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El gobierno que se inventó a Fernando II y manipuló la Historia

 O gubierno que s’imbentó á Ferrando II e manipolió a Istoria

Un príncipe de nuestros tiempos, al cual no está bien nombrar, jamás predica otra cosa que paz y lealtad, y en cambio es enemigo acérrimo de una y otra; si él las hubiera observado, muchas veces le habrían quitado la reputación o el Estado.

…alegando siempre el pretexto de la religión para poder llevar a efecto las mayores hazañas, recurrió a una devota crueldad, expulsando y despojando a los moros de su reino: no puede ser este ejemplo más miserable ni más extraño.
…y así siempre ha hecho o concertado cosas grandes, las cuales siempre han tenido sorprendidos y admirados los ánimos de sus súbditos, y ocupados en el resultado de las mismas. Estas acciones han nacido de tal modo una de otra, que, entre una y otra nunca ha dado a los hombres espacio para poder urdir algo tranquilamente contra él.


Estas tres referencias (la primera generalmente admitida por los historiadores, las otras dos explícitas) de Nicolás Maquiavelo a Fernando II de Aragón, entresacadas de su obra más renombrada, El Príncipe, parecen tener la cualidad de describir también en nuestros días la admirable capacidad que el Rey Católico tuvo durante su vida para, a un tiempo, encandilar y pretextar, engañar y suscitar admiración. Fernando II, cual Cid Campeador puesto sobre su caballo después de muerto para vencer las batallas que sus seguidores querían ganar para sí mismos (que ya no para él, que ni sentía ni padecía) sigue siendo colocado a lomos de briosos corceles ideológicos para ganar las batallas, cuando no cruzadas, de nuestros príncipes del siglo XXI.
Consecuentemente con ese afán, los actuales gobiernos de Aragón y de España han organizado una interesante exposición sobre Fernando II de Aragón que, a la vista de las piezas reunidas y de la escrupulosa profesionalidad de los especialistas de la Universidad de Zaragoza encargados de su asesoramiento, no dudamos de que será de una altísima calidad formal. Sin embargo, el título con el que se lanza “El rey que imaginó España y la abrió a Europa” (enunciado al estilo de los títulos de las novelas suecas), lleva la inconfundible marca del político, no la del historiador.
¿Cómo si no es posible aseverar con tal rotundidad que Fernando II “imaginó España” en ausencia de todo fundamento documental mínimamente sólido? Más aún: ¿qué entienden los promotores de la exposición por “España” en el contexto del siglo XV? Y, deduciendo de tan sorprendente frase-título, que la España que imaginó Fernando II llegó a materializarse estando él vivo ya que –según se proclama– la “abrió a Europa”: ¿de verdad la abrió él? ¿es que estaba “cerrada” a Europa antes de su llegada al trono?
Como apuntaba Maquiavelo (contemporáneo suyo, no lo olvidemos), Fernando poseía la gran habilidad de llevar a cabo los actos de violencia y deslealtad que entendió necesarios de acuerdo con su propio interés como estadista y, al tiempo, disfrazarlos con los más nobles pronunciamientos y pretextos, salvaguardando con ello su buena reputación. Dado que, además, consiguió mantener a todos ocupados con las consecuencias de sus acciones, encadenadas de forma que nadie fuese capaz de reaccionar contra la verdadera naturaleza de éstas, casi podríamos afirmar que quienes concibieron el título de esta exposición nos han obsequiado con la pieza más genuinamente “fernandina” de la muestra, descollando como alumnos aventajados de su “escuela política”.
Porque una vez más, utilizando la gran necesidad que tenemos las aragonesas y aragoneses de reivindicarnos frente a tergiversadores pancatalanistas de una Historia que constituye uno de nuestros pilares identitarios, se nos ofrece disfrutar de un cordero de hermosa piel bajo la que aulla sus proclamas un lobo tan voraz de nuestras entrañas como el que nos acecha más allá de la clamor de Almacellas. Ambos son lobos, sin duda, y solo la torpe falta de pudor del segundo (más impaciente y conspicuo, nada fernandino) al prescindir de cualquier piel de cordero le hace parecer infinitamente más malo que el que se está merendando nuestra memoria histórica sin que nos enteremos.
