LA TRAMPA DEL LUJO

Publicado: 12/01/2017 09:30 por Miguel Anchel Sanz en HISTORIA

El auge de la agricultura fue un acontecimiento muy gradual que se extendió a lo largo de siglos y de milenios. Una banda de Homo sapiens que recolectaba setas y nueces y cazaba ciervos y conejos no se estableció de repente en una aldea permanente, labrando los campos, sembrando trigo y acarreando agua desde el río. El cambio tuvo lugar por fases, cada una de las cuales implicó solo una pequeña alteración de la vida cotidiana.

Homo sapiens llegó a Oriente Próximo hace unos 70.000 años. Durante los 50.000 años siguientes, nuestros antepasados medraron allí sin agricultura. Los recursos naturales del área eran suficientes para sostener a su población humana. En épocas de abundancia, la gente tenía algunos hijos más, y en tiempos de carestía unos pocos menos. Los humanos, como muchos animales, poseen mecanismos hormonales y genéticos que ayudan a controlar la procreación. En los tiempos buenos, las mujeres alcanzan antes la pubertad, y sus probabilidades de quedar embarazadas son algo mayores. En los tiempos malos, la pubertad se demora y la fertilidad se reduce.

A estos controles naturales de la población se añadieron mecanismos culturales. Los bebés y los niños pequeños, que se desplazan lentamente y requieren mucha atención, eran una carga para los cazadores-recolectores nómadas. La gente intentaba espaciar sus hijos en intervalos de tres a cuatro años. Las mujeres lo hacían amamantando a sus hijos continuamente y hasta una edad avanzada (dar de mamar continuamente reduce de manera significativa las probabilidades de quedar embarazada). Otros métodos incluían la abstinencia sexual total o parcial (reforzada quizá por tabúes culturales), el aborto y ocasionalmente el infanticidio.

Durante estos largos milenios, los humanos comían ocasionalmente granos de trigo, pero esto era una parte marginal de su dieta. Hace unos 18.000 años, la última época glacial dio paso a un período de calentamiento global. A medida que aumentaban las temperaturas, también lo hicieron las precipitaciones. El nuevo clima era ideal para el trigo y otros cereales de Oriente Próximo, que se multiplicaron y se expandieron. La gente empezó a comer más trigo, y a cambio y sin darse cuenta extendieron su expansión. Puesto que era imposible comer granos silvestres sin aventarlos previamente, molerlos y cocerlos, las gentes que recogían estos granos los llevaban a sus campamentos temporales para procesarlos. Los granos de trigo son pequeños y numerosos, de modo que algunos caían inevitablemente en el camino al campamento y se perdían. Con el tiempo, cada vez más trigo creció a lo largo de los senderos favoritos de los humanos y alrededor de sus campamentos.

Cuando los humanos quemaban bosques y malezas, esto también ayudaba al trigo. El fuego eliminaba árboles y matorrales, lo que permitía que el trigo y otras hierbas monopolizaran la luz solar, el agua y los nutrientes. Allí donde el trigo se hacía particularmente abundante, y también lo eran los animales de caza y otras fuentes de alimento, las tropillas humanas podían abandonar de manera gradual su estilo de vida nómada y establecerse en campamentos estacionales e incluso permanentes.

Al principio pudieron haber acampado durante cuatro semanas, durante la cosecha. Una generación más tarde, al haberse multiplicado y extendido las plantas de trigo, el campamento de cosecha pudo haber durado cinco semanas, después seis, y finalmente se convirtió en una aldea permanente. A lo largo de todo Oriente Próximo se han descubierto indicios de estos poblados, en particular en el Levante, donde la cultura natufia floreció entre 12500 y 9500 a.C. Los natufios eran cazadores-recolectores que subsistían a base de decenas de especies silvestres, pero vivían en aldeas permanentes y dedicaban gran parte de su tiempo a la recolección y procesamiento de cereales silvestres. Construían casas y graneros de piedra. Almacenaban grano para las épocas de escasez. Inventaron nuevos utensilios, como guadañas de piedra para la recolección del trigo silvestre, y morteros y manos de mortero de piedra para molerlo.

