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EN BUSCA DE LAS FUENTES DEL NILO

TIM JEAL

CRITICA, 2013
ISBN 9788498924930

DATOS DEL LIBRO

Nº de páginas: 656 págs.
Encuadernación: Tapa dura
Editorial: CRITICA
Lengua: CASTELLANO
ISBN: 9788498924930

 

RESUMEN DEL LIBRO

A mediados del siglo XIX el lugar de nacimiento del Nilo seguía siendo uno de los mayores misterios del planeta, como lo había sido desde la época de los faraones. Fue entonces, entre 1856 y 1876, cuando siete grandes exploradores, entre los cuales figuraba una mujer–Burton, Speke, Grant, Baker, Florence von Sass, Livingsto ne y Stanley- arriesgaron sus vidas compitiendo por desvelar el secreto de las fuentes del gran río, en una serie de arriesgadas expediciones, puntuadas por sufrimientos, enfermedades y muertes, que les permitieron revelar al mundo el corazón de un África hasta entonces ignorada. Descubrieron lagos como el Tanganica y el Victoria, fueron los primeros blancos en llegar a los reinos de Buganda y Bunyoro, denunciaron el tráfico de esclavos y propusieron soluciones que, pensadas para mejorar la vida de los africanos, acabaron conduciéndolos a la sujeción colonial. Tim Jeal, premiado por los críticos por su biografía de Stanley, nos ofrece una apasionante visión, basada en nuevas investigaciones, de una gran epopeya.