Atengámonos a la Historia para aseverar que Fernando fue un príncipe acuciado por enormes dificultades y que, como niño que se educó (siguiendo la tradición aragonesa) compartiendo plenamente las vicisitudes de gobierno su padre, Juan II, se vio traumáticamente obligado a aprender deprisa y a desarrollar la más descarnada astucia: la que nace del afán de supervivencia en medio de un estado de permanente vulnerabilidad. Su propio nacimiento en Sos se explica porque su madre tuvo que buscar un lugar razonablemente seguro, aunque próximo, siquiera a unos pocos kilómetros de una Navarra cruelmente asolada por la guerra civil en la que su padre Juan II se estaba jugando su suerte y la de su estirpe.
Pero las cosas no harían sino ir a peor para los Trastámara de Aragón. La crisis económica que desde la segunda mitad del siglo XIV padecía Cataluña estaba agudizando una grave crisis social. En 1412, la iniciativa de las élites aragonesas había aprovechado la debilidad catalana para conseguir, con el Compromiso de Caspe y el cambio de dinastía, desplazar el centro político de la Corona de Aragón arrebatándoselo a Cataluña y haciendo que retornase al Reino de Aragón, apostar por una diversificación comercial volcada hacia Castilla y el ámbito Atlántico que superase el estancamiento del comercio mediterráneo y sustituir a Inglaterra por Castilla como aliado frente a la cada vez más amenazadora Francia. Pero, si en lo económico las cosas habían ido bastante bien para Aragón y Valencia con este estratégico viraje geopolítico, el declive catalán proseguía y acumulaba tensiones equiparables a las de un polvorín que, con la chispa del conflicto navarro, iban a estallar en una guerra civil que duraría diez años (1462-1472) con secuelas posteriores de enfrentamientos en el Rosellón y la Cerdaña entre Aragón y Francia.
La rebelión de una parte de la sociedad catalana, encabezada por su Diputación, llevó a ésta a declarar el destronamiento de Juan II en favor sucesivamente de los reyes de Castilla, Portugal y de la Casa de Anjou. Éstos no dudaron en intervenir militarmente contra Juan II, poniéndole contra las cuerdas y exigiendo un sobreesfuerzo militar y financiero que pesó negativamente sobre la recuperación económica que estaban conociendo los reinos de Aragón y Valencia.
En esos años, Juan hubo de concertar y romper alianzas alternativamente con castellanos, franceses y borgoñones en función de los vaivenes que dictaban los avatares bélicos; en pocas ocasiones se había encontrado la Corona de Aragón tan atacada por diferentes potencias rivales y tan carente de aliados fiables, con el agravante de que el conflicto se desarrollaba en su propio territorio y amenazaba con la pérdida de Cataluña. Una situación angustiosa para la corte aragonesa que, sin duda, marcaría una fuerte impronta en el carácter del joven Fernando, tan vinculado desde su más tierna infancia a la actividad política, diplomática y militar del país. Es muy posible que todo ello marcase su personalidad, inculcándole un vivo anhelo de poder y desarrollando su astucia, su capacidad de disimulo y su implacable acción hacia quienes considerase como amenazas reales o simplemente potenciales.
Así las cosas, Juan II, rey repudiado por una parte de sus súbditos y asediado militarmente por quienes deseaban suplantarle, buscó apoyo en una rama de la familia real castellana (también de la dinastía Trastámara) que conspiraba para hacerse con la Corona de Castilla. Ambos grupos de interés se hallaban en una posición de debilidad en sus respectivos Estados que deseaban superar, y Juan II no dudó en tomar la iniciativa para aunar sus fuerzas. La alianza política era indisociable de la circunstancia familiar, y el matrimonio era la forma de establecer esos vínculos fiables que permitían apuntalar los linajes en peligro o con ambiciones y la potestad política que éstos llevaban o podían llevar asociada. En ese contexto nació el incierto matrimonio (léase también “alianza político-dinástica”) de Fernando de Aragón e Isabel de Castilla.