En los años posteriores a 9500 a.C., los descendientes de los natufios continuaron recolectando y procesando cereales, pero también empezaron a cultivar de maneras cada vez más refinadas. Cuando recolectaban granos silvestres, tenían la precaución de dejar aparte una fracción de la cosecha para sembrar los campos en la siguiente estación. Descubrieron que podían conseguir resultados mucho mejores si sembraban los granos a una cierta profundidad del suelo y no repartiéndolos al azar sobre la superficie. De manera que comenzaron a cavar y labrar. Gradualmente empezaron también a eliminar las malas hierbas de los campos, a impedir la presencia de parásitos, y a regarlos y fertilizarlos. A medida que se dirigían más esfuerzos al cultivo de los cereales, había menos tiempo para recolectar y cazar especies salvajes. Los cazadores-recolectores se convirtieron en agricultores.

No hubo un solo paso que separara a la mujer que recolectaba trigo silvestre de la mujer que cultivaba trigo domesticado, de manera que es difícil decir exactamente cuándo tuvo lugar la transición decisiva a la agricultura. Pero, hacia 8500 a.C., Oriente Próximo estaba salpicado de aldeas como Jericó, cuyos habitantes pasaban la mayor parte del tiempo cultivando unas pocas especies domesticadas.

Con el paso a aldeas permanentes y el incremento de los recursos alimentarios, la población empezó aumentar. Abandonar el estilo de vida nómada permitió a las mujeres tener un hijo cada año. Los hijos se destetaban a una edad más temprana: se les podían dar de comer gachas y avenate. Las manos sobrantes se necesitaban perentoriamente en los campos. Pero las bocas adicionales hicieron desaparecer pronto los excedentes de comida, de manera que tuvieron que plantarse más campos. Cuando la gente empezó a vivir en poblados asolados por las enfermedades, cuando los niños se alimentaban más de cereales y menos de la leche materna, y cuando cada niño competía por sus gachas con más y más hermanos, la mortalidad infantil se disparó. En la mayoría de las sociedades agrícolas, al menos uno de cada tres niños moría antes de alcanzar los veinte años de edad. Sin embargo, el aumento de los nacimientos todavía superaba el aumento de las muertes; los humanos siguieron teniendo un número cada vez mayor de hijos.

Con el tiempo, el «negocio del trigo» se hizo cada vez más oneroso. Los niños morían en tropel, y los adultos comían el pan ganado con el sudor de su frente. La persona media en el Jericó de 8500 a.C. vivía una vida más dura que la persona media en el Jericó de 9500 a.C. o de 13000 a.C. Sin embargo, nadie se daba cuenta de lo que ocurría. Cada generación continuó viviendo como la generación anterior, haciendo solo pequeñas mejoras aquí y allá en la manera en que se realizaban las cosas. Paradójicamente, una serie de «mejoras», cada una de las cuales pretendía hacer la vida más fácil, se sumaron para constituir una piedra de molino alrededor del cuello de estos agricultores.

¿Por qué cometió la gente este error fatal? Por la misma razón que, a lo largo de la historia, esta ha hecho cálculos equivocados. La gente era incapaz de calibrar todas las consecuencias de sus decisiones. Cada vez que decidían hacer un poco más de trabajo extra (cavar los campos en lugar de dispersar las semillas sobre la superficie del suelo, pongamos por caso), la gente pensaba: «Sí, tendremos que trabajar más duro. ¡Pero la cosecha será muy abundante! No tendremos que preocuparnos nunca más por los años de escasez. Nuestros hijos no se irán nunca más a dormir con hambre». Tenía sentido. Si trabajabas más duro, tendrías una vida mejor. Ese era el plan.

La primera parte del plan funcionó perfectamente. En efecto, la gente trabajó más duro, pero no previó que el número de hijos aumentaría, lo que significaba que el trigo excedente tendría que repartirse entre más niños. Y los primeros agricultores tampoco sabían que dar de comer a los niños más gachas y menos leche materna debilitaría su sistema inmunitario, y que los poblados permanentes se convertirían en viveros para las enfermedades infecciosas. No previeron que al aumentar su dependencia de un único recurso alimentario en realidad se estaban exponiendo cada vez más a la depredación y a la sequía. Y los granjeros tampoco previeron que en los años de bonanza sus graneros repletos tentarían a ladrones y enemigos, lo que les obligaría a empezar a construir muros y a hacer tareas de vigilancia.

Entonces, ¿por qué los humanos no abandonaron la agricultura cuando el plan fracasó? En parte, porque hicieron falta generaciones para que los pequeños cambios se acumularan y transformaran la sociedad, y a esas alturas nadie recordaba que habían vivido de forma diferente. Y en parte debido a que el crecimiento demográfico quemó las naves de la humanidad. Si la adopción del laboreo de la tierra aumentó la población de la aldea de 100 personas a 110, ¿qué diez personas habrían aceptado voluntariamente morirse de hambre para que las demás pudieran volver a los buenos y viejos tiempos? La trampa se cerró de golpe.