David Livingstone

Reseña de En busca de las fuentes del Nilo, de Tim Jeal

Ser explorador no era fácil. Si las enfermedades no lo mataban a uno, debía lidiar con reyezuelos africanos que, según su capricho o su (permítaseme el epíteto) xenofobia, vetaban la presencia de hombres blancos (si es que directamente no los atacaban); y eso sin dejar de lado las inclemencias climatológicas, la feracidad de la selva o el ataque de animales salvajes. Tampoco vamos a ofrecer un panegírico del explorador blanco, en ocasiones aliado con traficantes de esclavos, dispuesto a hacerse camino a sangre y fuego, negociando con abalorios y telas con esos reyezuelos, pagando poco o maltratando a porteadores de tribus que a veces tenían que defenderse (con o sin la ayuda del explorador) de las emboscadas de tribus enemigas.  Luego estaba lo que se esperaba de un explorador en su propio país. Al respecto, Richard Burton, a quien se le pueden criticar muchas vilezas, no estaba del todo errado cuando se quejaba de que «el viajero angloafricano en este momento del siglo XIX [1872] es un profesional que tiene demasiado trabajo […] pues se espera de él que revise y observe, que registre datos meteorológicos y trigonométricos, que cace y diseque pájaros y otros animales, que recoja muestras y teorías geológicas […] que haga avanzar los estudios todavía en pañales de la antropología, que lleve las cuentas, que haga dibujos y escriba un diario extenso y legible […] y que envíe largos informes para que los miembros de la Royal Geographical Society no se queden dormidos durante sus sesiones» (Zanzibar: City, Island and Coast, vol. II, pp. 222-223). No era fácil la tarea del explorador…
Y sin embargo hubo hombres dispuestos a sacrificar su vida, a empeñar su fortuna e incluso a arriesgar la honorabilidad de su nombre, y todo ello por un objetivo. Un sueño milenario que, en la era del ferrocarril, el telégrafo y los barcos a vapor (los tres pilares esenciales de la comunicación a mediados del siglo XIX), el avance de la medicina (Livingstone demostró la eficacia de la quinina para combatir la malaria), la primera mecanización de la guerra o inventos tecnológicos como el cronómetro, no se había cumplido todavía: el hallazgo de las fuentes del río Nilo. ¿Dónde surgía el Nilo Blanco, con sus seis mil kilómetros de longitud y tras unirse al Nilo Azul en Jartum? ¿Cómo era posible que un río como el Nilo avanzara por Sudán y Egipto, con el desierto a banda y banda, sin recibir caudal de ningún afluente? ¿De qué manantial, lago o río del África ecuatoriana nacía un rey que se nutría de las anuales inundaciones dadoras de vida? Hombres como el citado Richard Burton, John Hanning Speke, Samuel Baker (y su amante/esposa Florence), David Livingstone, Henry Morton Stanley (AKA John Rowlands) o James Grant dedicaron sus vidas a buscar las fuentes del Nilo en un período de veinte años (1856-1876) previo al reparto colonial del continente africano. Sus expediciones llenaron portadas de periódicos, los libros que algunos de ellos escribieron se erigieron en best-sellers de la época (y en el caso de Burton extendieron falsedades sobre hombres como Speke). Fueron dos décadas de apasionante exploración, vibrantes, de contactos con tribus y culturas que no estaban preparadas para los sustanciales cambios de las décadas de 1880 y 1890.
Tim Jeal (n. 1945), autor de biografías de Livingstone y Stanley, acerca al lector a la época de las grande exploraciones en busca de las fuentes del Nilo en la primera parte de su libro (la más sustancial y «aventurera»), mientras que en el segundo tramo explica las consecuencias. Exploradores vs. Políticos, política y Gobiernos, así podríamos resumir la dicotomía de En busca de las fuentes del Nilo(Crítica, 2013). Los exploradores lucharon entre sí por muchos motivos (ego, orgullo, aventura, fama, la ciencia, Inglaterra…) por encontrar, cada uno desde rutas diferentes, el lugar donde nacía el Nilo Blanco. Burton estuvo convencido que nacía en el lago Tanganica; Speke (con la ayuda de Grant) acabaría llevándose al gato al agua, gracias a las posteriores expediciones de Stanley, que confirmó su teoría, de que cabía concederle el lugar de nacimiento al lago Victoria, que descubrió pero apenas pudo explorar a fondo; su legado lo recogió el propio Stanley, que realizaría las expediciones más extensas (también las más fracasadas a título personal) y que pondría las bases, voluntaria e involuntariamente, al proceso colonizador (digámoslo claro, al reparto de la tarta africana confirmada en la conferencia de Berlín de 1884-1885). Livingstone se obsesionó con el río Lualaba, y aunque sus motivos fueron a priori los más desinteresados (y murió en su empeño), se negaba a aceptar que otro explorador consiguiera llegar a meta. Baker siguió parte de la senda de Speke y descubrió, acompañado de la joven Florence von Sass, el lago Alberto. Todos ellos lograron mucho más de lo que esperaban: gracias a sus expediciones escribieron páginas hasta entonces en blanco sobre la geografía del África central, pusieron en contacto a la civilización occidental con los diversos reinos que con el tiempo formarían (mezclados y divididos entre sí) países como Uganda, Ruanda, Burundi, Tanzania, Kenia y el Congo. Sus aventuras nos resultan pioneras, sus avatares azarosos y su nombre quedó grabado en letras de oro en el imaginario colectivo. La suya fue una época de gloria, esperanza (su lucha contra el tráfico de esclavos) y conocimiento.
Pero el legado sería el que quizás les habría deprimido más; especialmente a hombres como Livingstone y Speke. En la década de 1880, cuando los gobiernos británico, francés y alemán vieron que la utilidad práctica de las expediciones precedentes iba mucho más allá de los nobles propósitos de la ciencia o la mera exploración, y cuando Leopoldo II de Bélgica contrató a Stanley para que sentara las bases de lo que sería pronto el Estado Libre del Congo, la política y la geoestrategia pesaron más en la balanza. Y se produjo la lucha contra el Mahdi en Sudán, las disputas entre Pierre Sarvognan de Brazza y Stanley por el control de las dos orillas del río Congo, las constantes campañas contra el tráfico de esclavos (finalmente erradicado aunque a la postre transformado en otra práctica), las mezquinas e ignorantes decisiones que dividieron tribus africanas entre sí por colonias dibujadas con tiralíneas… Sus consecuencias llegan hasta la actualidad, sobre todo en dos casos: por un lado, hay que buscar en las querellas alrededor de la región de Ecuatoria las raíces del conflicto civil en Sudán que se alargó durante décadas  en el siglo XX y que en 2011 se solucionó a medias con la independencia de Sudán del Sur. Por el otro, Uganda, aglutinador de regiones como Bunyoro, Ankola, Busoga y Buganda y tribus como los acholi, se convirtió desde su formación como colonia británica en un nido de conflictos étnicos, de los que la metrópolis se desentendió con la independencia del país en 1962 y que no se han resuelto a día de hoy. 

