PRISCILIANO

Publicado: 30/10/2011 23:36 por Miguel Anchel Sanz en HISTORIA

 

 

Prisciliano

«Prisciliano enseñó que los nombres de los Patriarcas corresponden a las partes del alma, y de modo paralelo, los signos del Zodíaco se corresponden con partes del cuerpo». Cita de Orosio, en su Communitorium de errore Priscillianistarum et Origenistarum.

Prisciliano de Ávila (¿Gallaecia?, aprox. 340 – Civitas Treverorum, actual Tréveris, 385), obispo hereje hispano, fundador del priscilianismo, fue, junto a otros compañeros, el primer hereje ajusticiado por el gobierno secular en nombre de la Iglesia Católica.


 Orígenes y primeros pasos

Según Próspero de Aquitania, se cree que nació en la provincia romana de Gallaecia, en el entorno de una familia senatorial. Pero, por las referencias a su origen noble, es probable su ligación con la Bética o Lusitania, donde había un mayor desarrollo de fundus aristocráticos que en la Gallaecia, aunque otros autores han señalado una mayor importancia de este tipo de latifundios en el noroeste de la Península Ibérica de la considerada hasta ahora. En torno al año 370 viaja a Burdigala (Burdeos) para formarse con el retórico Delphidius. A las afueras de esta ciudad funda una comunidad de tendencia rigorista junto a su mentor y la mujer de éste, Eucrocia. Se le reconoce una relación con la hija de ambos, Prócula, aunque San Jerónimo hace mención a una mujer llamada Gala como su pareja oficial. Su principal adversario, Itacio de Ossonoba, atribuye sus conocimientos de astronomía y magia a un tal Marcos de Memphis. Sin embargo, este nombre parece remitir a un mago alejandrino del siglo I citado por San Ireneo en su Adversus haereses. Hacia el 379, durante el consulado de Ausonio y de Olybrio vuelve al noroeste peninsular y comienza su período predicante. Sus ideas obtuvieron gran éxito, en especial entre las mujeres y las clases populares, por su rechazo a la unión de la Iglesia con el Estado imperial y a la corrupción y enriquecimiento de las jerarquías. Ante la rápida extensión de sus enseñanzas, Higinio de Córdoba, el sucesor de Osio, envía una carta informando de la situación al obispo de la sede metropolitana de Emerita Augusta (Mérida, capital de la Dioecesis Hispaniarum), El conflicto

Estos dos obispos, junto a Itacio de Ossonoba, convocan el Concilio de Caesaraugusta (actual Zaragoza) en el año 380 (otras fuentes lo sitúan unos años antes, en el 378) , con el fin de condenar las ideas priscilianistas. A este sínodo acudieron dos obispos aquitanos y diez hispanos, lo que parece indicar una fuerte y rápida expansión del movimiento ascético iniciado por Prisciliano, pero la ausencia de los dos principales obispos acusados de priscilianistas, Instancio y Salviano, evita la condena en firme. Las actas dicen que el obispo de Astorga, Simposio (padre de Dictinio, quien años más tarde ocupará esa sede) abandonó el Concilio al segundo día. Este prelado ocupará años después un lugar relevante entre los discípulos del hereje galaico. El obispo Valerio, anfitrión del sínodo, recoge las recomendaciones de Dámaso, obispo de Roma, de evitar la condena in absentia. Poco después esos dos obispos (Instancio y Salviano) elevarán a Prisciliano a la sede vacante de Abula (Ávila).

En un intento de acercar posturas, Instancio y Salviano viajan a Emerita Augusta (Mérida) para entrevistarse con Hidacio pero se ven obligados a huir de una turba de exaltados arengada por el obispo metropolitano.