La búsqueda de una vida más fácil trajo muchas privaciones, y no por última vez. En la actualidad nos ocurre a nosotros. ¿Cuántos jóvenes graduados universitarios han accedido a puestos de trabajo exigentes en empresas potentes, y se han comprometido solemnemente a trabajar duro para ganar dinero que les permita retirarse y dedicarse a sus intereses reales cuando lleguen a los treinta y cinco años? Pero cuando llegan a esa edad, tienen hipotecas elevadas, hijos que van a la escuela, casa en las urbanizaciones, dos coches como mínimo por familia y la sensación de que la vida no vale la pena vivirla sin vino realmente bueno y unas vacaciones caras en el extranjero. ¿Qué se supone que tienen que hacer, volver a excavar raíces? No, redoblan sus esfuerzos y siguen trabajando como esclavos.

Una de las pocas leyes rigurosas de la historia es que los lujos tienden a convertirse en necesidades y a generar nuevas obligaciones. Una vez que la gente se acostumbra a un nuevo lujo, lo da por sentado. Después empiezan a contar con él. Finalmente llegan a un punto en el que no pueden vivir sin él. Tomemos otro ejemplo familiar de nuestra propia época. A lo largo de las últimas décadas hemos inventado innumerables aparatos que ahorran tiempo y que se supone que hacen la vida más relajada: lavadoras, aspiradores, lavavajillas, teléfonos, teléfonos móviles, ordenadores, correo electrónico. Previamente, escribir una carta, poner la dirección y el sello en un sobre y llevarlo hasta el buzón llevaba mucho tiempo. Para obtener la respuesta se tardaban días o semanas, quizá incluso meses. Hoy en día puedo escribir rápidamente un mensaje de correo electrónico, enviarlo a medio mundo de distancia y (si mi dirección está en línea) recibir una respuesta un minuto después. Me he ahorrado toda esta complicación y tiempo, pero ¿acaso vivo una vida más relajada?

Lamentablemente, no. Antaño, en la época del correo caracol, la gente por lo general solo escribía cartas cuando tenía algo importante que relatar. En lugar de escribir lo primero que se les venía a la cabeza, consideraban detenidamente qué es lo que querían decir y cómo expresarlo en palabras. Luego esperaban recibir una respuesta parecidamente considerada. La mayoría de las personas escribían y recibían no más que unas cuantas cartas al mes, y rara vez se sentían obligadas a contestar de inmediato. En la actualidad recibo cada día decenas de mensajes de correo electrónico, todos de personas que esperan una respuesta célere. Pensábamos que ahorraríamos tiempo; en cambio, aceleramos el tráfago de la vida hasta diez veces su anterior velocidad, haciendo que nuestros días sean más ansiosos y agitados.

Aquí y allí, un ludita resistente se niega a abrir una cuenta de correo electrónico, de la misma manera que hace miles de años algunas bandas de humanos rehusaron dedicarse a la agricultura y de esta manera escaparon de la trampa del lujo. Pero la revolución agrícola no necesitaba que todas las cuadrillas de una región determinada se incorporaran al proceso. Solo hacía falta una. Una vez que una banda se establecía y empezaba a labrar la tierra, ya fuera en Oriente Próximo o en América Central, la agricultura era irresistible. Puesto que la agricultura creó las condiciones para el rápido crecimiento demográfico, los granjeros podían por lo general superar a los cazadores-recolectores por una cuestión simplemente numérica. Los cazadores-recolectores podían huir, abandonando sus terrenos de caza a favor del campo y los pastos, o tomar ellos mismos la azada. De un modo u otro, la antigua vida estaba condenada.

El relato de la trampa del lujo supone una lección importante. La búsqueda de la humanidad de una vida más fácil liberó inmensas fuerzas de cambio que transformaron el mundo de maneras que nadie imaginaba ni deseaba. Nadie planeó la revolución agrícola ni buscó la dependencia humana del cultivo de cereales. Una serie de decisiones triviales, dirigidas principalmente a llenar unos pocos estómagos y a obtener un poco de seguridad, tuvieron el efecto acumulativo de obligar a los antiguos cazadores-recolectores a pasar sus días acarreando barreños de agua bajo un sol de justicia.

 

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