigos sabían que un científico de la Universidad del Witwatersrand, en Johannesburgo, estaba buscando huesos. La probabilidad de encontrar algo por azar era remota. Pero nunca se sabe.
Ya en la cueva, Tucker y Hunter llegaron a una angosta galería conocida como el pasadizo de Superman, porque la mayor parte de la gente solo puede recorrerla en posición horizontal, con un brazo pegado al cuerpo y el otro estirado hacia delante. Después de atravesar una amplia cámara, escalaron por una escarpada pared conocida como la Espalda del Dragón. Una vez en lo alto, accedieron a una oquedad adornada con estalactitas de gran belleza. Hunter sacó la videocámara y entonces, para salirse del encuadre, Tucker se deslizó hacia el interior de una grieta que se abría en el suelo de la cueva. Con el pie encontró primero un delgado saliente en la roca, otro más abajo y después… el vacío.
Al descender se encontró en un estrecho conducto vertical que en algunos puntos no medía más de 20 centímetros de ancho. Llamó a Hunter para que lo siguiera. Los dos están muy delgados; son todo huesos y músculos fibrosos. Si hubieran sido un poco más robustos, no habrían podido pasar, y entonces, el que probablemente sea el hallazgo de fósiles humanos más sorprendente del último medio siglo –y sin duda el más desconcertante– no se habría producido.
Lee Berger, el paleoantropólogo que había pedido a los espeleólogos que estuvieran atentos a posibles fósiles, es un estadounidense corpulento, cuya sonrisa amplia es casi permanente. Su irreductible optimismo ha demostrado ser esencial para su carrera profesional. A comienzos de la década de 1990, cuando consiguió un empleo en la Universidad del Witwatersrand («Wits») y ya había empezado a buscar fósiles, el foco de la evolución humana se había desplazado desde hacía tiempo hacia el Gran Rift Valley, en África oriental.
La mayoría de los investigadores consideraba el sur de África como una interesante nota marginal en la historia de la evolución humana, fuera de la trama principal. Berger había decidido demostrarles que estaban equivocados. Pero durante casi 20 años sus hallazgos relativamente insignificantes parecieron confirmar que el sur del continente tenía muy poco más que ofrecer.
Lo que más ambicionaba Berger era encontrar fósiles que arrojaran luz sobre el misterio más básico de la evolución humana: el origen de nuestro género, Homo, hace entre dos y tres millones de años. Del otro lado de la frontera que marca la aparición de Homo se encuentran los australopitecinos, de aspecto simiesco y entre los que destaca Australopithecus afarensis y su más famosa representante, Lucy, un esqueleto descubierto en Etiopía en 1974. De este lado tenemos a Homo erectus, una especie con cerebro voluminoso y proporciones corporales semejantes a las nuestras, que fabricaba herramientas, dominaba el fuego y se desplazaba a través de grandes distancias. Durante ese nebuloso paréntesis de un millón de años, un animal bípedo llegó a ser un incipiente ser humano, una criatura que no solo era capaz de adaptarse a su entorno, sino también de utilizar su mente para cambiarlo. ¿Cómo se produjo esa revolución?
El registro fósil es de una ambigüedad frustrante. Un poco más antigua que H. erectus es una especie llamada Homo habilis, así bautizada por Louis Leakey y sus colegas en 1964 porque la creían responsable de los útiles de piedra que estaban encontrando en la garganta de Olduvai, en Tanzania. En la década de 1970 diversos equipos dirigidos por Richard, el hijo de Louis, descubrieron más especímenes de H. habilis en Kenya, y desde entonces la especie ha sido el inestable tronco del árbol de la familia humana, que la ha mantenido bien arraigada en el este de África. Antes de H. habilis la historia humana se sume en la oscuridad, con unos pocos fósiles de Homo, muy fragmentarios y poco distintivos para asignarles un nuevo nombre de especie. Como dijo un científico, todos ellos cabrían en una caja de zapatos y aún quedaría espacio para los zapatos.
Berger argumenta desde hace tiempo que H. habilis es demasiado primitivo para ocupar esa posición privilegiada en el origen de nuestro género. Otros científicos concuerdan con él y sostienen que en realidad debería clasificarse como Australopithecus. Pero Berger ha sido casi el único en afirmar que el sur de África es el lugar donde deberían buscarse los fósiles de los verdaderos Homo más antiguos. Durante años, el desenfrenado entusiasmo con que difundía unos hallazgos relativamente menores solo sirvió para distanciarlo de algunos de sus colegas. Berger tenía la ambición y la personalidad necesarias para convertirse en un protagonista de su campo de la ciencia. Es un recaudador de fondos incansable y un maestro de la oratoria, capaz de entusiasmar a cualquiera. Pero no tenía los huesos.
Entonces, en 2008, hizo un descubrimiento importante. Mientras buscaba con su hijo de nueve años, Matthew, en un lugar llamado Malapa, a 16 kilómetros de Rising Star, encontró fósiles de hominino que sobresalían de la dolomía.
Durante el año siguiente, el equipo de Berger separó de la roca dos esqueletos casi completos. Datados en unos dos millones de años de antigüedad, eran los primeros hallazgos importantes del sur de África publicados desde hacía varias décadas. (Todavía está pendiente la descripción de un esqueleto aún más completo, hallado previamente.) En la mayoría de los aspectos, los fósiles eran muy primitivos, pero también presentaban rasgos curiosamente modernos.
Berger atribuyó los esqueletos a una nueva especie de australopitecino, que denominó Australopithecus sediba, y aseguró que podían considerarse «la piedra Rosetta» de los orígenes del género Homo. Aunque las principales autoridades de la paleoantropología le reconocieron el mérito de un hallazgo extraordinario, casi todos contradijeron su interpretación. A. sediba era demasiado reciente y extraño, y había sido hallado en un lugar que lo excluía como antepasado del género Homo. No era uno de los nuestros. (En otro sentido, tampoco lo era Berger, en opinión de algunos decanos de la paleoantropología.) Desde entonces, prominentes investigadores han publicado trabajos sobre las especies primitivas de Homo, sin mencionar siquiera a Berger ni sus hallazgos.
Berger se repuso del rechazo y volvió al trabajo, ya que en su laboratorio tenía más esqueletos procedentes de Malapa, incrustados aún en la roca. Una noche, Pedro Boshoff, espeleólogo y geólogo que Berger había contratado para buscar fósiles, llamó a su puerta. Venía con Steven Tucker. Cuando Berger vio las fotografías que traían de Rising Star, comprendió enseguida que Malapa iba a tener que esperar.