El resultado es un libro amenísimo, evocador y quizá todo un descubrimiento de unos escenarios y una época. Y unos personajes: sería largo resumir aquí las numerosas mentiras que Burton dijo de Speke y sus expediciones, empezando por las que ambos compartieron en Somalia y en la ruta hacia el lago Tanganica; las ambiciones de Speke y su desencanto al no recibir la gloria de sus colegas británicos; Stanley y el modo en el que (re)inventó su propia vida y proyectó encontrar a Livingstone y acompañarle en sus exploraciones; el papel de Baker en la región de Ecuatoria y su ambivalente relación con Speke y Grant; o las contradicciones (y el orgullo) de un Livingstone que navegó entre la predicación cristiana, la denuncia de la esclavitud y la obsesión por avanzar siempre hacia adelante aun costándole la vida. Al final, el lector quedará seducido por las aventuras de estos pioneros, sus virtudes y defectos, y quizá comparta la conclusión de Tim Jeal: «Los exploradores del Nilo abrieron África al interés de los occidentales en una época en la que cada año se producían nuevas devastaciones en zonas todavía más grandes del continente. El valor y la visión de este pequeño grupo de hombres no son menos loables por el hecho de que en el siglo XX no se hicieran realidad las esperanzas que abrigaban para el futuro de las regiones que ellos revelaron a los demás a costa de tantos inconvenientes y penalidades. Como tampoco han perdido su valor los planteamientos de los defensores de los principios humanitarios del siglo XIX por el hecho de que los gobiernos posteriores de Europa y África no hayan estado a la altura de sus ideales».

LAS FUENTES DEL NILO: LA GRAN AVENTURA DE BURTON Y SPEKE

El Nilo es un río extraordinario, y no sólo por su enorme longitud, de unos 6.750 km (de acuerdo con las últimas mediciones, lo que lo convierte en el más largo del mundo), sino por ser un auténtico milagro de la Naturaleza. Resulta asombroso que una caudalosa corriente de agua que nace en el corazón del Africa negra, en las orillas del gran lago Victoria, en Uganda, siga precisamente esa ruta casi invariable hacia el norte, atraviese extensos territorios de Uganda y Sudán del Sur, se disipe en un extensísimo e impracticable laberinto pantanoso (el Sudd), prosiga hasta Jartum, donde recibe las aguas de su último gran afluente, el Nilo Azul, se interne en los desiertos de Nubia y Libia y continúe fluyendo incansable por los secos territorios de Sudán del Norte y Egipto, aportando vida y verdor a su paso, hasta su desembocadura final en el Mediterráneo, entre Alejandría y Port Said. Un auténtico capricho de la Naturaleza que, entre otras cosas, posibilitó que hace más de 5.000 años naciera en las orillas de su curso bajo la civilización egipcia, que aún hoy nos sigue hechizando con su arte, su historia, su maravillosa arquitectura, su mitología y su misterioso lenguaje de jeroglíficos. Las aguas del gran río obraron el milagro, aportando una imprescindible fecundidad a las tierras que lo bordean.