Desde la perspectiva de Juan y Fernando, si este matrimonio (que, recordémoslo, se acordó tras arduas y largas negociaciones) fructificaba, Aragón podía asegurarse reforzar su alianza con Castilla, que se había visto socavada desde el Compromiso de Caspe por el conflicto de los infantes de Aragón y que incluso había puesto a ambos países en guerra en diferentes episodios, siendo el más amenazador el producido con ocasión de la guerra de Cataluña. El matrimonio de Fernando con Isabel permitía conjurar el peligro de que Francia y Castilla volviesen a quedar alineadas contra Aragón en un momento en que Inglaterra, que había sido derrotada en la Guerra de los Cien Años, ya no tenía capacidad para actuar en el continente europeo como aliada de Aragón al haber perdido Aquitania. Además, y continuando con la nueva apuesta comercial de Aragón, Castilla representaba un mercado cada vez más importante para las exportaciones aragonesas, valencianas y catalanas, así como una vía hacia el cada vez más pujante mercado atlántico.
Para unos estadistas en una posición tan vulnerable como la que ocupaban Juan II y su hijo Fernando (jurado en 1461 como heredero de Aragón y, desde 1468, rey de Sicilia), la alianza matrimonial con Castilla tenía, además de las ya enunciadas, otras ventajas potenciales: Castilla había adquirido unas dimensiones territoriales, demográficas y económicas enormes a lo largo de la Edad Media, pero políticamente era muy débil, permanentemente dividida y en disputa. Para un par de hábiles urdidores como Juan y Fernando, Castilla aparecería a sus ojos como una especie de “fortachón” que les podía defender de otros agresores pero al que podían manipular con relativa facilidad en interés propio.
No cabe duda de que la boda con la princesa Isabel de Castilla era para ellos una “inversión de futuro”, a pesar de que el enfrentamiento de ésta con su medio hermano Enrique IV había reducido enormemente sus posibilidades de heredar el trono. La habilidad de los Trastámara aragoneses y de sus aliados castellanos y, no lo olvidemos, su buena suerte permitieron que su apuesta rindiese sus beneficios. Las cesiones protocolarias (por ejemplo, en el orden de preeminencia heráldica y de los títulos acumulados) hechas en las negociaciones satisfacían el orgullo de los castellanos, pero la diferente potestad regia que los ordenamientos aragonés y castellano reconocían a cada uno de los consortes hacía que Fernando co-reinase en Castilla con Isabel, pero no lo contrario. Isabel no era reina de Aragón con todas las potestades de las que gozaba en Castilla, era meramente una reina consorte. Esto permitió a los aragoneses, una vez domeñadas las diferentes facciones de poder de Castilla y, aunadas sus energías, aplicándolas de forma prioritaria a la culminación de la reconquista castellana (verdadero “campo de pruebas” de lo que Fernando podía llegar a obtener de su nuevo reino), movilizar los ingentes recursos castellanos para asegurar las fronteras aragonesas, recuperar los territorios perdidos a manos de Francia y consolidar e incluso aumentar sus dominios en Italia y el Mediterráneo.
Para la seguridad e integridad territorial de la Corona de Aragón el beneficio fue inmediato y Aragón y Valencia recuperaron su pulso económico, si bien la Cataluña derrotada y arruinada (especialmente la ciudad de Barcelona) quedó sumida en el estancamiento, sin más ventaja en lo social y -a más largo plazo- en lo económico que la emancipación (previo pago) de los campesinos sometidos a las cargas y malos usos de los señoríos. Sin embargo, la capacidad que había adquirido Fernando para fortalecer su posición en el marco del equilibrio de poderes de la constitución pactista de sus estados aragoneses comenzó a socavar los cimientos de éstos, en un proceso que habría de continuar a lo largo de un siglo y medio antes de ser violentamente abolidos en 1707 a pesar del periodo de relativo respeto del que habían vuelto a gozar desde a mediados del siglo XVII.