Tras un contorsionado descenso por el estrecho pozo de 12 metros de la cueva Rising Star, Tucker y Hunter habían llegado a otra bonita cámara, con una colada estalagmítica blanca en una esquina. Un pasadizo conducía a otra cavidad más grande, de unos nueve metros de largo por un metro de ancho, con las paredes y el techo cubiertos de caprichosas formaciones de calcita y enrevesadas coladas. Pero lo que llamó la atención de los dos hombres estaba en el suelo. Había huesos por todas partes. Los espeleólogos supusieron que debían de ser modernos. No eran pesados como piedras, como la mayoría de los fósiles, ni estaban incrustados en la roca, sino que yacían desperdigados por la superficie, como si alguien los hubiera tirado. Había en particular un trozo de maxilar inferior con los dientes intactos, de aspecto humano.
Por las fotografías, Berger se dio cuenta de que no eran huesos de humanos modernos. Algunos rasgos, sobre todo del maxilar y los dientes, eran demasiado primitivos. Las fotos revelaban que había más huesos por descubrir. Berger distinguió, por ejemplo, el contorno de un cráneo parcialmente enterrado. Parecía probable que los restos representaran gran parte de un esqueleto completo. El paleontólogo no salía de su asombro. En el registro fósil de los primeros homininos, el número de esqueletos más o menos completos, incluidos los dos de Malapa, podía contarse con los dedos de una mano. Y de repente, aquello. Pero ¿qué era? ¿Qué edad tenía? ¿Cómo había llegado al interior de la cueva?
Y más importante aún: ¿cómo podría sacarlo de allí? Tucker y Hunter carecían de los conocimientos necesarios para realizar la excavación, y ningún científico de los que conocía Berger (empezando por él mismo) era lo bastante delgado para deslizarse por aquel pozo. Entonces pidió ayuda a través de Facebook: Se necesitan tipos flacos, con formación científica y experiencia espeleológica, dispuestos a trabajar en ambientes claustrofóbicos. Al cabo de una semana y media tenía 60 aspirantes. Los seis mejor calificados resultaron ser mujeres jóvenes. Berger las llamó sus «astronautas subterráneas».
Con financiación de National Geographic (Berger también es Explorador Residente de la Sociedad), reunió a unos 60 científicos e instaló un centro de mando en la superficie. Unos espeleólogos locales ayudaron a tender tres kilómetros de cables eléctricos y de comunicaciones hasta la cámara de los fósiles. A partir de entonces, Berger y su equipo pudieron ver desde el centro de mando todo lo que ocurría allí dentro. Marina Elliott, estudiante de posgrado, fue la primera científica que bajó por el pozo.
«Cuando miré hacia abajo, no me quedé muy tranquila –recuerda Elliott–. Fue como contemplar la boca de un tiburón. Había dedos, lenguas y dientes de roca por todas partes.»
Elliott y dos de sus colegas, Becca Peixotto y Hannah Morris, descendieron hasta la «zona de aterrizaje», en el fondo de la cavidad, y luego se arrastraron hasta la cámara de los fósiles. Trabajando por turnos de dos horas con otro grupo de tres mujeres, marcaron la localización y recogieron más de 400 fósiles de la superficie, y a continuación empezaron a retirar la tierra en torno al cráneo medio sepultado. Debajo y alrededor había más huesos, densamente agrupados. A lo largo de los días siguientes las mujeres siguieron estudiando aquel trozo de suelo de un metro cuadrado de superficie, mientras el resto de los científicos se congregaba delante de la pantalla en el centro de mando, en un estado de excitación casi permanente. Berger visitaba de vez en cuando la tienda de campaña científica y allí se quedaba, contemplando perplejo la creciente colección de huesos, hasta que una exclamación colectiva de asombro lo hacía volver corriendo al centro de mando, para ser testigo de un nuevo descubrimiento. Fueron unos días gloriosos.
Los huesos estaban magníficamente conservados, y por la duplicación de las partes corporales, pronto se hizo evidente que no había un esqueleto en la cueva, sino dos, después tres, más tarde cinco… y finalmente fueron tantos que empezó a ser difícil llevar la cuenta. Berger había previsto tres semanas de excavación. Al final de ese plazo se habían recuperado unos 1.200 huesos, más que los hallados en cualquier otro yacimiento de antepasados humanos en África, y todavía no se había agotado el material que había alrededor del cráneo. Hubo que excavar varios días más, en marzo de 2014, para dejar de encontrar huesos, a 15 centímetros de profundidad.
En total se recuperaron unas 1.550 piezas correspondientes a 15 individuos, como mínimo. Cráneos. Maxilares. Costillas. Decenas de dientes. Un pie casi completo. Una mano con casi todos los huesos intactos y en la disposición original. Minúsculos huesecillos del oído interno. Viejos, jóvenes y niños pequeños, identificados por sus diminutas vértebras. Algunas partes de los esqueletos parecían asombrosamente modernas, pero otras resultaban sorprendentemente primitivas y, en algunos casos, más simiescas incluso que las de los australopitecinos.
«Hemos encontrado una criatura muy notable», dijo Berger con una sonrisa que casi le llegaba a las orejas.
En paleoantropología, los especímenes recién descubiertos se mantienen tradicionalmente en secreto, hasta la realización de un estudio cuidadoso y la publicación de los resultados. Hasta ese momento, solo los colaboradores más próximos al descubridor
tienen acceso a todos los datos. Debido a este protocolo, la respuesta al enigma central del hallazgo de Rising Star («¿qué es?») podía tardar años o incluso décadas. Pero Berger quería terminar y publicar el trabajo antes de fin de año. En su opinión, todo el mundo de la paleoantropología debía tener acceso a esa importante información nueva lo antes posible. También puede que le gustara la idea de anunciar su hallazgo –posible candidato a ser el más antiguo del género Homo– exactamente 50 años después de que Louis Leakey publicara el descubrimiento del que aún se considera el miembro más primitivo del género, Homo habilis.
En cualquier caso, solo había una manera de realizar rápidamente el estudio: conseguir que muchos ojos analizaran los huesos. Además de la veintena de científicos experimentados que habían colaborado en la evaluación de los esqueletos de Malapa, Berger invitó a más de 30 investigadores jóvenes. Todos ellos acudieron a Johannesburgo procedentes de 15 países para participar en una breve «batalla relámpago» con los fósiles, de seis semanas de duración. Para algunos científicos mayores que no tomaron parte en el estudio, colocar en primera línea a gente joven para publicar rápidamente los resultados fue quizás una decisión un poco imprudente. Pero para los jóvenes en cuestión fue «una paleofantasía hecha realidad», como afirmó Lucas Delezene, quien acaba de ser nombrado profesor en la Universidad de Arkansas. «Durante la carrera sueñas con una pila de fósiles que nadie ha visto antes y que tú consigues explicar.»
El taller fue en la Wits, en una sala sin ventanas y con las paredes ocupadas por estanterías de cristal llenas de fósiles y moldes de escayola. Los equipos de trabajo se dividieron por partes anatómicas. Los especialistas en cráneos se agrupaban en una esquina de la sala, en torno a una gran mesa cuadrada cubierta de fragmentos de cráneos y maxilares, y de moldes de otros cráneos fósiles conocidos. Las mesas más pequeñas se reservaron para el estudio de manos, pies, huesos largos y otros restos. La temperatura era fresca y el ambiente silencioso. Los jóvenes científicos trabajaban con los huesos y los calibradores, mientras Berger y sus asesores circulaban entre ellos, comentando en voz baja lo que veían.