          Pero el Nilo es también, o al menos lo ha sido hasta no hace mucho tiempo, un río misterioso. Durante cientos, miles de años, guardó celosamente el secreto de su origen. La ubicación exacta de las Fuentes del Nilo fue durante muchísimo tiempo una incógnita que absorbió la mente y la imaginación del hombre. Aparentemente, nadie había logrado descifrar el misterio y llegar hasta su nacimiento, documentándolo de manera fehaciente. Los grandes obstáculos naturales, como las famosas cataratas con las que se topaban quienes intentaban navegar corriente arriba desde el Alto Egipto, y la increíble longitud del poderoso río hacían siempre fracasar cualquier intento de expedición en busca de su origen. Hay que citar, no obstante, lo que pudiera interpretarse como el indicio de una excepción a lo que acabo de exponer. En efecto, el astrónomo y geógrafo griego Ptolomeo(siglo II d.C.) dejó un mapa del curso fluvial en el que aparecían dos grandes lagos en el interior del continente africano, de los que supuestamente nacía el Nilo, y en los que, a su vez, se vertían las aguas procedentes de las nieves fundidas que cubrían una alta cordillera, bautizada por él mismo con el nombre de montañas de la Luna. Diecisiete siglos después, se pudo confirmar la veracidad de dicho mapa, identificando los dos lagos como el Victoria y el Alberto, así como la misteriosa cordillera, que no es otra que la de Ruwenzori, entre Uganda y la R.D. del Congo. ¿Cómo pudo llegar a saber Ptolomeo estos datos, que el tiempo demostraría mucho después que eran reales? ¿Casualidad o certeza? ¿Hubo ya en la antigüedad una expedición que verificase la existencia de estos accidentes geográficos, orígenes del gran río? Esto aún constituye un misterio por descifrar.

 Richard F. Burton

 John H. Speke

Con todo, hubo que esperar hasta la segunda mitad del siglo XIX para que un explorador británico comprobase de manera indiscutible el lugar exacto del nacimiento del misterioso río Nilo. Y con ello llegamos a la gran expedición de Richard F. Burton y John H. Speke, que intentaré resumir con la mayor concisión posible, a fin de mantener en todo momento la atención y el interés del lector. De cualquier modo, el relato de su viaje es absolutamente fascinante. Para mayor detalle, recomiendo acudir al estupendo libro de mi admirado escritor Javier Reverte, titulado “El sueño de Africa”, el primero de una serie de excelentes trabajos literarios sobre el continente africano, y que guardo en casa como un tesoro. También recomiendo la película “Las montañas de la Luna” (Mountains of the Moon), una interesantísima producción norteamericana de 1990, no muy conocida en España, dirigida por Bob Rafelson, que narra la aventura de ambos exploradores con bastante fidelidad. La fotografía que encabeza este artículo pertenece precisamente al mencionado film (en color, por supuesto).

Richard Burton y John Speke compartían el hecho de haber sido oficiales del ejército británico y haber prestado servicio en la India. En todos los demás aspectos, eran dos personalidades completamente opuestas: extrovertido, culto, políglota, buen comunicador, carismático y gran escritor el primero, mientras que el segundo era mucho más reservado, apenas se manejaba en otro idioma que no fuera el suyo, carecía de dotes para la escritura, aunque dibujaba muy bien y, sobre todo, era un hombre extraordinariamente tenaz y escrupuloso a la hora de comprobar los hechos. Ambos, pese a todas sus diferencias, tenían en común el mismo sueño: hallar las enigmáticas fuentes del Nilo. Con el apoyo y la financiación de la Royal Geographical Society de Londres, se organizó la expedición, la cual partiría, por consejo y decisión del propio Burton, desde las costas africanas del Índico, frente a Zanzíbar, en lugar de seguir la ruta tradicional de remontar el propio curso del río desde Egipto. El 17.06.1857 y desde Bagamoyo (costa de Tanzania), en palabras del propio Javier Reverte, dio comienzo “uno de los viajes más ambiciosos de la Historia y una de las expediciones más románticas que ha emprendido el hombre”. Partieron con un numeroso grupo de porteadores, esclavos y soldados indígenas, en total más de 130 hombres, y se internaron hacia el oeste, siguiendo una ruta ya frecuentada por las caravanas árabes de esclavos. No obstante, el viaje fue lento, largo y muy penoso, por culpa de las numerosas deserciones, los robos, el cansancio y las enfermedades, que en varias ocasiones estuvieron a punto de acabar con sus vidas. Casi 5 meses despúes, en noviembre, llegaron a Tabora (más o menos en el centro de la actual Tanzania), un punto neurálgico del tráfico de esclavos y marfil, controlado por mercaderes árabes y situado a unos 700 kilómetros del punto de partida. Allí se detuvieron varias semanas, descansando y reponiéndose de sus heridas y enfermedades.