Efectivamente, los usos de la corte castellana que Fernando trató de trasplantar a Aragón, y que en un principio se limitaron al plano de lo protocolario (por ejemplo, su inaudito empeño en 1472 por entrar en la ciudad de Zaragoza bajo palio ante el estupor de las autoridades), se trasladaron progresivamente al plano de los hechos políticos de calado. Sin embargo, su acción desequilibradora del sistema político aragonés no fue tan torpe como para osar atacarlo frontalmente, sino que empleó medios indirectos que se revelaron muy eficades para cortocircuitar los controles forales frente a las acciones arbitrarias del rey. Así, la instauración en 1483 de la “nueva” Inquisición le permitía contar con una verdadera policía secreta que, so pretexto de la ortodoxia religiosa, ejerció un férreo control político e ideológico de la población en todos sus dominios y sustraer sus acciones represivas del sistema de garantías forales. Asimismo, en 1487 se apropió del gobierno de la ciudad de Zaragoza que, además de ser un centro de poder decisivo como capital del país y por ejercer un fuerte liderazgo dentro del brazo de las universidades en las Cortes de Aragón, gozaba de un excepcional instrumento de represalia unilateral y desaforada, que la ciudad podía ejercer y ejercía de hecho a su arbitrio cuando se consideraba que sus intereses habían sido perjudicados por terceros: el Privilegio de los Veinte.
Así pues, aun mostrando toda su vida un escrupuloso respeto formal y material de la constitución aragonesa, Fernando II se procuró instrumentos que, amparados por el pretexto religioso de la pureza de la fe o mediante el control del poder de su ciudad capital, le permitieron realizar acciones destinadas a imponerse sobre la foralidad y su sistema de garantías legales, personales y políticas. Estas importantes brechas en el edificio político aragonés quedaron abiertas y en manos de sus sucesores Habsburgo, quienes las aprovecharon y ampliaron para someter al país a sus pretensiones absolutistas como emperadores y reyes “modernos”, aspecto tradicionalmente muy celebrado por la historiografía española que desde los tiempos de Menéndez Pidal (1869-1968) se ha dedicado a predicar el carácter “fundador de España” de los Reyes Católicos en apoyo sus ideas políticas, especial aunque no exclusivamente, durante la dictadura franquista, teniendo todavía un sorprendente grado de predicamento en nuestros días.
La nueva filosofía del poder proyectada en los planos político, ideológico, religioso, social y cultural (indisociables en esa época) a través de la Inquisición fue determinante para que los dominios de Isabel y Fernando comenzasen su progresivo cierre a las ideas e innovaciones de Europa. Fernando fue precisamente el rey que, de haberse podido llamar “España” a ese conjunto de Estados, la cerró a Europa. La España o Españas que había antes de la llegada al trono de Fernando habían estado abiertas desde siempre; sus fronteras eran mucho más permeables incluso que las actuales y las gentes y mercancías (solo con excepcionales limitaciones en algunas ocasiones), ideas y modas, las atravesaban más libremente incluso que en nuestros tiempos. Sus sucesores habsburgo y borbones no hicieron sino profundizar en esos supuestamente “modernos” instrumentos que fundó Fernando y que condenaron a esa España que algunos políticos interesados afirman que imaginó al subdesarrollo ideológico, científico, tecnológico, ético, moral y económico cuyas consecuencias todavía lastran nuestro progreso y bienestar en el siglo XXI. Si la tesis de “imaginar España” merece al menos el beneficio de un debate, la de “haberla abierto a Europa” es tan incompatible con la experiencia histórica que se diría que la ha acuñado un cínico con ánimo de ofender. Pero ese es precisamente otro de los clamorosos silencios de esta exposición organizada por nuestros apologéticos gobernantes: la ausencia de toda referencia a la Inquisición y la expulsión de los judíos. Una vez más, la Historia se manipula tanto por acción como por omisión.