Se produce entonces un nutrido cruce de acusaciones epistolares entre priscilianistas y ortodoxos. Hay que tener en cuenta que la extensión de las enseñanzas de Prisciliano se produce en todos los estratos sociales, incluyendo muchas familias influyentes de casi todas las provincias hispanas. Finalmente, una carta enviada por Hidacio a Ambrosio, obispo de Mediolanum (Milán), donde se encuentra instalada la corte imperial, convence a éste para obtener un rescripto del emperador Graciano excomulgando y desterrando de sus sedes a Prisciliano y sus seguidores.

  El viaje

Corre el año 382 y Prisciliano decide viajar a Roma para defenderse, pero el obispo de Roma, Dámaso (en plena pugna por obtener la primacía de la sede romana y convertirse, así, en el primer Papa «oficial»), y también de familia oriunda de Hispania, se niega a recibirle por no considerarse competente para anular un rescripto del emperador. Finalmente viaja a Milán, y aprovecha la ausencia de Graciano para convencer a su magister officiorum (Mayordomo Mayor) Macedonio de que anule el anterior decreto imperial.

De este modo regresa a Hispania, reafirmando la situación de su grupo y consiguiendo, de paso, que Itacio sea acusado de perturbador de la Iglesia. El procónsul Volvencio ordena la detención del obispo antipriscilianista y éste se ve obligado a huir a Civitas Treverorum (Tréveris), bajo el amparo del obispo Britto.

En el año 383 el también hispano Magno Clemente Máximo, gobernador de Britania, cruza a las Galias al mando de 130.000 soldados haciendo huir al emperador Graciano, a quien finalmente asesina en una emboscada en los bosques de Lugdunum (Lyon). Sus legiones lo nombran nuevo imperator de Occidente, pero este nombramiento no es visto con buenos ojos por Teodosio, emperador de los territorios Orientales. Esta situación delicada le hace buscar apoyos en la Iglesia Católica, a su vez necesitada de amparo institucional para enfrentarse a los numerosos movimientos disidentes que la asedian (arrianos, rigoristas, binionitas, patripasianos, novacianos, nicolaitas, ofitas, maniqueos, homuncionitas, catáfrigos, borboritas, o los propios priscilianistas).

 La condena

En esa alianza de conveniencia se encuadra el desarrollo posterior de los acontecimientos: la Iglesia oficial se enfrenta a un movimiento popular muy extendido por toda la península Ibérica y buena parte de las Galias, y Máximo desea ofrecer una mano tendida en forma de condena oficial al priscilianismo. Pero la aplicación de una sentencia por herejía conlleva la confiscación por parte del Estado de todos los templos de la secta, lo que no interesa a la jerarquía eclesiástica ni sirve a los intereses del emperador. De este modo se diseña un proceso judicial ad hoc que pretende condenar a los obispos hispanos por maleficium (brujería). Esta sentencia, más favorable a las arcas del nuevo emperador, incluye la requisa de todas las propiedades personales de los acusados, quienes, recordemos, pertenecen a pudientes familias hispanas, sin afectar al patrimonio eclesiástico.

Se convoca, entonces, un nuevo concilio en Burdeos al que deciden acudir Prisciliano y varios de sus seguidores, y en el que se condena de nuevo la herejía priscilianista, pero del que sólo se obtiene de facto la deposición de Instancio de su sede. Durante la celebración de este cónclave, una multitud enajenada lapida a Urbica, una discípula de Prisciliano. Éste abandona el cónclave y se dirige al norte, a Tréveris, en la Germania Superior, donde Máximo ha establecido su corte, para convencer al emperador de que tercie a favor de su grupo, sin saber que allí Itacio de Ossonoba ya ha tejido la red que acabará con su vida.

En el año 385 Prisciliano llega a Tréveris, donde es acusado, a través de Evodio, prefecto del emperador, de la práctica de rituales mágicos que incluyen danzas nocturnas, el uso de hierbas abortivas y la práctica de la astrología cabalística.