La pila de fósiles de Delezene se componía de 190 dientes, una parte crucial del análisis, ya que con frecuencia las piezas dentales son suficientes para identificar una especie. Pero esos dientes eran diferentes de todo lo que los científicos de aquella mesa habían visto hasta ese momento. Algunos rasgos eran asombrosamente humanos. Las coronas de los molares, por ejemplo, eran pequeñas y con cinco cúspides, como las nuestras. Pero las raíces de los premolares eran extrañamente primitivas. «No sabemos muy bien qué pensar –dijo Delezene–. Es una locura.»
El mismo patrón «esquizoide» se manifestaba en las otras mesas. Una mano del todo moderna presentaba unos dedos absurdamente curvados, propios de una criatura arborícola. Los hombros también eran simiescos y las amplias y ensanchadas crestas ilíacas eran tan primitivas como las de Lucy, pero la base de la misma pelvis parecía completamente moderna. Los huesos de las piernas empezaban como los de un australopitecino, pero se iban modernizando a medida que bajaban al suelo. Los pies eran prácticamente indistinguibles de los nuestros.
«Casi podía trazarse una línea en las caderas: primitivo de aquí para arriba y moderno de aquí para abajo –comenta Steve Churchill, paleontólogo de la Universidad Duke–. Si hubiéramos hallado el pie solo, habríamos pensado que correspondía a un bosquimano muerto.»
Pero también estaba la cabeza. Se habían encontrado cuatro cráneos incompletos: dos probablemente masculinos y dos femeninos. Por su morfología general parecían lo bastante avanzados como para ser clasificados como Homo, pero las cajas craneales eran diminutas: apenas 560 centímetros cúbicos para los machos y 465 para las hembras, una cifra muy inferior al promedio de 900 centímetros cúbicos observado en H. erectus, y menos de la mitad de nuestro volumen craneal. Un cerebro grande es condición sine qua non para ser humano, el sello inconfundible de una especie que ha evolucionado para sobrevivir gracias a su ingenio. Los individuos hallados en Rising Star no eran humanos.
«Es rarísimo –declaró más adelante Fred Grine, de la Universidad del Estado de Nueva York en Stony Brook–: cerebros minúsculos en unos cuerpos que no eran nada pequeños.» Los machos adultos medían alrededor de 1,50 metros y pesaban unos 45 kilos, y las hembras eran un poco más menudas. «Todo indica que fue un animal situado justo en el punto de inflexión entre Australopithecus y Homo», dijo Berger cuando el taller se acercaba a su fin.
En algunos aspectos el nuevo hominino de Rising Star era todavía más cercano a los humanos modernos que Homo erectus. Para Berger y su equipo, el hallazgo pertenecía claramente al género Homo, pero era diferente de todos los demás miembros del grupo, por lo que no tuvieron más opción que poner nombre a una nueva especie: Homo naledi, en alusión a la cueva donde habían encontrado los huesos, ya que naledi significa «estrella» en sotho, la lengua local.
En noviembre, mientras descubrían el extraordinario tesoro de huesos, Marina Elliott y sus colegas estaban casi igual de sorprendidos por lo que no estaban encontrando. «Al tercer o cuarto día seguíamos sin encontrar nada de fauna», recuerda la antropóloga. El primer día habían hallado varios huesos pequeños de ave en la superficie, pero aparte de eso, solo encontraban huesos de hominino.
Esa particularidad planteaba un misterio
tan desconcertante como el de la identidad de H. naledi. ¿Cómo habían llegado los restos hasta una cámara de tan difícil acceso? Era evidente que los individuos no vivían en la cueva, ya que no había útiles de piedra ni restos de comida que sugirieran una ocupación. Es posible que un grupo de H. naledi entrara en la cueva y quedara atrapado, aunque la distribución de los huesos parece indicar que fueron depositados a lo largo de mucho tiempo, tal vez siglos. En el caso de que unos animales carnívoros hubieran transportado sus presas homininas hasta el interior de la cueva, los huesos presentarían marcas de dientes, pero no había ninguna. Y por último, si un curso de agua hubiera llevado los huesos hasta la cueva, también habría arrastrado otro tipo de restos. Pero no hay piedras ni otros derrubios, sino únicamente sedimento fino, desprendido de las paredes de la cueva o filtrado a través de delgadísimas grietas.
«Una vez eliminado todo lo que es imposible –le recordó una vez Sherlock Holmes a su amigo Watson–, lo que queda, por improbable que parezca, ha de ser la verdad.»
Tras agotar todas las otras explicaciones, Berger y su equipo llegaron a la improbable conclusión de que los cuerpos de H. naledi tuvieron que ser transportados hasta allí, deliberadamente, por otros H. naledi. Hasta ahora, ese tratamiento ritualizado de los muertos solo se había observado en Homo sapiens y posiblemente en algunos humanos arcaicos, como los neandertales. Los investigadores no creen que aquellos homininos mucho más primitivos reptaran por el pasadizo de Superman, ni que se deslizaran por el pozo vertical, arrastrando unos cadáveres. Eso, más que improbable, sería totalmente increíble. Pero quizás en otra época el pasadizo de Superman era más ancho y transitable, y es posible que los homininos simplemente dejaran caer su carga por el pozo, en lugar de bajar ellos mismos. Con el tiempo, la pila creciente de huesos pudo haber caído lentamente hacia la cámara vecina.
Aun así, para depositar los cadáveres en las profundidades de la cueva, los homininos habrían tenido que encontrar el camino de ida y vuelta hasta el pozo en la más completa oscuridad, lo que casi con seguridad habría requerido alguna forma de luz: antorchas u hogueras encendidas a intervalos. La idea de que un ser con un cerebro tan pequeño haya podido exhibir una conducta tan compleja parece tan improbable que muchos investigadores sencillamente se han negado a darle crédito. Sostienen que en algún momento del pasado debió de existir otra entrada de la cueva que hiciera posible un acceso mucho más directo a la cámara de los fósiles, un acceso que probablemente permitió que el agua arrastrara los huesos hasta allí. «Tiene que haber otra entrada –afirmó Richard Leakey cuando viajó a Johannesburgo para ver los fósiles–. Es solo que Lee todavía no la ha encontrado.»
Pero, inevitablemente, el agua también habría arrastrado hasta la cámara piedras, material vegetal y otros restos que no se ven por ninguna parte. «Aquí no hay mucho espacio para la subjetividad –dijo Eric Roberts, geólogo de la Universidad James Cook de Australia, cuya delgadez le permitió examinar personalmente la cámara–. Los sedimentos no mienten.»