Fernando II benefició a la Corona de Castilla en beneficio de la Corona de Aragón (incluso la adscripción de la conquistada Navarra a la Corona de Castilla, por ejemplo, aseguró la implicación castellana en cualquier conflicto con Francia en los Pirineos) y en esa misma lógica favoreció los intercambios y la coordinación entre los distintos Estados de los que era monarca. No en vano él desarrolló el sistema de virreinatos y constituyó el Consejo de Aragón para llevar a cabo esa labor desde Castilla, nuevo centro político de este imperio Trastámara. No es de extrañar que las cortes castellanas reunidas en Toledo en 1480 recogiesen en una ley las palabras de los monarcas al proclamar que

Pues por la gracia de Dios los nuestros Reynos de Castilla y de León y de Aragón son unidos, y tenemos esperanza que por su piedad de aquí en adelante estarán unidos, y permanecerán en una corona Real: E así es razón que todos los naturales de ellos traten y comuniquen en sus tratos y facimientos

¿Se puede colegir de estas palabras y de otros textos de la época de tenor similar (ninguno va más allá del que hemos reproducido arriba) que Fernando “imaginó” España? Ningún historiador mínimamente escrupuloso lo sostendría. Nada demuestra que lo que se promueva sea otra cosa que la colaboración de todos para mantener un edificio político compuesto de países distintos cuya única (aunque importantísima) institución común es la jefatura del Estado. El propio texto toledano refleja un desideratum de que esa unión dinástica perdure, pero no constituye un acta o instrumento legal de unión o –todavía menos- de fusión en un Estado unitario; ni siquiera se conoce ningún fuero o acto correspondiente que fuese en dicha línea emanado de las cortes generales o privativas de los Estados de la Corona de Aragón. Tampoco era la primera unión dinástica intentada a lo largo de la Edad Media entre ambas coronas o con la de Portugal. Si hablamos de “imaginar España” en un sentido político que, normalmente, debería corresponderse con el sentido geográfico que la palabra “España” ha tenido desde los tiempos de los romanos, tendrían tantos o más méritos Alfonso I de Aragón o cualquiera de los reyes leoneses entre los siglos X y XII que Fernando II de Aragón.
De hecho, para los Reyes Católicos España también era una noción esencialmente geográfica. Su unión dinástica y el desarrollo de nuevas instituciones y órganos de coordinación comunes no suponían la construcción de un Estado en la medida en que, por sí mismos, no sustituían a los títulos de soberanía territorial originarios en los que se fundamentaban sus respectivas potestades regias. La leyenda que figura en el friso del salón del trono del palacio real de Zaragoza (la Aljafería) realizado en 1491, reproduce la denominación oficial de sus títulos políticos de soberanía: Ferdinandus, Hispaniarum, Siciliae, Corsicae, Balearumque rex significa en castellano “Fernando, rey de las Españas, Sicilia, Córcega y Baleares”. De forma más prolija podríamos expresarlo así: Fernando es el soberano de diferentes reinos y principados de España y, fuera de ese ámbito geográfico concreto de la Europa continental, de los reinos homónimos situados en las islas o archipiélagos de Sicilia, Córcega y Baleares. ¡Allí lo tienen escrito, en el salón del trono del palacio de los Reyes de Aragón que aloja la exposición, salón que han recorrido juntos la Presidenta Rudi, el Rey Felipe VI y sus respectivos equipos de cortesanos del siglo XXI! ¿Dónde demonios ven todos ellos el sujeto político denominado España cuando el propio Fernando II les ha puesto por escrito delante de sus narices que no era así, que se trataba de otra cosa?
Teniendo en cuenta lo propensos que eran y siguen siendo los hombres y mujeres de Estado a reflejar sus aspiraciones y anhelos en sus proclamas más solemnes y de mayor calado político y propagandístico (y la del friso de la Aljafería lo es: en ella, por ejemplo, Fernando se reafirma como rey de Córcega, isla sobre la que los aragoneses no tenían control efectivo desde 1434, ni volverían a tenerlo jamás), extraña que esa idea que supuestamente imaginó de una única España política no quedase plasmada en la denominación de su título con un inequívoco Rex Hispaniae que, por si sola, no sería una evidencia concluyente de su concepción de un Estado español unitario, pero al menos no contradiría tal posibilidad.
Por si quedase alguna duda sobre las posibles concepciones o ensoñaciones políticas de Fernando, su conducta durante los últimos años de su vida todavía nos ayudará más a poner las cosas en su sitio: la ausencia de un heredero varón que asegurase el mantenimiento de la misma capacidad de control político de su dinastía en las coronas de Castilla y Aragón (en este último las reinas transmiten la corona pero carecen de potestad regia) y la inevitable toma de control político que supuso la entronización en Castilla de Felipe de Habsburgo acabaron desplazando a Fernando como factótum fundamental o eje del edificio político que había creado en colaboración con Isabel de Castilla, viéndose de nuevo desplazado al quedar únicamente como rey de sus Estados patrimoniales de la Corona de Aragón. Tras la conquista de Granada Fernando había conseguido el apoyo de la bien engrasada maquinaria de guerra castellana para detener la expansión francesa en Italia (guerra de 1494-1498) e incluso aumentar su dominio territorial en la zona completando la anexión del reino de Nápoles (guerra de 1501-1504) a expensas de Francia y ocupando diversas plazas estratégicas del norte de África. La muerte de Isabel en 1504 y la irrupción de Felipe de Habsburgo (llamado “el Hermoso”) apoyado por la nobleza castellana, acabaron excluyendo a Fernando en 1506 del ejercicio efectivo del poder en Castilla.