Tras obtener mediante tortura una confesión del mismo Prisciliano, es decapitado junto a sus seguidores Felicísimo, Armenio, Eucrocia (la viuda de Delphidius), Latroniano, Aurelio y Asarino. Todos ellos se convierten en los primeros herejes ajusticiados por la Iglesia Católica a través de una institución civil (secular).

Priscilianismo

Tras la ejecución de Prisciliano el movimiento herético se mantuvo en vigor durante al menos dos siglos más, sobre todo en su Gallaecia de origen, como lo demuestran los sucesivos concilios convocados para tratar el tema.

Inmediatamente después del proceso de Tréveris, Máximo envía dos comisarios a Hispania para depurar las sedes episcopales de todo rastro de priscilianismo, iniciándose una cadena de ajusticiamientos y deportaciones que acabaron por despertar las iras de sectores de la iglesia oficial descontentos con el curso de los acontecimientos. Martín de Tours, Jerónimo en Roma y Ambrosio de Milán representaban una facción, dentro del cuadro de ortodoxos leales a Roma, que se había opuesto desde un principio a la injerencia imperial en asuntos eclesiásticos. Son estos padres de la Iglesia, en especial Martín, quienes detienen el desproporcionado movimiento itaciano, denominado así por su principal impulsor, Itacio, el obispo de Ossonoba.

San Agustín de Hipona, uno de los padres de la iglesia más activos contra el priscilianismo.

En el año 388 Máximo es derrotado y decapitado por Teodosio, y la situación da un vuelco hasta el punto de que el propio Itacio es excomulgado en el 389 por su implicación directa en el juicio secular contra Prisciliano. En este año, según Sulpicio Severo, varios discípulos viajan hasta Tréveris con el permiso de Roma para exhumar los restos de su líder y llevarlos a su Gallaecia natal. A la cabeza de esta delegación se encuentra Dictinio, autor de uno de los pocos opúsculos priscilianistas de los que se conoce su existencia (aunque no se conserva ningún ejemplar). De ese libro, titulado Libra, se conservan tan sólo referencias indirectas en la obra de San Agustín de Hipona Contra mendacium. Refiere este autor que los priscilianistas consideran lícito mentir para proteger su existencia, hasta el punto de que se recoge un santo y seña mediante el que se reconocen: Iura, periura, secretum prodere noli (juramento de inviolabilidad de los secretos del grupo, aun a costa de mentir).

En el año 396 se convoca un Concilio en Toledo en el que los seguidores de Prisciliano abjuran de sus ideas y declaran haber abandonado los errores de la secta, pero la constatación de la pervivencia de costumbres priscilianistas (consagración de la eucaristía con leche y uvas, ayuno, la presencia de clérigos con el pelo largo...) obliga a la celebración de un nuevo concilio en Toletum en el año 400. En este sínodo se asegura que once de los doce obispos de la Gallaecia eran priscilianistas. El único obispo no priscilianista era el de la diócesis de Bretoña, no galaica, sino británica. (Entre los siglos IV y V miles de celtas de la provincia romana de Britania bajo el mando del obispo Maeloc cruzan a Armórica, en la Galia, y a Gallaecia, fundando la provincia-obispado de Bretoña. Un par de siglos después será también un monje bretón, Pelagio, el que anuncie el descubrimiento de la tumba del apóstol Santiago). Las actas de ese concilio recogen el testimonio de abjuración de su herejía de Simposio, su hijo Dictinio y el presbítero Comasio.

Tras la muerte de Máximo, Teodosio se proclama emperador de Oriente y Occidente; pero su muerte en el 395 deja de nuevo el imperio dividido entre sus dos hijos. Al mayor, Arcadio, le corresponden los territorios orientales y al joven Honorio, con apenas once años, el imperio occidental, tutelado por Estilicón. El movimiento priscilianista se ha ido transformando en este tiempo en una sociedad secreta, que ejerce el suficiente poder en el noroeste peninsular para que el papa Inocencio I decrete la Regula fidei contra omnes hereses, maxime contra Priscillianistas en el año 404. Entre las filas del movimiento priscilianista algunos autores han incluido a Baquiario, un monje itinerante de finales del siglo IV, y a Egeria, autora de la primera crónica de viajes a tierra santa del cristianismo escrita por una mujer.