Las prácticas funerarias permiten a los vivos procesar el duelo, expresar respeto hacia los difuntos o preparar su transición a la otra vida. Ese tipo de sentimientos son inherentes al ser humano. Pero H. naledi –tal como Berger se empeña en repetir– no era humano, por lo que el comportamiento resulta particularmente desconcertante.
«Era un animal que parecía tener la capacidad cognitiva de reconocer su separación con respecto a la naturaleza», afirma.
El misterio de la identidad de H. naledi y del modo en que sus huesos llegaron a la cueva está inextricablemente ligado a la antigüedad de esos huesos, que de momento se desconoce. En África oriental los fósiles se pueden datar con exactitud cuando aparecen por encima o por debajo de estratos de ceniza volcánica, cuya edad es posible calcular gracias al ritmo preciso de la desintegración de los elementos radiactivos presentes en la ceniza. En Malapa, Berger había tenido suerte. Los huesos de A. sediba estaban entre dos coladas estalagmíticas
–capas finas de calcita depositadas por agua en movimiento–, que también se pudieron datar radiométricamente. Pero los huesos de la cámara de Rising Star yacían simplemente en el suelo de la cueva o estaban sepultados en sedimentos mixtos y poco profundos. Por esta causa, parece todavía más difícil establecer cuándo llegaron a la cueva que determinar cómo lo hicieron.
A la mayoría de los científicos participantes en el taller les preocupaba la recepción que tendría su análisis si no iba acompañado de una datación. (De hecho, la ausencia de una datación resultó ser un impedimento para la publicación rápida de los trabajos científicos que describen los hallazgos.) Pero eso a Berger no lo inquietaba. Si H. naledi finalmente demostraba ser tan antiguo como su morfología sugería, entonces era muy probable que fuera la raíz del árbol genealógico del género Homo. Pero si la nueva especie resultaba ser mucho más reciente, entonces las repercusiones también iban a ser igual de importantes. Podría significar que mientras nuestra especie estaba evolucionando, otro Homo diferente, de cerebro pequeño y aspecto más primitivo, andaba por el sur de África hace mucho menos tiempo de lo que nadie se habría atrevido a pensar. ¿Cien mil años? ¿Cincuenta mil? ¿Diez mil? Cuando el emocionante taller estaba llegando a su fin con esa cuestión fundamental sin resolver, Berger seguía tan tranquilo como siempre. «Sea cual fuere su antigüedad, las repercusiones serán tremendas», decía, encogiéndose de hombros.
Unas semanas después, en agosto del año pasado, Berger viajó a África oriental. Con motivo del 50 aniversario de la descripción de H. habilis por Louis Leakey, Richard Leakey había convocado a los principales investigadores de la evolución humana a un simposio en el Instituto de la Cuenca del Turkana, el centro de investigación fundado por él mismo (en colaboración con la Universidad del Estado de Nueva York en Stony Brook) cerca de la orilla occidental del lago Turkana, en Kenya.
El propósito de la reunión era tratar de llegar a algún tipo de consenso sobre el complejo registro fósil de Homo, sin caer en la fanfarronería ni el rencor, dos defectos endémicos en el campo de la paleoantropología. Iban a estar presentes algunos de los críticos más despiadados de Lee Berger, entre ellos varios de los que habían publicado feroces comentarios negativos acerca de su interpretación de los fósiles de A. sediba. Para ellos, él era un intruso en el mejor de los casos, y un embaucador que sabe venderse, en el peor. Algunos amenazaron con no presentarse si asistía Berger. Pero tras el hallazgo de Rising Star, Leakey no podía dejar de invitarlo.
«En este momento no hay nadie en el mundo que esté encontrando tantos fósiles como Lee», dijo Leakey.
Durante cuatro días los científicos se congregaron en un espacioso laboratorio, con modelos de escayola de los principales especímenes de Homo distribuidos sobre la mesas. Una mañana, Meave Leakey (también Exploradora Residente de National Geographic) mostró unos flamantes especímenes hallados en la costa este del lago, entre ellos un pie casi completo. Bill Kimbel, del Instituto de los Orígenes Humanos, describió una nueva mandíbula de Homo descubierta en Etiopía y datada en 2,8 millones de años, lo que la convierte en la pieza más antigua de nuestro género hallada hasta ahora. La arqueóloga Sonia Harmand, de la Universidad Stony Brook, hizo un anuncio aún más sorprendente: el hallazgo, cerca del lago Turkana, de decenas de toscos útiles de piedra de 3,3 millones de años de antigüedad. Si la industria lítica se originó medio millón de años antes de la aparición de nuestro género, será difícil seguir sosteniendo que el rasgo definitorio de Homo es el ingenio tecnológico.
Mientras tanto, Berger se mantuvo en un desusado segundo plano, hasta que surgió el tema de la comparación entre A. sediba y H. habilis. Había llegado su momento.
«Puede que para este debate sean más interesantes los hallazgos de Rising Star», propuso. Durante los 20 minutos siguientes, expuso todo lo sucedido: la afortunada casualidad que llevó al descubrimiento de la cámara, el rápido análisis de los hallazgos en junio y sus primeras conclusiones. Mientras hablaba, hacía circular un par de moldes de escayola de los cráneos de Rising Star.
Entonces llegaron las preguntas. ¿Habéis hecho un análisis cráneodental? Sí. Los cráneos y dientes de H. naledi lo sitúan en el mismo grupo que Homo erectus, los neandertales y los humanos modernos. ¿Diríais que es más próximo a H. erectus que H. habilis? Sí. ¿Se han encontrado marcas de dientes de carnívoros en los huesos? No. ¿Habéis hecho algún progreso en la datación? No, todavía no, pero ya conseguiremos datar los restos. No os preocupéis.
Tras la ronda de preguntas, las autoridades en la materia allí reunidas hicieron algo que nadie se esperaba, y Berger menos que nadie. Aplaudieron.
Cuando surge un hallazgo importante en el campo de la evolución humana –o incluso un hallazgo menor–, es corriente afirmar que la novedad echa por tierra todos los conceptos anteriores sobre nuestros antepasados. Quizá porque ha aprendido de los errores del pasado, Berger no ha dicho nada parecido respecto a Homo naledi, o al menos no todavía, mientras su datación sigue siendo incierta. No asegura haber encontrado al Homo más antiguo, ni ha afirmado que sus fósiles devuelven al sur de África el título de Cuna de la Humanidad que le había arrebatado África oriental. Sin embargo, los fósiles hacen pensar que ambas regiones y todas las intermedias pueden albergar las claves de una historia más compleja de lo que sugiere la metáfora del «árbol genealógico humano».
«Lo que naledi indica, en mi opinión, es que por mucho que creamos que el registro fósil es lo bastante completo para delinear una historia, en realidad no lo es», afirma Fred Grine, de Stony Brook. Quizá las primeras especies de Homo aparecieron en el sur de África y migraron después al este del continente. «O tal vez sucedió lo contrario.»