Fernando era consciente de que con la muerte de Isabel, que se produjo en noviembre de 1504, su alianza castellana tocaba a su fin y había que considerar nuevas alternativas para asegurar la posición de la Corona de Aragón en el contexto internacional. Así pues, no perdió tiempo en comenzar a negociar una alianza con Francia que pudiese restablecer el equilibrio de fuerzas ante la inminente ruptura de la alianza con Castilla. Para descartar la posibilidad de que se produjese una sucesión castellano-habsburguesa para el trono de Aragón y consolidar su relación con su nuevo aliado concertó su matrimonio con la princesa Germana de Foix, con la que buscó afanosamente tener un descendiente privativo de la Corona de Aragón. Asimismo, se aseguró con rapidez el pleno control aragonés sobre Nápoles destituyendo a Gonzalo Fernández de Córdoba como virrey y jefe del ejército allí desplegado el cual, muy airado y herido en su orgullo, se despachó con una furibunda invectiva contra el “desagradecido” rey aragonés. La farsa de las “Cuentas del Gran Capitán” es toda una bravata que ha hecho las delicias del militarismo españolista y antiaragonés, pero su verdadera significación radica en poner de relieve la enorme desconfianza de Fernando hacia Castilla y el riesgo de que en un golpe de mano ésta llegase a apropiarse de las conquistas italianas.
Los acontecimientos posteriores jalonan claramente la deriva rupturista entre Fernando y Castilla: en octubre de 1505 (no había transcurrido ni un año desde la muerte de Isabel I) ya estaba casado Fernando con Germana de Foix, y en los meses posteriores Felipe el Hermoso, con el apoyo de la nobleza castellana (los poderes urbanos, sin embargo, apoyaban a Fernando), provocaron la renuncia de Fernando al gobierno de Castilla y su retirada a Aragón. Como vemos, Fernando actuó de una forma que descarta claramente la existencia de toda idea o “imaginación de España” en su acción política. Sin renunciar en todo lo posible a influir en la política castellana, Fernando ya no se parece a un “rey español” sino que se vuelve a mostrar ante nuestros ojos el astuto rey aragonés (con pretensiones absolutistas y personalistas) que, a pesar de las apariencias, nunca dejó de ser.
La alianza matrimonial y política entre las ramas aragonesa y castellana de los Trastámara era ante todo eso: un imperio trastámara que solo habría de durar mientras fuese útil para los fines diferenciados de sus creadores. Su finalidad esencial fue la de movilizar los recursos combinados de Aragón y Castilla en beneficio propio y, de perdurar, en beneficio del príncipe de sexo masculino que hubiese de suceder a Fernando e Isabel. Para Fernando, en ausencia de sucesor apropiado para mantener este esquema dinástico, la alianza debería romperse para no hacer peligrar de nuevo la seguridad e integridad de sus posesiones patrimoniales, que eran las de la Corona de Aragón, si se convertía en un mero satélite de la Corona de Castilla, como acabó sucediendo a causa de su fracaso en el intento de separar ambas coronas al final de su vida.
Acompañado como había estado siempre por la fortuna, ésta le abandonó en ese último objetivo político de su vida y, como consecuencia de ello, confirmando de nuevo su aguda inteligencia como hombre de Estado para prever los acontecimientos futuros, Aragón cayó bajo el control de la nueva dinastía imperial y castellanocentrista que profundizó progresiva e inexorablemente en el proceso de asimilación que, solo por la fuerza de las armas y la imposición alumbró, dos siglos después de la muerte de Fernando, el Estado unitario al que se ha dado en llamar España.

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