En el año 409 Honorio define su política decantándose en contra del movimiento priscilianista, condenando a sus seguidores a perder sus bienes y derechos civiles, llegando a imponer multas a los funcionarios civiles remisos a perseguir la herejía.

Es el año en que los bárbaros se desbordarán por el imperio, y el priscilianismo sobrevivirá en el noroeste peninsular, sobre todo en el entorno rural, al amparo de la independencia política de Roma. A mediados del siglo V, Santo Toribio, obispo de Astorga, se aplicó a arrebatar de manos de los fieles todos los libros priscilianistas y, comprendiendo que todavía este remedio era ineficaz, remitió al papa San León el Magno el Communitorium, enumeración de los errores consignados en los libros apócrifos, y el Libellus, donde refutaba el priscilianismo. San León aconsejó la celebración de un concilio en Toledo, o un sínodo de obispos galaicos, si lo anterior fuese imposible por el estado de independencia política de Gallaecia respecto a Roma y el conflicto generalizado en la Península Ibérica. Se convocó el sínodo de Aquis Caelenis (actual Caldas de Reis), donde los heterodoxos, aún aparentando admitir la Assertio fidei, perseveraron en sus doctrinas y prácticas, hasta mediado el siglo VI. Finalmente el primer Concilio de Braga (561) vuelve a hacer referencia al problema, condenándose en siete de sus diecisiete cánones las proposiciones priscilianistas. El segundo concilio de Braga, celebrado varios años después, aún refleja en sus actas alusiones a la secta, e incluso aparece una alusión en el IV concilio de Toledo (683), en el que se condena, como lacra priscilianista, el «delirante pecado» de no cortarse el pelo de la clerecía gallega.

Corpus ideológico del priscilianismo

Prisciliano fundó una escuela ascética, rigorista, de talante libertario, precursora del movimiento monacal, inspirada en la tradición gnóstica, y opuesta a la creciente opulencia de la jerarquía eclesiástica imperante en el siglo IV. Los aspectos más polémicos, en cuestiones formales, son el nombramiento de «maestros» o «doctores» a laicos, la presencia de mujeres en las reuniones de lectura y su marcado carácter ascético. Las fuentes principales que informan de la particular liturgia del priscilianismo son los cánones promulgados en los sucesivos concilios. En el concilio de Caesaraugusta de 380, por ejemplo, se hace referencia a costumbres indeseables como «mujeres que asisten a lecturas de la Biblia en casas de hombres con quienes no tienen parentesco; el ayuno dominical y la ausencia de las iglesias durante la cuaresma; la recepción de las especies eucarísticas en la iglesia sin consumirlas de inmediato; el apartamiento en celdas y retiros en las montañas; andar descalzos (nudis pedibus incedere)».

Las piedras abraxas con simbología priscilianista, como gallos, remiten a la influencia gnóstica del movimiento.

Intentó la reforma del clero a través del celibato y la pobreza voluntaria, y posteriormente amplió la reforma a todos los fieles. Su carácter maniqueo (dualismo alma-cuerpo, la primera divina, el segundo mortal y, por lo tanto, corrupto) lleva al establecimiento de un ascetismo difícil de practicar, sentando así las bases (de manera parecida a la herejía donatista) del camino de perfección cátaro: una moral más laxa para los fieles y otra más estricta para los «perfectos».