El propio Berger cree que la metáfora correcta para la evolución humana, en lugar de la de un árbol que se ramifica desde un tronco único, es la de un río trenzado, una corriente que se divide en canales que vuelven a confluir más adelante. De igual modo, los diversos tipos de homininos que habitaron los paisajes de África debieron de divergir en algún momento de un ancestro común, pero quizá más adelante volvieron a converger, de manera que nosotros, en la desembocadura del río del tiempo, llevamos dentro un poco del África oriental, un poco del África meridional y una gran parte de la historia que ignoramos por completo. Porque una cosa es segura: si hemos hallado una variedad nueva de hominino solo porque dos espeleólogos eran lo bastante delgados para pasar por una grieta de una conocida cueva sudafricana, no podemos ni imaginar lo que aún queda por descubrir.
Homo naledi
Homo naledi
| Homo naledi | ||
|---|---|---|
| Rango temporal: Sin datación | ||
Homo naledi (del latín homo, «hombre», y del sesotho naledi, «estrella») es una especiede homínino extinto del género Homo que vivió en lo que ahora es Sudáfrica.
La especie ha sido descrita en 2015 por Berger y colaboradores a partir de los fósiles de al menos 15 individuos de edades diferentes encontrados en la cámara Dinaledi de la cueva Rising Star, cerca de Johannesburgo (Sudáfrica), en la denominada Cuna de la Humanidad, a unos 800 m del yacimiento clásico de Swartkrans. Hasta el momento, el yacimiento ha proporcionado unos 1550 restos, entre fragmentos y huesos completos, de prácticamente todos los huesos del esqueleto, siendo la mayor concentración de restos de una misma especie de hominino en toda África.
No se ha podido realizar una datación fiable de los fósiles y la posición filogenética de H. naledi es incierta. Sin embargo las características anatómicas lo sitúan en las raíces de los primeros Homo:
La morfología del cráneo se aproxima a la de los primeros Homo (H. erectus, H. habilis u H. rudolfensis) y el volumen endocraneal, con unos 500 cm³, es similar al de losAustralopithecus.
Su estatura media era de 1,50 metros y su peso de 45 kilos.2
La dentición es primitiva, pequeña y de morfología oclusal simple. Las manos tienen adaptaciones manipuladoras humanas. Asimismo son humanas las características de pierna y pie. Sin embargo, el tronco y extremo proximal del fémur exhiben características que lo acercan más a los australopitecos.
Manos
El pulgar, muy desarrollado, y la muñeca de Homo naledi muestran caracteres derivados, similares a los de H. sapiens y H. neanderthalensis, indicando una gran precisión manipuladora. Sin embargo, las falanges son primitivas, largas y muy curvadas, como enAustralopithecus, indicando una frecuente locomoción en ambientes arbóreos. Este mosaico de caracteres —combinación de caracteres primitivos y derivados— es única, no conocida en otros homininos.
El metacarpiano del pulgar presenta las crestas para las inserciones de los músculos motores del pulgar bien desarrolladas, lo que permite la oposición del pulgar, y por tanto la sujeción y manipulación precisa de objetos, por otra parte no encontrados en la cueva.
Sección geológica de la sala donde se encontraron los fósiles.
El yacimiento donde se descubrieron los restos de H. naledi fue encontrado por los espeleólogos aficionados Rick Hunter y Steven Tucker en 2013. La cámara situada al final de la cueva era accesible solo a través de dos pasos estrechos con menos de 25 centímetros de anchura, por lo que el acceso era solo posible por parte de espeleólogos experimentados con una constitución corporal particularmente delgada.
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Hallada en África una gran sima de huesos con una nueva especie humana
El 'Homo naledi', descubierto en Sudáfrica, podría haber hecho uno de los primeros rituales funerarios que se conocen
Se buscan expertos o expertas en antropología, delgadas, bajitas y que no tengan claustrofobia. Este era más o menos el anuncio de trabajo que lanzó hace dos años Lee Berger por las redes sociales. Buscaba gente capaz de meterse por una grieta de 18 centímetros de ancho y sacar a la luz lo que prometía ser un cargamento de fósiles humanos sin igual.
Hoy se han publicado los datos más completos de esa excavación, realizada en la cueva Rising Star, a unos 50 kilómetros de Johannesburgo (Sudáfrica). Los resultados destapan la existencia de una sima con más de 1.500 fósiles humanos entre los que hay al menos 15 individuos. Los autores aseguran que son una nueva especie dentro de nuestro género, que han bautizado como Homo naledi. Naledi quiere decir estrella en sesotho, una lengua local.
Los descubridores creen que aquellos homínidos fueron depositados allí por sus congéneres, lo que supondría un inesperado comportamiento funerario nunca observado en humanos tan primitvos. Todos los restos se conocen gracias al trabajo de un equipo íntegramente femenino que fue capaz de colarse en la estrecha cámara durante dos expediciones. El conjunto es el yacimiento de fósiles humanos concentrados en un solo lugar más grande de todo África y uno de los mayores del mundo, según sus descubridores.
Probablemente lo más apasionante del hallazgo son las preguntas que deja sin responder. Los descubridores dicen no haber conseguido datar los fósiles ni saben cómo llegaron hasta allí todos esos cadáveres. Para llegar hasta la cámara en la que se hallaron hay que recorrer unos 80 metros de cueva, trepar una pared y escurrirse por una grieta que los investigadores comparan con la boca de un buzón, bromeando solo a medias. Esta ruta, totalmente en tinieblas, es la única que existe hoy y, según los estudios geológicos, la única que existía cuando se depositaron los cadáveres. Por el tamaño de los huesos, estos incluyen infantes, niños, adolescentes, adultos y ancianos. Ninguno tiene marcas de traumatismo por una posible caída a la fosa, ni tampoco signos de haber sido devorados por un animal o por su propia especie, como sí sucede en el único yacimiento comparable: la Sima de los Huesos en Atapuerca (Burgos). Apenas hay rastros de ningún otro animal excepto unos pocos pájaros y ratones. En la cueva no hay marcas de crecidas de agua intensas que podrían haber arrastrado hasta allí los restos. Además aparecen partes de los cuerpos en perfecta articulación. Con todos estos datos en la mano, la única hipótesis que queda en pie es la de que alguien los dejó ahí en varios momentos en el tiempo, dicen los autores del estudio. Un ritual funerario que hasta ahora sólo se atribuía a humanos más modernos y con más cerebro.
“Tenemos casi todos los huesos del cuerpo representados varias veces, lo que hace que Homo naledi sea ya prácticamente el fósil de nuestro linaje que mejor se conoce”, celebra Lee Berger, paleaontropólogo de la Universidad de Witwatersrand, en una nota de prensa difundida por las instituciones que han participado en las excavaciones. Tras el hallazgo, en octubre de 2013, ante un montón de huesos tan complejo, el paleoantropólogo comenzó a seleccionar un nutrido grupo de científicos internacionales, la mayoría de ellos jóvenes, para que le ayudasen en el análisis de cada parte del cuerpo de la nueva especie.