A mediados de diciembre de 1857, reemprendieron el camino, adentrándose más en el interior de Africa, siempre hacia el oeste. De nuevo, los problemas de salud continuaron cebándose con ellos, hasta que un día, casi vencidos por el agotamiento y las infecciones, desde lo alto de una colina divisaron en la lejanía una franja plateada. Era el 14.02.1858, ocho meses después de su partida desde la costa del Índico, y se habían encontrado con ellago Tanganika. De inmediato, Richard Burton tuvo casi la certeza de que habían llegado al fin a su destino, dando por sentado que el río Nilo fluía desde aquel gran lago. Por su parte, John Speke, muy debilitado y momentáneamente casi ciego, debido a una grave infección ocular, no se mostró tan convencido, al menos hasta que no se explorase debidamente el contorno de aquella extensión de agua. Intentaron, pues, recorrerlo en canoa, siguiendo la línea costera oriental hacia el norte, pero por diversas dificultades y contratiempos, no pudieron finalizar su exploración. Los indígenas les habían informado de la existencia de un río en la parte septentrional del lago, pero advirtiendo que aquél vertía sus aguas en el lago, y no al revés. Este testimonio, sin embargo, no pareció importarle a Burton, quien cada vez se reafirmaba más en su tesis de hallarse ante el verdadero origen del Nilo. De cualquier modo, dado que se encontraban en muy malas condiciones y al borde de la extenuación, ambos acordaron dar por finalizado su viaje y emprender el regreso. En aquellos momentos, las relaciones personales entre ambos exploradores se habían deteriorado casi por completo, debido a lo opuesto de sus temperamentos y a su gran discrepancia de criterios.

De vuelta a Tabora, donde descansaron de nuevo y repusieron fuerzas, oyeron hablar de otro gran lago, situado al norte de donde se encontraban, al que los indígenas de la región denominaban Nyanza (lago, en realidad). Speke, que estaba convencido de que el Tanganika no era lo que estaban buscando, se separó temporalmente de su compañero, que permaneció en Tabora, y emprendió una larga incursión en solitario que le llevó, por fin, a las orillas meridionales del nuevo lago, al que bautizó con el nombre de Victoria, en honor de la reina de Inglaterra. Aunque no tuvo tiempo ni medios para comprobarlo, enseguida tuvo el presentimiento de que aquella inmensa extensión de agua sí era el origen del Nilo. Volvió a Tabora a reunirse con Burton y, ya juntos, afrontaron la última etapa de su viaje de regreso, hasta Zanzíbar. Como bien describe Javier Reverte en su magnífico libro, “El sueño de Africa”, la compañía entre ambos era por estricta conveniencia, pues su relación era pésima. Nada más poner pie en la isla de Zanzíbar, a donde arribaron el 04.03.1859 (tras casi 2 años de vicisitudes por el interior de Africa), Speke se embarcó en solitario hacia Inglaterra. Cuando llegó a Londres, contraviniendo el acuerdo al que había llegado expresamente con su compañero de expedición, se puso de inmediato en contacto con la Royal Geographical Society, informando de sus viajes y conclusiones. Cuando Richard Burton desembarcó en la capital inglesa, unas dos semanas después, se encontró con la desagradable sorpresa de que Speke le había arrebatado todo el protagonismo y ya era considerado como el descubridor del Nilo. Corría el mes de mayo de 1859.