Abogó por la interpretación personal de los textos evangélicos, planteando el principio del libre examen. Exigió que la Iglesia volviera a unirse a los pobres. Enfatizó el estudio de los símbolos y la superación del literalismo en la interpretación de la Biblia. No es fácil separar las aserciones genuinas de Prisciliano de las atribuidas a él por sus enemigos, ni de las que posteriormente hicieron grupos que fueron etiquetados como "priscilianistas". El hecho es que, para lograr su condena, fue acusado de usar magia (delito castigado por la ley romana), de reuniones nocturnas con mujeres, gnosticismo y maniqueísmo, y posteriormente de negar que las tres personas de Dios son distintas y con ello negar el misterio de la Trinidad. Su pensamiento real o supuesto es llamado priscilianismo.

Sus reuniones, frecuentemente nocturnas, en bosques, cuevas o en villae alejadas de las ciudades, y con el baile como una parte importante de la liturgia, incluían tanto a hombres como a mujeres. Sustituyó la consagración oficial con pan y vino por leche y uvas; acogió a las mujeres y los esclavos en las sesiones de lectura de textos evangélicos (incluyendo apócrifos) e incorporó el concepto del emanatismo: el alma «surge» de una especie de almacén y debe descender hasta el mundo terrenal, donde es inevitablemente corrompida por el maligno. Este origen divino del alma, junto con la concepción sabeliana del dogma de la Trinidad, son los principales motivos de controversia teológica con los sectores más ortodoxos de la Iglesia.

Partidario de la libre interpretación de Las Escrituras y los Evangelios apócrifos, llegó a ser obispo de Ávila pero no fue reconocido de forma oficial.

Quiero desatar y quiero ser desatado.

Quiero salvar y quiero ser salvado.
Quiero ser engendrado.
Quiero cantar; cantad todos.
Quiero llorar: golpead vuestros pechos.
Quiero adornar y quiero ser adornado.
Soy lámpara para ti, que me ves.
Soy puerta para ti, que llamas a ella.
Tú ves lo que hago. No lo menciones
La palabra engañó a todos, pero yo no fui
completamente engañado.

—Himno a Jesucristo, de fuerte inspiración gnóstica, atribuido a Prisciliano.

Tumba

Catedral de Santiago de Compostela — ¿Tumba de Prisciliano?

En el año 813 un ermitaño llamado Payo comunica a Teodomiro, obispo de Iria Flavia, que en el bosque de su diócesis llamado Libredón se ven unas luces extrañas. El obispo referirá después al rey Alfonso II el Casto que buscando el origen de las luces halló un sepulcro, que no duda en atribuir inmediatamente al apóstol Santiago. La noticia se hace oficial con el Papa León III.

En el año 1900 el hagiógrafo Louis Duchesne publica en la revista de Toulouse Annales du Midí un artículo bajo el título « Saint Jacques en Galice » en el que sugiere que el que realmente está enterrado en Compostela es Prisciliano, basándose en el viaje que sus discípulos hicieron con los restos mortales del hereje hasta su tierra natal. Posteriormente Sánchez-Albornoz y Unamuno se hacen eco de esta hipótesis que ha pasado a convertirse en una hipótesis muy popular, alternativa a la tradición cristiana.

Oponiéndose a esta teoría, Monseñor Guerra Campos indica la existencia de un lugar que podría ser el lugar de enterramiento de Prisciliano: Los Martores (en gallego, Os Martores), perteneciente a la parroquia de San Miguel de Valga, en la provincia española de Pontevedra. Ahí hay una ermita, dedicada a San Mamede, en cuyo interior han aparecido sarcófagos antropoideos tallados en piedra que bien pudieran pertenecer al siglo IV. La teoría de Guerra Campos se basa en la denominación popular con la que se conoció a los discípulos ajusticiados en Tréveris, hasta mucho tiempo después de su muerte: Los mártires (en gallego: Os mártires, gallego dialectal Os mártores), siendo este el único topónimo de estas características en toda Galicia. Una última teoría, planteada por Celestino Fernández de la Vega, establece el posible lugar de enterramiento de Prisciliano en Santa Eulalia de Bóveda, localidad próxima a Lugo.

Comentarios  Ir a formulario

No hay comentarios

Añadir un comentario



No será mostrado.