Los huesos estaban solo parcialmente fosilizados y algunos estaban a simple vista sobre el suelo de la cueva. El análisis de los restos y su contexto geológico, publicados hoy en la revista científica de acceso abierto eLIFE, describe una especie que hubiera llamado la atención si la viéramos paseando por la calle, pero que ya no eran simples chimpancés erguidos. Los australopitecos son el género del que la mayoría de expertos piensan que surgió el género Homo, aunque hasta hace muy poco había un vacío total de fósiles que permitiese confirmalo. Por su morfología, los naledi parecen estar justo en el límite entre ambos grupos. Medían un metro y medio y pesaban unos 45 kilos. Aún no habían comenzado a desarrollar un cerebro grande (500 centímetros cúbicos comparados con los al menos 1.200 centímetros cúbicos de un Homo sapiens), pero ya tenía un cuerpo estilizado y rasgos humanos, como la capacidad para andar erguidos o unos dientes relativamente pequeños. Sus manos tenían ya el pulgar oponible que permite fabricar herramientas de piedra y sus pies eran muy parecidos a los de los humanos modernos, solo que un poco más planos.
El misterio funerario
Markus Bastir, un investigador de origen austríaco que trabaja en el Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC), ha participado en el análisis del tórax del Homo naledi. Junto a Daniel García Martínez, Bastir ha usado tecnología 3D para reconstruir todo el tórax del naledi partiendo de los fragmentos de costillas, vértebras y otros fósiles hallados en la cueva de Sudáfrica. “Nuestros resultados indican que la columna vertebral y el tronco eran muy primitivos, como los de un australopiteco”, explica. “Además, las falanges de sus dedos eran curvas, una adaptación para trepar a los árboles”. Esta mezcla de rasgos es única, lo que les hace distintos de los Homo habilis (hasta ahora considerados los primeros miembros del género Homo, aunque por restos muy escasos) y dignos de que se les considere una nueva especie, explican los científicos.
Por su morfología, los responsables del hallazgo sitúan al Homo naledi justo en el origen del género Homo, en el punto intermedio entre los australopitecos y las especies plenamente humanas comoHomo erectus. Esto supondría que vivieron hace al menos dos millones de años y les otorgaría un papel clave hacia la aparición de nuestra especie. Chris Stringer, del Museo de Historia Natural de Londres, que no ha participado en el estudio, apunta otra posibilidad muy diferente. ¿Y si los restos tienen menos de 100.000 años? “Significaría que el H.naledi sobrevivió hasta hace relativamente poco igual que hizo el Homo floresiensis (hombre de Flores) en Indonesia, que también combina cerebro y dientes pequeños”, explica en un artículo de análisis sobre el hallazgo. En ese caso los naledi no serían nuestros ancestros directos y podrían ser un callejón sin salida en la historia de nuestra evolución.
Descubrimiento polémico
El anuncio de las excavaciones de la cueva Rising Star, financiadas en parte por National Geographic, se ha hecho en una rueda de prensa en Londres, la ciudad en la que estos días se encuentran muchos popes de la paleoantropología que asisten al Congreso de la Sociedad Europea para el Estudio de la Evolución Humana. Es posible que el hallazgo tenga allí su primera prueba de fuego, debido a las muchas preguntas que deja abiertas. ¿Pudo una especie de cerebro tan pequeño tener la conciencia suficiente como para sepultar a sus congéneres? ¿Cómo llegaron a la sima en completa penumbra? ¿Por qué no se han podido datar los fósiles con carbono, ADN u otras técnicas, lo que al menos indicaría un rango aproximado de su antigüedad?
Para Juan Luis Arsuaga, codirector de los yacimientos de Atapuerca, el hallazgo es “asombroso”. Sin embargo no comulga con todo, pues cree que la cueva tenía otra entrada en el pasado por la que se pudo acceder al límite de la fosa sin necesidad de luz artificial, lo que descartaría otra de las derivadas sugeridas por el trabajo: que los naledi pudieron usar fuego para llegar hasta allí. Kaye Reed, de la Universidad Estatal de Arizona, opina que sin fechas para los fósiles es “imposible” situar a esta nueva especie en nuestro árbol evolutivo más allá de incluirla en el género “Homo”. Duda también de los argumentos del enterramiento, que sin fechas no son convincentes, dice. “Sus descripciones están bien pero encuentro que sus conclusiones tienen demasiado celo; muchos investigadores quieren que su fósil cambie nuestra visión de la evolución humana. A veces el fósil lo hace y a veces no”, advierte. La revistaNational Geographic dedica en su número de Octubre un extenso artículo periodístico a los descubrimientos.
La Ley sucesoria monárquica en España
La Ley sucesoria monárquica en España
El rey Felipe V no instituyó la ley sálica sucesoria monárquica en España como se cree o se dice por lo común y equivocadamente. pues al instituir la ley de la Agnación Rigorosa, solo priva a las mujeres de la sucesión cuando haya legítimos descendientes varones, mientras que la Lex Sálica las excluye absolutamente y en todos los casos.
El texto de la Ley Sálica es: Nulla portio hæreditatis de terra salica mullieri venial, sed ad virilem sexum tota hæredita.
El rey Felipe V, al subir al trono tras la Guerra de Sucesión Española, ideó establecer la Lex Sálica, que gobernaba en Francia, en Españay presentó este proyecto a las Cortes de Castilla en 1713, estas discordaron con el rey quien no pudo asegurar su designio. Hallándose congregadas las Cortes en Madrid desde el 5 de noviembre de 1712, promulgó con ellas el 10 de mayo de 1713 el Reglamento de sucesión, que a la postre se conoció como Ley de Sucesión Fundamental al ser esta su función y su importancia. Según las condiciones de la nueva norma, las mujeres podrían heredar el trono aunque únicamente de no haber herederos varones en la línea principal (hijos) o lateral (hermanos y sobrinos).
- Ulteriormente, el recién coronado rey Carlos IV de España hizo aprobar a las Cortes en 1789 una disposición para derogar la ley y volver a las normas de sucesión establecidas por el código de las Partidas. Sin embargo, la Pragmática Sanción real no llegó a ser publicada hasta que su hijo Fernando VII de España la promulgó en 1830, desencadenando el conflicto dinástico del Carlismo.
- Esta distinción significante entre la Lex Sálica y la Ley de Sucesión es fundamental para comprender la pretensión jurídica del hermano de Fernando VII, el infante D. Carlos, al trono de España al cual tendría legítimamente derecho en función de la Ley de Sucesión Fundamental promulgada por Felipe V , mientras que con la restauración del compendio de Alfonso X, llamado de las Siete Partidas, lo tendría su hija Isabel.
