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El tesoro de Rampsinito



Había una vez en Egipto un rey llamado Rampsinito, muy rico, que temiendo a cada paso ser robado, mandó a buscar a un hábil albañil para que le edificara un aposento muy resistente en donde poder guardar todos sus tesoros.

Pero el rey no sabía que el albañil había colocado una piedra del muro de tal manera, que se podía quitar con facilidad suma. A la hora de su muerte, reveló el albañil a sus hijos el secreto de la piedra; desde entonces los hijos del albañil se acostumbraron a introducirse de noche en el aposento para tomar todo el dinero que necesitaban, y dejaban después la piedra en su lugar.

El rey, furiosísimo al ver que cada vez que entraba en el aposento donde guardaba sus tesoros veía en él menos dinero, ideó una trampa. Una noche, cayó en ella uno de los rateros, el cual, al verse perdido, dijo así a su hermano:

-Es indudable que el rey me condenará a muerte y que tú nada puedes hacer por salvarme. Pero si me cortas la cabeza y te la llevas, nadie sabrá quién soy y tú te salvarás.

Siguiendo estas indicaciones el hermano libre cortó al otro la cabeza, se la llevó y la enterró. Pero necesitaba también en gran manera enterrar el cuerpo, porque los egipcios ponían gran empeño en dar adecuada sepultura a sus difuntos.

Ahora bien; Rampsinito sospechó que alguien trataría de adquirir el cuerpo, y esperaba encontrar con este motivo al que había ayudado al muerto en su robo. Mandó, pues, que se colgara el cuerpo del ladrón con unas cadenas y puso algunos guardias para que lo vigilaran.

Entonces el otro hermano determinó llegarse a la plaza en donde estaba suspendido el cadáver y atravesarla llevando a cuestas dos pellejos de vino, según es costumbre egipcia. En el mismo momento en que pasaba, abrió uno de los pellejos, de manera que el vino empezó a derramarse, y al hacerlo dio un gran grito. Acudieron los centinelas a ayudarle, y él, simulando mucha gratitud, les dio el otro pellejo. Pero este vino contenía ciertas sustancias de virtud hipnótica, de suerte que los centinelas muy pronto se quedaron dormidos; entonces, el astuto mancebo se llevó el cuerpo de su hermano. Los soldados, temiendo confesar que se habían dormido, declararon que el cadáver había desaparecido por arte mágica.

Quedó desconcertado el rey; pero se le ocurrió una idea que él juzgó maravillosa. Dio una proclama en la cual se declaraba que su hija esta dispuesta a casarse con el hombre que mejor le contestase a determinada preguntas; pero que los pretendientes debían ir a hablarla en un lugar oscuro, de manera que se pudiera estar seguro de que haría su elección sin conocer quién era el pretendiente. A su hija le dijo que a cada uno de los que se le presentasen le preguntara cuál había sido la cosa más ingeniosa que había hecho en su vida, y que atendiese a las respuestas.

El hijo del albañil se decidió a presentarse como pretendiente, aunque ya sospechaba que en todo esto debía haber alguna trampa.

Hízose una mano postiza, que al tacto parecía como si fuese verdadera, y fue a probar fortuna con la princesa. Naturalmente, al hacerle ella la pregunta convenida con el rey, contestó el joven que lo más ingenioso que había hecho, fue el engaño a los soldados. Ahora bien, esto era lo que deseaba saber Rampsinito.

-Querido mío -dijo la princesa-, realmente fue ésta una acción ingeniosa. A ti te elijo; dame tu mano.

Pero por el tono con que dijo estas palabras la princesa, sospechó algo el mancebo y, en la oscuridad, le dio la mano postiza y se escurrió antes de que ella supiera lo que había sucedido. Entonces el rey, viendo lo inteligente y agudo que era el ladrón, dio otra proclama en la cual, no sólo le concedía el perdón, sino que le ofrecía de veras la mano de su hija.

Dice la historia que el albañil se casó con la princesa y que vivieron felices hasta una edad muy avanzada.

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