De todas formas, y dado que todavía, y pese a todas las evidencias, no se había documentado y verificado el origen exacto del gran río africano, el propio John Speke consiguió organizar una segunda expedición un año después, esta vez con una mayor financiación de la R.G.S y con el apoyo expreso del Foreign Office. El descubrimiento del nacimiento del río y la determinación precisa de su curso completo habían adquirido un sentido estratégico, comercial y militar para el Imperio Británico, independientemente de su puro valor geográfico. En esta ocasión, Speke se hizo acompañar por otro oficial, el capitán James A. Grandt, asegurándose previamente de su fidelidad y de que en ningún momento le pudiera robar el protagonismo y el éxito de la expedición. Siguieron la misma ruta inicial del primer viaje pero, al llegar de nuevo a Tabora, se dirigieron expresamente hacia el norte, hasta alcanzar la costa meridional del lago Victoria. Speke iba ya a tiro hecho, con resuelta determinación. Bordearon el inmenso lago por su orilla occidental, hacia el norte, y en febrero de 1862 lograron ser recibidos por el poderoso rey (kabaka, en lengua nativa) Mutesa I, soberano de Buganda. En la corte de este monarca, Speke fue informado de lo que ya sospechaba, es decir, que no muy lejos de allí, un gran río fluía desde el lago  en dirección norte. Poco tiempo después, acompañados por guías, Speke y Grandt partieron de Buganda en busca de su ansiado objetivo. Antes de alcanzar su destino, Speke decidió mandar a Grandt hacia el norte, mientras él proseguía su búsqueda en solitario de las esquivas fuentes. Acordaron reunirse después, río abajo, como así sucedería varias semanas más tarde, pero estaba claro que el quería la gloria del descubrimiento para sí mismo, sin que nadie le hiciese sombra. Vivió un momento emocionante cuando en plena selva se topó con una poderosa corriente de agua, en la que pululaban hipopótamos, cocodrilos y diversa fauna salvaje: el río Nilo, ya sin lugar a dudas. Lo siguió curso arriba, hacia el sur, y unos días después, el 28 de julio de 1862, dio finalmente con el lugar exacto en el que el legendario y fabuloso río se desbordaba desde el mismo lago Victoria, por medio de un salto de agua de escasa altura. Bautizó el sitio como Ripon Falls (Cataratas Ripon), en honor de uno de los miembros más destacados y entusiastas de la R.G.S. Las fuentes del Nilo ya habían sido descubiertas por un explorador europeo de la Edad Contemporánea.

En contra de lo que pudiera parecer, y a pesar del valiosísimo testimonio aportado por John H. Speke, el debate científico sobre el origen del Nilo no se cerró, sino que al regreso de éste a Londres renació una agria disputa en el seno de la R.G.S. Allí le esperaba su enemigo número uno, Richard Burton, quien, tras oir la descripción del segundo viaje y los nuevos descubrimientos de Speke, hizo todo lo posible por rebatir sus conclusiones, arrojando todo tipo de dudas acerca de su veracidad. Pese a estar profundamente equivocado, Burton era un consumado orador y polemista, y puso contra las cuerdas al bueno de Speke. Por desgracia, éste último, por una amarga ironía del destino, sufrió a los pocos días un desgraciado accidente con una escopeta de caza y murió, sin haber podido zanjar por completo la disputa con su antiguo compañero y ahora enemigo declarado. Aún tuvieron que transcurrir 13 años más hasta que otro mítico explorador  africano, Henry Morton Stanley (el protagonista de su famoso encuentro con Livingstone) explorase concienzudamente los lagos Tanganika y Victoria y certificara de manera definitiva el nacimiento del Nilo Blanco en la orilla septentrional del Victoria, en Ripon Falls, con lo que el descubrimiento de John H. Speke quedaba plenamente ratificado.

Nota complementaria:  El llamado Nilo Blanco, al que me he referido en todo este artículo, es la corriente con mayor longitud del conjunto de la cuenca nilótica y, por tanto, a la que se puede considerar con rigor el Nilo auténtico. De todas formas, como muchos sabrán, existe también el Nilo Azul, que se une al Nilo Blanco en Jartum (Sudán), aporta también un importante caudal y procede de las tierras altas de Etiopía, en concreto del lago Tana. Se da la circunstancia de que el descubrimiento de su propio origen, por parte de un europeo, se atribuye al jesuita español Pedro Páez (siglos XVI y XVII), que permaneció bastante tiempo en la corte de los reyes de Etiopía, dedicado a tareas de evangelización. Sus interesantísimas peripecias están también recogidas en otra obra de Javier Reverte“Dios, el diablo y la aventura”.

Fuente: El mirador de don Fernando

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