Contenido de la nueva Ley de Sucesión Fundamental promulgada por Felipe V en concordia con los Supremos Consejos de Estado y de Castilla en 1713 :
LEY V. D. Felipe V. en Madrid á 10 de mayo de 1713.
Nuevo reglamento sobre la sucesion en estos Reinos. Habiéndome representado mi Consejo de Estado las grandes conveniencias y utilidades que resultarian á favor de la causa pública y bien universal de mis Reinos y vasallos, de formar un nuevo reglamento para la sucesion de esta Monarquía, por el cual, á fin de conservar en ella la agnación rigorosa, fuesen preferidos todos mis descendientes varones por la línea recta de varonia á las hembras y sus descendientes, aunque ellas y los suyos fuesen de mejor grado y línea; para la mayor satisfaccion y seguridad de mi resolución en negocios de tan grave importancia, aunque las razones de la causa pública y bien universal de mis Reynos han sido expuestas por mi Consejo de Estado, con tan claros é irrefragables fundamentos que no me dexasen duda para la resolucion; y que para aclarar la regla mas conveniente á lo interior de mi propia Familia y descendencia , podria pasar como primero y principal interesado y dueño á disponer su establecimiento ; quise oir el dictamen del Consejo, por la igual satisfacción que me debe el zelo , amor, verdad y sabiduría que en este como en todos tiempos ha manifestado ; á cuyo fin le remití la consulta de Estado, ordenándo. e , que antes oyese á mi Fiscal: y habiéndola visto , y oídole, por uniforme acuerdo de todo el Consejo se conformó con el de Estado; y siendo el dictamen de ambos Consejos , que para la mayor validacion y firmeza, y para la universal aceptación concurriese el Reyno al establecimiento de esta nueva ley, hallándose este junto en Córtes por medio de sus Diputados en esta Corte, ordené á las Ciudades y Villas de voto en Córtes, remitiesen á ellos sus poderes bastantes, para conferir y deliberar sobre este punto lo que juzgaren conveniente á la causa pública; y remitidos por las Ciudades, y dados por esta y otras Villas los poderes á sus Diputados, enterados de las consultas de ámbos Consejos, y con conocimiento de la justicia de este nuevo reglamento, y conveniencias que de él resultan á la causa pública, me pidieron , pasase á establecer por ley fundamental de la sucesion de estos Reynos el referido nuevo reglamento, con derogacion de las leyes y costumbres contrarias. Y habiéndolo tenido por bien, mando, que de aquí adelante la sucesion de estos Reynos y todos sus agregados, y que á ellos se agregaren, vaya y se regule en la forma siguiente. Que por fin de mis días suceda en esta Corona el Príncipe de Asturias, Luis mi muy amado hijo, y por su muerte su hijo mayor varon legítimo, y sus hijos y descendientes varones legítimos y por línea recta legítima, nacidos todos en constante legítimo matrimonio, por el orden de primogenitura y derecho de representacion conforme á la ley de Toro; y á falta del hijo mayor del Príncipe, y de todos sus descendientes varones de varones que han de suceder por la órden expresada, suceda el hijo segundo varon legítimo del Principe, y sus descendientes varones de varones legítimos y por línea recta legítima, nacidos todos en constante y legítimo matrimonio, por la misma orden de primogenitura y reglas de representacion sin diferencia alguna : y á falta de todos los descendientes varones de varones del hijo segundo del Príncipe suceda el hijo tercero y quarto, y los demás que tuviere legítimos; y sus hijos y descendientes varones de varones, asimismo legítimos y por línea recta legítima; y nacidos todos en constante legítimo matrimonio por la misma órden, hasta extinguirse y acabarse las líneas varoniles de cada uno de ellos; observando siempre el rigor de la agnacion, y el órden de primogenitura con el derecho de representacion, prefiriendo siempre las líneas primeras y anteriores á las posteriores: y á falta de toda la descendencia varonil, y líneas rectas de varon en varon del Príncipe, suceda en estos Reynos y Corona el Infante Felipe, mi muy amado hijo, y á falta suya sus hijos y descendientes varones de varones legítimos y por línea recta legítima; nacidos en constante legítimo matrimonio; y se observe y guarde en todo el misma órden de suceder que queda expresado en los descendientes varones del Príncipe sin diferencia alguna; y á falta del Infante; y de sus hijos y descendientes varones de varones, sucedan por las mismas reglas, y Orden de mayoría y representacion, los demás hijos varones que yo tuviere de grado en grado, prefiriendo el mayor al menor, y respectivamente sus hijos y descendientes varones de varones legítimos y por línea recta legítima, nacidos todos en constante legítimo matrimonio, observando puntualmente en ellos la rigorosa agnacion, y prefiriendo siempre las líneas masculinas primeras y anteriores á las posteriores; hasta estar en el todo extinguidas y evacuadas. Y siendo acabadas íntegramente todas las líneas masculinas del Príncipe, Infante, y demás hijos y descendientes mios legítimos varones de varones, y sin haber por consiguiente varon agnado legítimo descendiente mio, en quien pueda recaer la Corona según los llamamientos antecedentes, suceda en dichos Reynos la hija o hijas del último reynante varon agnado mio en quien feneciese la varonía; y por cuya muerte sucediere la vacante, nacida en constante legítimo matrimonio, la una después de la otra, y prefiriendo la mayor á la menor, y respectivamente sus hijos y descendientes legítimos por línea recta y legítima, nacidos todos en constante legítimo matrimonio; observándose entre ellos el órden de primogenitura y regias de representacion, con prelacion de las líneas anteriores á las posteriores, en conformidad de las leyes de estos Reynos; siendo mi voluntad, que en la hija mayor, o descendiente suyo que por su premoriencia entrare en la sucesion de esta Monarquía, se vuelva á suscitar, como en cabeza de línea, la agnacion rigorosa entre los hijos varones que tuviere nacidos en constante legítimo matrimonio, y en los descendientes legítimos de ellos; de manera que después de los días de la dicha hija mayor, ó descendiente suyo reynante, sucedan sus hijos varones nacidos en constante legítimo matrimonio, el uno después del otro , y prefiriendo el mayor al menor, y respectivamente sus hijos y descendientes varones de varones legítimos y por línea recta legítima, nacidos en constante legítimo matrimonio, con la misma órden de primogenitura, derechos de representacion, prelacion de líneas, y reglas de agnacion rigorosa que se ha dicho, y queda establecido en los hijos y descendientes varones del Príncipe; Infante y demás hijos mios; y lo mismo quiero se observe en la hija segunda del dicho último reynante varon agnado mio, y en las demás hijas que tuviere; pues sucediendo qualesquiera de ellas por su órden en la Corona, ó descendiente suyo por su premoriencia, se ha de volver á suscitar la agnacion rigorosa entre los hijos varones que tuviere nacidos en legítimo constante matrimonio, y los descendientes varones de varones de dichos hijos legítimos y por línea recta legítima, nacidos en constante legítimo matrimonio; debiéndose arreglar la sucesión en dichos hijos y descendientes varones de varones de la misma manera que va expresado en los hijos y descendientes varones de la hija mayor, hasta que esten totalmente acabadas todas las líneas varoniles, observando las reglas de la rigorosa agnacion. Y en caso que el dicho último reinante varon agnado mio no tuviere hijas nacidas en constante legítimo matrimonio, ni descendientes legítimos y por línea legítima , suceda en dichos Reynos la hermana ó hermanas que tuviere descendientes mias legítimas y por línea legítima, nacidas en constante legítimo matrimonio, la una después de la otra , prefiriendo la mayor á la menor , y respectivamente sus hijos y descendientes legítimos y por línea recta , nacidos todos en constante legítimo matrimonio, por la misma órden de primogenitura, prelacion de líneas y derechos de representacion según las leyes de estos Reynos, en la misma conformidad prevenida en la sucesion de las hijas del dicho último reynante; debiéndose igualmente suscitar agnacion rigorosa entre los hijos varones que tuviere la hermana, ó el descendiente suyo que por su premoriencia entrare en la sucesion de la Monarquía, nacidos en constante legítimo matrimonio, y entre los descendientes varones de varones de dichos hijos legítimos y por línea recta legítima, nacidos en constante legítimo matrimonio, que deberán suceder en la misma órden y forma que se ha dicho en Ios hijos varones y descendientes de las hijas de dicho Ultimo reynante, observando siempre las reglas de la rigurosa agnacion. Y no teniendo el último reynante hermana ó hermanas, suceda en la Corona el transversal descendiente mio legítimo y por la línea legítima, que fuere proximior y mas cercano pariente del dicho último reynante, ó sea varon ó sea hembra, y sus hijos y descendientes legítimos y por línea recta legítima, nacidos todos en constante legítima matrimonio, con la misma órden v reglas que vienen llamados los hijos y descendientes de las hijas del dicho último reynante: y en dicho pariente mas cercano varon ó hembra, que entrare á suceder, se ha de suscitar también la agnación rigorosa entre sus hijos varones nacidos en constante legítimo matrimonio, y en los hijos y descendientes varones de varones de ellos legítimos y por línea recta legítimos, nacidos en constante legítimo matrimonio, que deberán suceder con la misma órden y forma expresados en los hijos varones de las hijas del último reinante, hasta que sean acabados todos los varones de varones , y enteramente evacuadas todas las líneas masculinas. Y caso que no hubiere tales parientes transversales del dicho último reynante, varones ó hembras descendientes de mis hijos y míos, legítimos y por línea legítima, sucedan á la Corona las hijas que yo tuviere nacidas en constante legítimo matrimonio, la una después de la otra, prefiriendo la mayor á la menor, y sus hijos y descendientes respectivamente y por línea legítima, nacidos todos en constante legítimo matrimonio; observando entre ellos el órden de primogenitura y reglas de representacion, con prelacion de las líneas anteriores á las posteriores, como se ha establecido en todos los llamamientos antecedentes de varones y hembras: y es también mi voluntad, que en qualquiera de dichas mis hijas, 6 descendientes suyos que por su premoriencia entraren en la sucesion de la Monarquía, se suscite de la misma manera la agnacion rigorosa entre los hijos varones de los que entraren á reynar, nacidos en constante legítimo matrimonio, y entre los hijos y descendientes varones de varones de ellos legítimos y por línea recta legítima, nacidos: todos en constante legítimo matrimonio, que deberá suceder por la misma órden y reglas prevenidas en los casos antecedentes, hasta que esten acabados todos los varones de varones , y fenecidas totalmente: las líneas masculinas: y se ha de observar lo mismo en todas y en quantas veces, durante mi descendencia legítima y por línea legítima , viniere el caso de entrar hembra, ó varon de hembra , en la sucesion de esta Monarquía , por ser mi Real intención de que, en quanto se pueda, vaya y corra dicha sucesion por las reglas de la agnación rigorosa. Y en el caso de faltar y extinguirse enteramente toda la descendencia mia legítima de varones y hembras nacidos en constante legítimo matrimonien, de manera que no haya varon ni hembra descendiente mio legítimo y por líneas legítimas, que pueda venir á la sucesion de esta Monarquía ; es mi voluntad, que era tal caso, y no de otra manera, entre en la dicha sucesion la Casa de Saboya, según y como está declarado, y tengo prevenido en la ley últimamente promulgada á que me remito. Y quiero y mando, que la sucesion de esta Corona proceda de aquí adelante en la forma expresada ; estableciendo esta porley fundamental de la sucesión de estos Reynos, sus agregados y que á. ellos se agregaren, sin embargo de la ley de la Partida, y de otras qualesquiera leyes y estatutos , costumbres y estilos y capitulaciones, ú otras qualesquier disposiciones de los Reyes mis predecesores que hubiere en contrario; las quales derogo y anulo en todo lo que fueren contrarias á esta ley, dexándolas en su fuerza y vigor para lo demás: que así es mi voluntad. Dada en Madrid á diez de mayo de mil setecientos trece años.
(aut. 5. tit. 7. lib. 5. R.)
Felipe V (matrimoinios y descendencia)
| Felipe V de España | ||||
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Retrato de Felipe V, por Louis-Michel van Loo (c. 1739). Óleo sobre lienzo, 154 × 113 cm, Museo del Prado(Madrid). | ||||
| Rey de España | ||||
| 16 de noviembre de 1700-15 de enero de 1724 | ||||
| Predecesor | Carlos II | |||
| Sucesor | Luis I | |||
| 6 de septiembre de 1724-9 de julio de 1746 | ||||
| Predecesor | Luis I | |||
| Sucesor | Fernando VI | |||
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| Información personal | ||||
| Tratamiento | Su Católica Majestad | |||
| Otros títulos | Duque de Anjou (1683-1700) | |||
| Nacimiento | 19 de diciembre de 1683 Palacio de Versalles | |||
| Fallecimiento | 9 de julio de 1746 (62 años) Palacio del Buen Retiro | |||
| Entierro | Palacio Real de La Granja de San Ildefonso | |||
| Religión | Católica | |||
| Familia | ||||
| Casa real | Casa de Borbón | |||
| Padre | Luis, Gran Delfín de Francia | |||
| Madre | María Ana de Baviera | |||
| Consortes |
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Matrimonios e hijos
Primer matrimonio
Felipe V de España contrajo matrimonio con su prima, María Luisa Gabriela de Saboya (17 de septiembre de 1688 – 14 de febrero de1714), el 2 de noviembre de 1701 y tuvieron cuatro hijos:
Segundo matrimonio
Contrajo segundas nupcias con Isabel de Farnesio (25 de octubre de 1692 – 11 de julio de 1766) el 24 de diciembre de 1714; tuvieron siete hijos:











